CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
T ANNER CONTEMPLABA el cuerpo de quien creía que era Simon Richardson, aunque, por lo que quedaba del rostro, costaba asegurarlo.
De la nariz no quedaban más que dos fragmentos de hueso fracturado que asomaban torcidos entre la piel rota y descolorida.
La boca se parecía más a un trozo de carne de matadero, del que manaba sangre negruzca y medio coagulada.
Lo único que Tanner reconocía del hombre eran los ojos, con la mirada fija en el techo.
Pero incluso ellos habían adquirido un aire de horror macabro: las pupilas habían quedado eclipsadas por círculos oscuros de sangre derramada, escapada de los vasos reventados en lo más profundo.
Desde que habían visto el cuerpo detrás de la isla de la cocina hasta que lograron entrar en la casa pasaron más de diez minutos. Al principio, Tanner había intentado romper el doble cristal de la puerta del patio y luego la ventana de la cocina, pero no consiguió quebrar ninguno de los dos.
Cuando por fin consiguieron entrar rompiendo la puerta principal y atravesaron la casa a toda prisa hasta la cocina, los indicios de vida que el cuerpo había mostrado antes se habían extinguido hacía rato.
Pero, desde el instante en que bajaron la vista hacia lo que quedaba del cuerpo, una cosa quedó clara: no se trataba de un suicidio.
—¡Dios santo! —exclamó Tanner, y apartó la mirada de lo que quedaba del rostro de Simon.
Jenny, en cambio, no podía apartar los ojos de lo que tenían delante.
—¿Quién podría hacer algo así?
—No tengo ni idea, pero, quienquiera que fuese, tuvo que abrirle él la puerta principal. No veo otra manera de que entrara nadie. Y tuvo que pasar antes de que llegara la prensa esta mañana. ¡Es imposible que no vieran a alguien salir por delante justo después de hacer esto!
—¿Y si tenían llave y entraron por el patio?
Tanner se volvió hacia la puerta del patio.
—La llave sigue en la cerradura. No habrían podido cerrarla desde fuera. ¡No! Quienquiera que hiciera esto entró directamente por delante.
El sonido de una sirena que se acercaba devolvió a Tanner a cuestiones prácticas más urgentes.
Miró a los dos agentes uniformados que le habían ayudado a derribar la puerta; ambos contemplaban ahora, sin aliento, lo que quedaba del rostro de Simon.
—Suponiendo que esté muerto, y por su bien casi espero que lo esté, esto es ya una escena del crimen.
Necesito que salgáis los dos de aquí y acordonéis la zona desde más allá del camino de entrada, rodeando toda la valla del fondo.
Hay que mantener a la prensa lo más lejos posible y aseguraos de que la carretera de fuera quede despejada de tráfico.
Cuando hayáis acabado con eso, necesitamos las declaraciones de los vecinos.
¿Vio alguno entrar o salir a alguien anoche?
Si fue así, queremos una descripción. Y si eso que se acerca es una ambulancia, mandadlos por detrás.
No quiero más gente de la necesaria desfilando por la casa.
Pese a haber recibido las instrucciones, ninguno de los dos agentes se movió. Siguieron mirando el rostro destrozado del hombre.
—¡Hoy mismo, si no es mucho pedir! —dijo Tanner, casi a gritos.
Se disculparon y comenzaron a salir a trompicones. Al hacerlo, Tanner vio que uno de ellos agarraba la puerta de la cocina.
—¡Y no toquéis nada, por el amor de Dios!
Su teléfono empezó a sonar.
—Es Burgess —dijo—. Será mejor que conteste. —Y, antes de hacerlo, añadió—: ¿Puedes abrir esa puerta del patio y asegurarte de que todo el mundo entre por detrás, no por delante? Y luego pide que venga un equipo forense.
Le agradó verla ponerse un par de guantes desechables de látex antes de hacerlo, y contestó la llamada.
—Tanner.
—Soy Burgess. ¿Qué está pasando?
—Hemos encontrado a Simon Richardson —dijo, y añadió en un murmullo, con la vista de nuevo en el cuerpo—: Al menos, eso creo.
—¿Está muerto?
—Yo diría que sí.
Jenny abrió la puerta del patio justo a tiempo de hacer pasar a un par de paramédicos, y Tanner se hizo a un lado para dejarles paso.
—Ya hemos empezado a acordonar la zona y estamos tomando declaración a los vecinos. Han llegado unos paramédicos y la agente Evans está llamando a los forenses.
—Entonces, ¿crees que lo han asesinado?
—Me temo que sí, sin ninguna duda.
Hubo un largo silencio al otro lado de la línea antes de que Burgess preguntara:
—¿Alguna idea?
Tanner se quedó callado un momento. Burgess nunca le había pedido consejo.
Ni siquiera su opinión. A Tanner le quedó claro que era una señal de que el inspector empezaba a verse superado, aunque tampoco era de extrañar: era su primera investigación por asesinato y, de momento, ya había tres víctimas, relacionadas todas de algún modo, y la última había sido, justo el día anterior, el principal sospechoso.
—Creo que este caso va a depender del móvil —respondió Tanner—. Tal vez descubrió algo que alguien no quería que supiera. Aunque, a juzgar por las heridas, podría tratarse de un ataque por venganza, quizá a manos de alguien que creyera que él había asesinado a una de las víctimas.
—Un segundo —dijo Burgess—. Vicky me está haciendo señas con algo. Espera.
—De acuerdo, no hay problema.
Mientras esperaba, miró a Jenny, que estaba fuera, en el patio, acabando de hablar por teléfono.
Ella volvió a entrar.
—¿Qué pasa?
Tanner le respondió con un encogimiento de hombros, justo cuando Burgess volvía a ponerse al teléfono.
—¿Sigues ahí?
—Sí, aquí sigo.
—Bien, tenemos novedades sobre la recepcionista por la que nos preguntaste: Susan Follett.
Tanner arqueó una ceja y miró a Jenny.
—Cuéntame.
—Dijiste que está casada y tiene un hijo.
—Ajá.
—Pues no es ni lo uno ni lo otro. Nunca se ha casado y no hay constancia de que haya tenido hijos.
—Entonces nos ha mentido.
—Y hay algo más —continuó Burgess—. Vicky acaba de descubrir que, hace unos cinco años, ella y Simon Richardson estuvieron prometidos.
—¿De verdad? —preguntó Tanner, con sincera sorpresa.
—Eso parece. Fue él quien rompió el compromiso, y encima a última hora.
—Será mejor que vayamos a hablar otra vez con ella.
—Creo que tienes que traerla para interrogarla —dijo Burgess—, sobre todo teniendo en cuenta lo que acaba de pasarle a su exprometido.
—¿Y si no quiere?
—Entonces tendrás que detenerla.
—¿Sin ninguna prueba?
—Hay pruebas suficientes.
—Lo siento, Burgess, pero ¡no hay nada de nada! No me importa ir a hablar otra vez con ella, pero ni de coña voy a detenerla; no hasta que tengamos alguna prueba física real, algo que la relacione con al menos uno de los asesinatos.
A Burgess se le tensó la voz de ira.
—¡Te sugiero que veamos qué opina Barrington de eso!
—¡Entonces te sugiero que vayas y se lo preguntes!
Dicho esto, Tanner puso fin a la llamada y miró furioso a Jenny.
—¡Gilipollas! —dijo.
—¿A qué ha venido todo eso?
—Parece que la recepcionista de Buxton Manor no ha sido del todo sincera con nosotros. No está casada y no tiene hijos.
—Entonces, ¿qué eran esas fotos que iba a enseñarnos?
—Probablemente de otra persona —respondió él—. Y hay algo más. Vicky acaba de descubrir que estuvo prometida con nuestro difunto amigo de ahí.
—¿Con Simon?
—Ajá.
Jenny se quedó mirando al vacío y, tras una breve pausa, dijo:
—¿Sabes? Creo que ya recuerdo dónde la había visto antes. Había fotos suyas con Simon en su página de Facebook, de hace siglos, pero entonces estaba muchísimo más delgada.
Miró hacia el cuerpo.
—¿Entonces crees que ha intentado incriminar a Simon en los asesinatos utilizando su semen?
—Empieza a parecerlo.
—¿Y cuando se dio cuenta de que no iban a acusarlo, vino hasta aquí y le hizo eso ?
—¿Cómo es el dicho? ¿No hay en el infierno furia comparable a la de una mujer despechada?
—Bueno, si fue ella —dijo Jenny—, desde luego anoche descargó sobre él todo el infierno.
Tanner se guardó el teléfono.
—Será mejor que nos vayamos. Burgess parece pensar que es nuestra nueva principal sospechosa y quiere que la traigamos para interrogarla.
—No pareces muy convencido.
—No se trata de lo que yo piense. Ahora mismo no tenemos ni una sola prueba que la relacione con nada de esto, y prefiero esperar hasta que la tengamos. Ya hemos visto lo que puede pasar cuando empiezas a detener a gente por asesinato sin haber establecido una cadena de pruebas.
La conversación se interrumpió un momento, hasta que Jenny preguntó:
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
—Vamos a hablar otra vez con ella. Me interesa mucho oír qué dice cuando le contemos que sabemos que nos mintió sobre el matrimonio y los hijos, y que estuvo prometida con Simon, el mismo hombre al que debió de ver entrar en Buxton Manor con otra chica del brazo, una con la que sí se casó.