Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

M IENTRAS BAJABAN por River View Lane hacia la casa de Richardson, la vista al final de la calle contrastaba radicalmente con la que habían contemplado la primera vez.

En lugar de una calle tranquila que llevaba a la apacible serenidad del majestuoso río Bure, ahora había al menos cuatro furgonetas de prensa y alrededor de una docena de vehículos más aparcados a lo largo del camino, lo más cerca posible del final, donde habían podido encontrar sitio.

—Parece que alguien es popular —comentó Jenny.

—Sí, pero dudo que Simon sea de los que quieren serlo, al menos no por ser un homosexual desenfrenado al que todo el mundo cree responsable de haber asesinado a dos mujeres en apenas dos días, ¡una de ellas su esposa!

—Supongo que la rueda de prensa de Barrington no tuvo exactamente el efecto que esperaba.

—Bueno, no, pero, siendo justos, no sé muy bien cómo podría haberlo tenido. En cuanto esa gente se enteró de que, tres horas después de que soltaran a Simon por el asesinato de su mujer, habían matado a otra, se iban a plantar aquí como un rayo, dijera lo que dijera quien fuera.

Mientras Tanner daba marcha atrás para subirse al arcén de hierba, detrás de otro coche, a más de treinta metros de la casa de Simon, añadió:

—Sinceramente, no tengo ni idea de qué cree la prensa que va a conseguir con esto.

Sabiendo que estaban a punto de adentrarse en el resplandor de los focos de los medios, Tanner se miró en el retrovisor para asegurarse de que llevaba el pelo en su sitio, o al menos de que no se le levantaba ningún mechón donde no debía.

Jenny hizo algo parecido con el espejo abatible del lado del copiloto y dijo:

—¿Quizá creen que van a pillarlo en pleno acto, saliendo a matar a otra persona? ¿O tal vez piensan que va a dar su propia rueda de prensa y confesar ambos crímenes, mientras le explica al mundo exactamente por qué lo hizo?

—Quién sabe —dijo Tanner con una sonrisa irónica.

Empujó la puerta del conductor del XJS, que ya tenía treinta años, y salió del coche con esfuerzo.

Mientras se ajustaba la corbata y se abotonaba la chaqueta del traje gris oscuro, de una sola fila de botones, miró calle abajo, hacia la prensa que los esperaba.

—Al menos estará en casa.

—Nunca se sabe. Puede que haya conseguido escabullirse —sugirió Jenny.

—¿Qué? ¿A esa gente?

—No parece muy probable, ¿verdad?

—No es muy probable, no.

Tanner guardó silencio un momento y al final dijo:

—¿Vamos?

Como no se habían movido desde que salieron del coche, estaba claro que ninguno de los dos tenía muchas ganas de hacerlo, no cuando media prensa nacional los esperaba al final de la calle.

—Quizá deberíamos haberlo llamado por teléfono —sugirió Jenny.

—A lo mejor creen que somos Testigos de Jehová y nos dejan en paz.

Sin hacer caso de su mirada de desaprobación, Tanner echó a andar por el último tramo de River View Lane.

En cuanto los vieron avanzar con paso decidido por la calle, el grupo de periodistas se espabiló y empezó a prestar atención.

Puede que Tanner y Jenny no fueran los agentes que dirigían la investigación, pero alguien debió de reconocerlos como gente relacionada con el caso, porque enseguida empezaron a saltar los flashes.

En la acera, frente a la entrada de la casa de Richardson, había dos agentes de uniforme, a los que Tanner reconoció.

—¿Todo bien por aquí? —preguntó al acercarse.

—Lo de siempre, señor —respondió el más cercano—. Cuando llegamos, encontramos a varios periodistas mirando por las ventanas e intentando entrar por la parte de atrás, pero les paramos los pies enseguida.

Tanner se tomó un momento para contemplar la casa. Al ver que todas las persianas estaban bajadas, preguntó:

—¿Hay alguien en casa, siquiera?

—No hemos visto a nadie, señor, no, pero la prensa parece creer que sí.

—De acuerdo. Tenemos que hacerle unas preguntas. —Miró por encima del hombro y añadió—: Mientras lo hacemos, ¿pueden mantener a raya a esa gente?

—Haremos lo que podamos, señor.

Tanner y Jenny pasaron junto a ellos y se abrieron camino entre el Audi TT rojo de Simon y el Porsche 911 plateado de su difunta esposa, rumbo a la puerta principal. Mientras lo hacían, empezaron a lloverles preguntas a gritos, ninguna de las cuales Tanner tenía la menor intención de responder.

De espaldas a la prensa, Tanner llamó al timbre y esperó.

Nadie respondió.

—Probablemente piense que somos periodistas —dijo Jenny.

—Probablemente —coincidió Tanner, que se agachó, metió los dedos por la ranura del buzón y miró por la abertura.

Como no veía ni oía a nadie, gritó:

—Señor Richardson, soy el inspector Tanner, de la Policía de Norfolk. No es nada grave. Solo necesito hacerle un par de preguntas.

Nada.

—¿Está ahí, señor Richardson? ¿Puede oírme?

Pero solo le respondió el silencio.

—¿A lo mejor sí se escabulló por detrás? —sugirió Jenny.

—O quizá ha hecho alguna tontería —dijo Tanner, en voz baja y con preocupación.

Se echó hacia atrás para examinar otra vez el exterior de la casa, por ver si había alguna ventana abierta, pero no vio ninguna. Sin embargo, sí había una cancela lateral. La señaló y dijo:

—Será mejor que echemos un vistazo.

—Pero… ¿podemos hacer eso? ¿No es su propiedad privada?

—Si existe la posibilidad de que se haya quitado la vida, sinceramente, me da igual que podamos o no.

Tanner volvió a la puerta principal, metió otra vez los dedos por el buzón y gritó:

—¡Señor Richardson, si no abre, tendremos que entrar por la fuerza!

Seguía sin haber respuesta.

—No me gusta esto —murmuró—. Vamos.

Consciente de que cada uno de sus movimientos quedaría fotografiado y probablemente también grabado, y nada menos que por una treintena de periodistas que representaban a media docena de medios de comunicación de todo el Reino Unido, Tanner explicó a los agentes uniformados lo que iban a hacer y llevó a Jenny hasta la puerta lateral.

Estaba cerrada, pero solo con un pestillo por el otro lado, que Tanner pudo descorrer pasando el brazo por encima.

Una vez al otro lado, volvió a echar el pestillo y recorrieron el costado de la casa. En la parte de atrás encontraron un pequeño patio con un juego de muebles de jardín de mimbre negro, de aspecto moderno, dispuestos con esmero alrededor de una mesa baja cuadrada de cristal.

La fachada trasera de la casa tenía la gran ventana de la cocina y la ancha puerta plegable de cristal del patio que ya habían visto por dentro en su visita anterior; ninguna de las dos estaba abierta.

Aunque la ventana de la cocina tenía la persiana bajada, la puerta del patio no tenía ni persiana ni cortina, así que se veía el interior con total claridad, sin nada que lo tapara.

Se hicieron visera con las manos y escudriñaron la cocina a través de las puertas de cristal, pero seguía sin haber ni rastro de él.

—Lo más seguro es que esté escondido arriba —dijo Jenny.

—Eso espero —respondió Tanner.

Sacó el teléfono del bolsillo interior y preguntó:

—¿Tienes su número de teléfono?

Cuando ella lo encontró en la libreta, Tanner marcó y se quedó en el patio, escuchando sonar el teléfono dentro de la casa con un eco hueco y amortiguado. Al final saltó el contestador.

Jenny le leyó entonces el número del móvil y, mientras Tanner esperaba a que contestaran, ella volvió a asomarse a las puertas del patio.

—¡No lo coge! —dijo Tanner, frustrado.

—Señor, creo que veo algo.

Tanner guardó el teléfono y se asomó con ella a las puertas de cristal.

Ella señaló.

—Ahí… Hay algo en el suelo, que asoma por detrás de la isla.

—No veo nada.

—¡Se acaba de mover, mire!

—¡Joder! —exclamó Tanner.

Se apartó de las puertas y dijo:

—¡Llama a una ambulancia! ¡Y pide refuerzos! ¡Tenemos que abrir esa puerta!

—Pero… ¿qué es?

—¡Es un pie! ¡Es el pie de alguien!