Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

D E VUELTA EN recepción solo quedaba una pareja esperando, a la espera de ver al Dr. Khatri. En cuanto la recepcionista vio salir a Tanner y Jenny, les indicó que pasaran directamente.

Una vez que la pareja cruzó la puerta lateral, la recepcionista se volvió hacia Tanner y dijo:

—Tengo entendido que quieren una lista de nuestro personal.

—Sí, junto con sus datos de contacto, por favor —respondió Tanner, y añadió—: Que se remonte a cuando Emily y Clive Harris empezaron a venir aquí.

La joven arqueó una ceja con curiosidad y dijo:

—No debería haber ningún problema.

Y volvió a centrar la atención en la pantalla del ordenador.

Mientras esperaba, Tanner se acercó a mirar el aparcamiento por una ventana emplomada y dejó a Jenny apoyada en el mostrador de recepción.

Fingiendo interesarse por los folletos expuestos, Jenny preguntó a la recepcionista con tono de conversación:

—Y dime, ¿cuánto tiempo llevas trabajando aquí? Eres Susan, ¿verdad?

—¿Quién, yo? —respondió la joven, que levantó un momento la vista de la pantalla—. Uy, llevo tanto tiempo aquí que ya ni me acuerdo.

—Supongo que acabas conociendo bastante bien a los clientes.

Volvió a centrarse en lo que estaba haciendo y respondió, algo distraída:

—A la mayoría, supongo. Al menos a los habituales. Aunque no puedo decir que me caigan muy bien. Son demasiado estirados para mi gusto.

—Imagino que conocías a Simon y Jane Richardson.

Susan dejó la búsqueda en la base de datos, se quedó mirando a Jenny y, casi en un susurro, dijo:

—¡Claro! Y que acusaran al señor Richardson de asesinar a su propia esposa... ¡debió de ser horrible para él!

—¿Sabes si alguno de vuestros clientes se trata con los demás fuera de la clínica?

Susan retomó la búsqueda y se encogió de hombros.

—Yo diría que la mayoría de nuestros clientes vienen recomendados por sus amigos. Esa gente va siempre en pandilla. Además, ofrecemos un diez por ciento de descuento en las tarifas cada vez que alguien nos recomienda a otra persona, y dudo que muchos puedan rechazarlo.

—No apuntaréis quién recomienda a quién, ¿no?

—Sí, claro que sí. Tenemos que hacerlo.

—¿Sabes si alguien recomendó a los Richardson?

—Espera, que imprimo esto y te lo miro. Pero no le digas a nadie que lo he hecho. No debería, la verdad.

Bajo el mostrador empezó a oírse el zumbido eléctrico de una impresora láser y, al poco, Susan dijo:

—Fue la señora Ruth Lambert, la madre de Jane Richardson. Por lo visto, lleva años viniendo aquí por otros motivos. Desde mucho antes de que yo empezara a trabajar aquí.

—¿Y qué hay de Clive y Emily Harris? ¿Los recomendó alguien?

Un momento después, la joven respondió:

—Otra vez Ruth Lambert. ¿Crees que es importante?

Jenny no lo sabía, pero de una cosa sí estaba segura: no quería que la recepcionista pensara que lo era, así que quitó importancia al asunto.

—Lo dudo. Por lo que he oído, ¡la señora Lambert conoce prácticamente a todo el mundo!

Con una sonrisa cómplice de quien está de acuerdo, Susan apartó la vista de la pantalla y se agachó a recoger las dos hojas de papel A4 que había escupido la impresora.

Las colocó sobre el mostrador alto y llamó a Tanner, quizá un poco más alto de la cuenta:

—¡Le he impreso la lista!

Tanner volvió al mostrador, cogió las hojas y empezó a repasar la lista para asegurarse de que junto a cada nombre apareciera un número de teléfono y una dirección de contacto.

—¿Y estos son todos los que han trabajado aquí desde que los Harris acudieron a su primera consulta?

—Se remonta a seis meses atrás, que es más o menos cuando vinieron los Harris por primera vez.

—De acuerdo, pues gracias por tu ayuda. Será mejor que nos vayamos.