CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
E N CUANTO salieron al aparcamiento y volvieron hacia el XJS haciendo crujir la grava, Jenny sacó el cuaderno y le dijo a Tanner:
—¿Has oído que Ruth Lambert recomendó tanto a su hija como a Emily Harris?
—Sí, pero me da que tenías razón al decir que seguramente conoce a mucha gente.
—A la gente adecuada , al menos —convino Jenny.
Al acercarse al coche, añadió:
—Hablando de conocer gente, no puedo quitarme la sensación de haberla visto antes en algún sitio.
—¿A quién?
—A la recepcionista. Susan Follett.
—Pues a mí el nombre no me suena.
—A mí tampoco, pero la cara sí. Lo que no recuerdo es de dónde.
Tanner se detuvo junto a la puerta del conductor y se volvió a mirar hacia Buxton Manor mientras sacaba el móvil.
Lo sacó del modo silencio y revisó los mensajes.
—Tengo una llamada perdida de Burgess —dijo—. Será mejor que lo llame; si no, me echará la bronca por no dignarme a dar señales de vida.
Pulsó el botón de llamada.
—Hola, soy Tanner. ¿Me has llamado?
—¡Eso fue hace media hora!
—Perdona. Estábamos en Buxton Manor, donde está la clínica de fecundación in vitro.
—Sí, ya me lo han dicho. ¿Cómo ha ido?
—Hemos conseguido hablar otra vez con el especialista jefe de fecundación in vitro.
Las muestras de esperma las guardan allí mismo y, aunque de noche quedan bajo llave, por lo que he podido entender, durante el día puede acceder a ellas prácticamente cualquiera.
Nos ha dado los nombres y los datos de contacto de todo el que ha trabajado allí desde que Emily Harris acudió por primera vez.
—¿Y algún allanamiento?
—No lo ve probable. Tienen un sistema de seguridad gestionado por una empresa privada y le habrían avisado de cualquier intrusión. Creo que deberíamos centrarnos en el personal que trabaja allí, así que propongo que empecemos a hablar con los de la lista.
—De acuerdo. Tiene sentido. Se lo comunicaré a Barrington.
Mientras estabais fuera, el sargento Cooper ha conseguido dar con un testigo del aparcamiento público de Irstead.
Al parecer, un tipo vio un coche dar marcha atrás por la rampa hacia el agua, sobre las once de la noche, tirar algo por detrás y largarse.
—Supongo que no vio quién iba al volante.
—Solo que le pareció un hombre con algún tipo de gorro; o una gorra de béisbol o una de esas gorras planas que ahora están tan de moda.
—¿Nada más?
—Era corpulento, pero no alto.
—Entonces, bajo y gordo, ¿no?
—Algo así.
—No es mucho con lo que tirar —observó Tanner—. ¿Al menos vio qué modelo de coche era?
—Cree que era un Ford Focus.
—Bueno, hay unos cuantos por ahí —dijo Tanner, echando un vistazo a los coches del aparcamiento de la mansión—. Para empezar, aquí hay dos.
Le dio un codazo a Jenny y señaló hacia ellos.
—¿De qué color son? —preguntó Burgess.
—Uno es rojo y el otro, azul claro.
—Se supone que el nuestro es negro, lo que debería reducir la lista. Vicky ya está buscando propietarios registrados de Ford Focus negros en la zona de los Broads. Esperemos que no haya demasiados.
Tanner pensó que probablemente sí los habría, pero no dijo nada, y Burgess continuó:
—En fin, si podéis volver para acá, empezad a repasar esa lista de nombres que tenéis.
—Sin problema —convino Tanner—, pero quizá valga la pena preguntarle antes a Simon Richardson si reconoce a alguno. Si alguien que trabaja allí está intentando cargarle los asesinatos, es lógico pensar que debe de conocerlo.
—De acuerdo, me parece bien. Y ya que vais, ved cómo lo lleva con la prensa.
Esta mañana nos ha llamado uno de sus vecinos.
La calle de su casa está infestada de periodistas.
Debieron de plantarse allí en masa en cuanto emitimos el comunicado.
Por lo visto, están dando bastante la lata.
Barrington se ha visto obligado a mandar una patrulla para tenerlos vigilados.
—Vamos para allá ahora mismo.
Cuando terminó la llamada, Jenny preguntó:
—¿Cuál es el plan?
—Por lo visto, los vecinos de los Richardson se han quejado de los periodistas que rondan por allí. Podemos repasar con él esta lista de nombres y asegurarnos de que los tienen controlados mientras estemos allí. Pero antes de irnos quiero echarle un vistazo rápido a ese Ford Focus de ahí.
—¿Cuál, el rojo?
—Ajá. Cooper ha conseguido dar con un testigo ocular en Irstead. El hombre dice que vio un Ford Focus negro que tiraba algo al pie de la rampa.
Jenny lo siguió, desconcertada.
—Pero… ¡ese es rojo!
Como no obtuvo respuesta, insistió:
—¿Eres consciente de que el negro no se parece mucho al rojo, teniendo en cuenta que es un color completamente distinto?
—También sé que, bajo una farola fluorescente, un coche rojo suele parecer negro.
Jenny arqueó una ceja. Nunca se lo había planteado, pero seguramente Tanner tenía razón.
El coche era un modelo viejo y parecía que no lo habían lavado en mucho tiempo.
Se llevaron las manos a los ojos a modo de visera y empezaron a mirar dentro cuando oyeron a sus espaldas una voz estridente.
—¿Puedo ayudarles?
Se volvieron y vieron a la recepcionista, Susan, de pie justo delante de la entrada, con el ceño fruncido. Tenía una mano apoyada en la cintura y en la otra sostenía un cigarrillo humeante.
—¿No sabrá usted de quién es este coche? —preguntó Tanner.
—¡Es mío! Y puedo asegurarle que no le pasa nada. Pasó la revisión y la ITV el mes pasado, y también tiene el impuesto pagado y está asegurado.
Tanner y Jenny volvieron caminando hacia ella sin prisa, y Tanner dijo:
—Es que anoche vieron un coche que coincide con la descripción del suyo en un aparcamiento de Irstead.
—Bueno, estoy bastante segura de que no es el único Ford Focus de los Norfolk Broads.
—¿Entonces no era usted?
—¿Y qué iba a estar haciendo yo en un aparcamiento de Irstead , precisamente?
—¿Puedo preguntarle dónde estuvo anoche entre las diez y las once?
—En casa, cuidando de mi bebé.
—¿Puede alguien confirmarlo? ¿Su marido, por ejemplo?
Sin apartar los ojos de Tanner, dio una calada breve y fuerte al cigarrillo. Expulsó el humo por la boca y respondió:
—Ahora mismo está fuera.
—¿Puedo preguntarle dónde? —dijo Tanner mientras repasaba la lista de nombres que ella le había entregado antes, buscando el suyo.
—Si tiene que saberlo, nos separamos hace algún tiempo. No le sigo la pista.
Al pasar a la segunda página, preguntó:
—Entonces, ¿no sabe dónde está?
—Eso es lo que acabo de decir, ¿no?
—Usted se llama Susan Follett, ¿verdad?
—Así es. ¿Por qué?
—Es que parece que no se ha incluido usted en la lista de empleados.
—A mí solo me dijeron que imprimiera una lista de quienes tienen acceso al laboratorio, ¡y yo no lo tengo!
—Lo siento. Debe de haber habido un malentendido.
—Entonces quiere que incluya también mi nombre, ¿no?
—Sí, por favor.
—¿Y qué pasa con la chica que cubre el mostrador los fines de semana?
—Necesitamos una lista de todos los que trabajan aquí, gracias.
Tiró el cigarrillo al camino de grava y lo aplastó con la punta del pie.
—¡Espere aquí! —dijo, y volvió a entrar pisando fuerte mientras murmuraba para sí, lo bastante alto para que Tanner y Jenny la oyeran—. ¡Supongo que también querrán que imprima los nombres de todo el maldito personal de limpieza!
En cuanto se hubo marchado, Jenny comentó con una sonrisa irónica:
—Otra clienta satisfecha.
—No parece especialmente alegre, ¿verdad?
—¿Crees que ha omitido su nombre a propósito?
—Supongo que dependerá de lo que el Dr. Khatri le haya dicho que imprimiera.
—Pues bastante a la defensiva se ha puesto —observó Jenny—. Y me parece muy raro que fume.
—Hoy en día es menos habitual, supongo.
—Lo decía más bien porque ha dicho que está esperando su segundo hijo.
Hubo una breve pausa, antes de que Tanner volviera a coger el teléfono.
—¿A quién llamas? —preguntó Jenny.
Tanner marcó un número y, en lugar de responder, se llevó el índice a los labios.
—Burgess, soy Tanner otra vez. Quería pedirte un favor.
Al otro lado de la línea, Burgess guardó silencio un instante antes de preguntar:
—¿Qué favor?
—¿Puedes pedirle a alguien que haga una comprobación rápida de antecedentes de una tal señora Susan Follett? Es la recepcionista de Buxton Manor.
—¿Por alguna razón en particular?
—Tiene un Ford Focus.
—¿Negro?
—Más o menos —dijo Tanner, sin querer decirle a Burgess que en realidad era de un rojo intenso—.
Hay algo en ella que no me convence. Nos dio la impresión de que estaba felizmente casada, con un hijo y otro en camino, pero acabamos de descubrir que su marido la ha dejado y que ni siquiera parece saber dónde está.
Además, Jenny ha señalado que fuma abiertamente, lo cual, teniendo en cuenta dónde trabaja y que ha dicho que está embarazada, resulta un poco extraño.
—De acuerdo, le pediré a Vicky que lo investigue. Te llamaré si averiguamos algo.
Al terminar la llamada, Tanner miró a Jenny.
—No sabrás por casualidad dónde la has visto antes, ¿verdad?
—No.
—Bueno, propongo que le preguntemos por ella a Simon Richardson cuando lo veamos. Quizá la conozca de alguna parte.
Al oír volver a Susan Follett, Tanner susurró:
—Y no olvides anotar la matrícula de su coche antes de irnos.