Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
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CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

A L IGUAL QUE todos los demás, Tanner salió de la comisaría de Wroxham agotado y frustrado.

El trabajo de los dos últimos días no había servido más que para descubrir que el marido de una víctima de asesinato era gay y que había tenido una aventura con otro hombre.

En lo que a la investigación se refería, estaban otra vez en el punto de partida: el cadáver de una joven atractiva, a mitad de su embarazo, a la que habían golpeado en la cabeza, estrangulado, violado y arrojado después al río.

Y la única pista sobre el responsable conducía a dos personas con una coartada a prueba de bombas.

Al empezar el día, Tanner había pensado en volver a invitar a Jenny a cenar, quizá a algún sitio distinto, pero ya no.

Al salir del trabajo quedó claro que ninguno de los dos tenía ganas.

Lo único que querían era irse a casa y descansar; y, después de cenar solo en el pub Maltsters, eso fue exactamente lo que hizo Tanner: puso el despertador del móvil veinte minutos antes de lo habitual y volvió a caer en un sueño profundo y sin sueños.

No fue el despertador lo que lo despertó, sino una llamada que entró unos cinco minutos antes de que sonara, de la mismísima persona en la que había pensado al abrir los ojos.

—Tanner, soy Jenny. ¿Estás despierto?

Parpadeó para apartar de los ojos las telarañas del sueño.

—Más o menos.

—Me acaba de llamar Burgess —dijo ella—. ¡Han encontrado otro cadáver!

Imágenes perturbadoras de su hija inundaron la mente de Tanner.

—¿Sigues ahí?

—Perdona. Sí —respondió él, luchando por sacudirse los recuerdos.

Con la cabeza ya más despejada y sintiéndose más despierto, preguntó:

—¿Dónde ha sido?

—En un aparcamiento de Irstead. Está en el extremo norte de los Broads.

—¿Parece que esté relacionado?

—Lo único que me ha dicho Burgess es que es otra mujer, que te llamara y que fuéramos para allá. Sé dónde está. ¿Quieres que pase a recogerte?

—Me vendría bien, gracias.

Con las carreteras desiertas a esas horas, no tardaron mucho en que los faros del Golf iluminaran la chaqueta amarilla fluorescente de un agente uniformado que daba pisotones en el suelo para entrar en calor, con la cremallera del cuello subida hasta la nariz.

Al reconocer primero el coche y luego a Jenny al volante, se apartó para indicarle que entrara en un pequeño aparcamiento público.

A través de los jirones de niebla que iluminaban los faros del coche, vieron que toda la parte más alejada del aparcamiento estaba acordonada con una cinta policial azul y blanca.

Delante esperaban una ambulancia, dos coches patrulla y otros tres vehículos, uno de los cuales Tanner reconoció como el del inspector Burgess.

Cuando Jenny aparcó, se dirigieron hacia otro agente de chaqueta amarilla.

El hombre les levantó la cinta policial y, mientras se agachaban para pasar por debajo, señaló hacia el río con la cabeza.

—El cadáver está en la rampa de botadura.

Tanner vio una estrecha rampa de hormigón que bajaba inclinada hasta el río, utilizada seguramente para botar y sacar embarcaciones pequeñas, como lanchas de un solo motor y botes.

De pie en el borde de la rampa, de cara a la pendiente y con las manos hundidas en los bolsillos, la figura del inspector Burgess se recortaba contra la niebla que lo rodeaba.

Al oír que alguien se acercaba, miró por encima del hombro.

Cuando vio a Tanner y a Jenny, pareció sorprendentemente satisfecho.

—¿Qué tenemos? —preguntó Tanner al acercarse, aunque para entonces ya lo veía con sus propios ojos.

Al pie de la rampa, medio sumergido en el río, yacía el cuerpo desmadejado de una joven empapada en sangre, con el rostro blanquecino vuelto hacia ellos, como si les suplicara ayuda.

Arrodillado a su lado había alguien que ya le resultaba familiar.

—No estamos seguros —respondió Burgess con la vista puesta en el cuerpo—. El doctor Johnstone está terminando.

Al oír la conversación a sus espaldas, el doctor se puso en pie y subió por la rampa.

—Me temo que está bastante mal —dijo mientras se quitaba un par de guantes de látex ensangrentados.

—¿Cuánto tiempo lleva muerta? —preguntó Burgess.

—No mucho. Yo diría unas ocho horas.

—¿Causa de la muerte?

—Bueno, no se ahogó, eso lo sé con certeza. Y no hay señales de estrangulamiento. Estoy bastante convencido de que murió por un solo golpe en la parte frontal de la cabeza.

—¿Como la anterior?

—Eso diría. Pero hay algo más, y me temo que no es agradable.

Burgess, Tanner y Jenny lo miraron con el ceño fruncido.

—La han abierto en canal.

—Perdone, ¿a qué se refiere? —dijo Burgess sin apartar la vista del cuerpo.

—Al abdomen. Parece que alguien ha intentado destriparla.

Al oír aquello, Jenny se llevó instintivamente la mano a la boca.

—Pero... ¿por qué iba alguien a hacer algo así?

—No tengo ni idea —respondió el doctor, y volvió a mirar hacia abajo justo cuando el agua negra y espesa como jarabe empezaba a lamerle los muslos descubiertos—. Pero al menos criminalística debería tener más suerte con esta. Como pueden ver, solo ha estado sumergida en parte.

—Supongo que no la mataron aquí —preguntó Tanner.

—Lo dudo. No hay ni de lejos sangre suficiente.

Me imagino que quien hizo esto pensaba usar la rampa para arrojar el cadáver al río.

Y como no hay rastro de sangre en ninguna parte salvo abajo, debía de estar envuelta en algo.

Eso, o iba en el maletero de un coche que bajó marcha atrás por la pendiente.

En cualquier caso, lo más probable es que la intención fuera empujarla hasta el río, no dejarla así.

Así que puede que lo interrumpieran antes de que tuviera ocasión de acabar el trabajo.

Burgess asintió, conforme, y preguntó:

—¿Cuánto tardaremos en tener el informe de la autopsia?

—Algo me decía que ibas a preguntar eso. Presionaré para tenerlo hoy al final de la jornada.

Tanner le buscó la mirada y preguntó:

—¿Sería posible tener un informe preliminar antes de eso? ¿Quizá a última hora de la mañana?

—Haré lo que pueda.

El doctor estaba a punto de marcharse cuando se volvió para decir:

—Ah, casi se me olvida.

Acto seguido, metió la mano en el mono de criminalística y sacó varias bolsas de plástico transparente para pruebas.

Se las entregó a Burgess y dijo:

—No he encontrado ningún bolso ni nada parecido, pero sí un móvil en el bolsillo del abrigo. Las demás son sus joyas, al menos todas las que he podido quitarle. En fin, suponiendo que el teléfono sea suyo, identificarla debería ser, por lo menos, bastante más sencillo que con la anterior.