Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
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CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE

M EDIA HORA MÁS tarde, aproximadamente, Tanner y Jenny estaban de nuevo en el ya familiar Buxton Manor, pero, a diferencia de su primera visita, cuando andaban a la pesca de un móvil para que Simon Richardson hubiera asesinado a su esposa, ahora buscaban a un asesino.

Tras el mostrador de recepción seguía sentada la misma recepcionista de aparente buen humor, que los oyó entrar, levantó la vista y, con cara de sorpresa, dijo:

—¡Ah, hola otra vez!

—Buenos días —dijo Tanner con cortesía formal—. ¿Está libre el doctor Khatri?

—Lo dudo. Hoy está muy ocupado.

—Seguro que sí, pero infórmele de que el inspector Tanner y la agente Evans están aquí otra vez.

Tras lanzarle a Tanner una brevísima mirada de desafiante hostilidad, la recepcionista cogió el teléfono de la mesa.

Tras una breve conversación, devolvió el auricular a su sitio, esbozó una sonrisa forzada y dijo:

—Bajará en un minuto. ¿Les apetece un café?

—Estamos bien, gracias —respondió Tanner, cortante, antes de darse la vuelta para buscar dónde sentarse.

Justo detrás de él había dos parejas jóvenes, sentadas en los extremos opuestos de una fila de ocho sillas, que hojeaban nerviosas algunas de las revistas de estilo de vida colocadas con pulcra precisión sobre una mesita baja de caoba.

Tanner estaba a punto de indicarle a Jenny que quizá deberían sentarse ellos también cuando la puerta lateral se abrió con un chirrido y apareció la cabeza del doctor Khatri.

Mirando directamente a Tanner, dijo en voz baja:

—¿Quieren pasar?

Ya dentro del despacho, con la puerta bien cerrada, el doctor les indicó a Tanner y a Jenny que tomaran asiento y preguntó:

—¿En qué puedo ayudarles esta vez?

Tanner fue directo al grano:

—Esta mañana temprano han encontrado otro cadáver.

El doctor Khatri se echó hacia atrás en la silla.

—Lo he oído en las noticias. Pero no sé qué tiene eso que ver conmigo o con la clínica.

—Todavía no se la ha identificado oficialmente —continuó Tanner—, pero, por el momento, creemos que se trata de la señora Emily Harris.

El doctor no dio ninguna muestra inmediata de que el nombre significara algo para él y, al principio, se limitó a seguir mirando a Tanner con sus oscuros ojos hundidos.

Pero, al cabo de un momento, se inclinó hacia delante en la silla, alargó la mano hacia el portátil e hizo clic varias veces con el ratón.

—Supongo que ya saben que es clienta nuestra.

—Lo sabemos.

—De acuerdo, bueno, evidentemente lamento mucho oírlo. ¿Y en qué creen que podemos ayudar?

Decidido a ir directo al grano, Tanner dijo:

—Necesitamos saber dónde guardan las muestras de esperma de sus clientes y, más importante aún, quién tiene acceso a ellas.

—¿Y para qué demonios quieren saber eso?

—Hemos encontrado el semen del mismo hombre dentro de las dos víctimas.

—Pero… ¿eso no indicaría que es el mismo…?

—Eso creíamos al principio, pero ahora tenemos motivos para pensar que alguien está utilizando la muestra para incriminar a otra persona.

—¿Se refieren a… Simon Richardson?

Tanner no dijo nada; se limitó a mantener la mirada fija en el doctor.

—Así que necesitamos saber dónde guardan las muestras de sus clientes y quién tiene acceso a ellas.

El doctor Khatri se recostó en la silla.

—Nuestras muestras de fertilidad se guardan en el laboratorio, en el sótano.

—¿Quién puede acceder?

—El acceso está estrictamente limitado a los técnicos de laboratorio.

—¿Entonces se cierra con llave?

—Bueno, no durante el día, pero sí por la noche.

—¿Me está diciendo que cualquiera puede entrar durante el día y coger lo que quiera?

—No es tan sencillo. Siempre hay alguien dentro, al menos de nueve a cinco, y todos tenemos que llevar una tarjeta identificativa.

—Bajó la vista, cogió la suya, que le colgaba holgada del cuello, y la levantó para que la vieran—.

Además —continuó—, si alguien entrara con la intención de robar una muestra de esperma, tendría que saber qué está buscando y cómo encontrarlo, y más aún si fuera la de una persona concreta.

—¿Y quiénes serían esas personas?

—En realidad, solo nuestros técnicos de laboratorio.

—¿Y usted?

—Bueno, sí, yo también, supongo.

—Para que conste, ¿puedo preguntarle qué hizo el sábado por la noche, entre las diez y las once?

Abrió los ojos de par en par, horrorizado.

—¡No pueden pensar que fui yo!

—No estoy insinuando nada, doctor. Solo le pregunto dónde estaba el sábado por la noche.

Su actitud profesional empezaba a dar señales de resquebrajarse.

—¡Estaba en casa! ¡Estoy seguro!

—¿Solo?

—Nuestros hijos ya no viven con nosotros, pero mi mujer estaría allí.

—¿Nadie más?

—¿Quién más iba a estar?

—Ni idea; es solo que las esposas no suelen ser testigos muy convincentes a la hora de corroborar nada, al menos no ante un tribunal.

—¿No lo dirá en serio?

En lugar de responder, Tanner siguió adelante con el interrogatorio.

—¿Alguien ha notado que falte alguna muestra?

—Nadie me ha dicho nada al respecto.

—¿Y entradas forzadas?

—Tampoco, que yo sepa. El edificio cuenta con un sistema de seguridad gestionado por una empresa privada, así que estoy seguro de que nos habríamos enterado si se hubiera producido alguna intrusión.

—Volviendo a Emily Harris. ¿Cuánto tiempo llevaba siendo clienta suya?

El doctor consultó el expediente que había abierto en el portátil.

—Los Harris vinieron a vernos por primera vez en noviembre del año pasado.

—¿Sabe si conocían a los Richardson?

Sin apartar la vista de la pantalla, el doctor respondió:

—Si se refiere a si uno remitió al otro, me temo que no se lo puedo decir.

Tanner no se refería a eso, pero la respuesta le dio otra idea.

—¿Podría decirnos quién sí los remitió?

—Como acabo de decirle, no puedo.

—Permítame recordarle que se trata de una investigación por asesinato.

—Eso ya me lo ha dicho, pero bajo ningún concepto se me permite ir por ahí contándole a la gente quién remitió a quién. Socavaría por completo el servicio que ofrecemos.

—Puedo volver con una orden judicial.

—Pues le sugiero que lo haga.

Tanner pensó que lo mejor sería cambiar de táctica.

—¿Sus clientes se ven alguna vez entre ellos, socialmente?

—No tengo ni idea de lo que ocurre fuera de estas paredes, pero diría que es poco probable. La inmensa mayoría viene aquí buscando privacidad y discreción. Los problemas de fertilidad no son precisamente algo que a la gente le guste que sepan sus amigos.

—Pero ¿y si coincidieran por casualidad en recepción?

—Bueno, claro que es posible, supongo, pero no tendría absolutamente nada que ver con la clínica.

Tanner sabía que se estaba agarrando a un clavo ardiendo y decidió dejarlo ahí.

—De acuerdo, por ahora es suficiente. Gracias por su tiempo, doctor Khatri. Pero antes de marcharnos, vamos a necesitar los nombres y los datos de contacto de todas las personas que hayan trabajado aquí desde que el señor y la señora Harris se hicieron clientes.

Se incorporó apoyándose en el escritorio y dijo:

—Si habla con Susan, en recepción, le pediré que se lo prepare. Y ahora, si me disculpan, tengo clientes a los que ya he hecho esperar más que suficiente.