Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

E N CUANTO TERMINÓ la reunión informativa, Barrington y Burgess salieron a leer un comunicado oficial a la prensa, mientras el resto del equipo se centraba en sus respectivas tareas.

Entre los dos, Tanner y Jenny no tardaron en descubrir que, antes de casarse, Richardson había mantenido una serie de relaciones clandestinas con otros hombres, ya desde la universidad, aunque se había esforzado mucho por aparentar ser el típico hombre heterosexual que la sociedad parecía más dispuesta a aceptar.

Ninguna de sus aventuras ni de sus encuentros sexuales destacaba en nada.

Todas habían sido relaciones de una noche o apenas habían durado unas semanas.

También quedó claro que llevaba tiempo barajando la idea de usar la institución del matrimonio como fachada para ocultar su verdadera orientación sexual, desde mucho antes de conocer a Jane.

Antes de casarse con ella ya se había prometido dos veces.

Como no se habían molestado en preguntárselo directamente, solo podían suponer que había seguido adelante y se había casado con Jane porque pensaba que uno no puede romper un compromiso muchas veces antes de que la gente empiece a hacer preguntas.

Mientras Tanner y Jenny indagaban en el pasado de Simon, en el grupo de mesas que había junto a la pizarra, la sargento Gilbert bregaba con los archivos personales de Emily Harris, buscando desesperadamente algo que la vinculara con Simon Richardson o con su difunta esposa.

Por suerte, no tardó en dar con ello y, en cuanto ató los cabos, corrió hacia Tanner y Jenny, con los rizos cobrizos golpeándole los hombros, para anunciar:

—¡La clínica de fecundación in vitro! Emily Harris y su marido iban a la misma que Simon y Jane. ¡Buxton Manor!

Tanner y Jenny se quedaron mirándose, y Jenny dijo:

—¡De ahí tuvo que sacar la muestra de esperma de Simon el que hizo esto!

—Lo que significa que el asesino trabaja allí o tiene acceso a la clínica —dijo Tanner.

—A menos que alguien forzara la entrada —advirtió Jenny.

Mientras descolgaban los abrigos de los respaldos de las sillas, Tanner sonrió a la sargento Gilbert.

—¡Buen trabajo, Vicky! Nos vamos para allá ahora mismo. Si pudieras decirles a Barrington y a Burgess adónde vamos, te lo agradeceríamos.