Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
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CAPÍTULO TREINTA Y CINCO

N O FUE HASTA PASADAS las nueve de la noche cuando los forenses acabaron de rastrear huellas dactilares en la casa de Simon Richardson.

Barrington se había marchado del trabajo mucho antes y había dejado a Tanner, Burgess y Jenny rebuscando frenéticamente entre las comunicaciones electrónicas de Richardson, desesperados por hallar alguna prueba de que últimamente se veía con alguien a escondidas, con alguien que no fuera el encargado del bar del Bittern.

Mientras ellos se ocupaban de eso, Cooper y Gilbert se desplazaron en coche hasta la zona para preguntar a los vecinos de la pareja si habían visto a alguien, hombre o mujer, que acudiera con regularidad a la casa.

Cuando los registros electrónicos no dieron nada y, dado que ningún vecino había visto aparcar coches ni llegar gente con frecuencia, aparte de los propios dueños de la casa, Barrington no tuvo más remedio que ordenar la puesta en libertad de Richardson y de Perry, plenamente consciente de que no tenían ni un solo sospechoso más con el que sustituirlos.

Sin embargo, al inspector jefe le salió el tiro por la culata de forma bastante espectacular.

Aunque Richardson no tuvo ningún inconveniente en salir por la puerta de atrás y dejar que lo llevaran discretamente hasta el final de su calle en la parte trasera de un furgón policial, Stephen Perry se negó en redondo.

Al contrario: salió por la puerta principal, se plantó directamente ante la prensa que lo esperaba y se pasó diez buenos minutos gritando y despotricando porque a él y a Simon Richardson los habían acusado injustamente de asesinato, y porque, según él, solo los habían detenido por mantener una relación homosexual.

Para los periodistas que llevaban desde aquella mañana esperando fuera, sin nada más que mostrar que una ristra de «sin comentarios» y unas cuantas fotografías y vídeos de dos hombres desconocidos a los que conducían al interior, aquella noticia fue una auténtica bendición caída del cielo.

Es más, llegó justo a tiempo para entrar en directo en el telediario de las diez.

Para prácticamente todos los demás implicados, fue lo peor que podía pasar.

Para Simon Richardson significaba que ahora todo el mundo sabía que era gay, algo que se había esforzado desesperadamente en ocultar desde la adolescencia.

Por eso le había pedido a Jane que se casara con él: así podría pasar desapercibido en sociedad sin que nadie llegara a descubrirlo nunca.

Esa era también la razón de que les hubiera costado tanto tener hijos.

Nunca había logrado sentir atracción sexual por ella y le resultaba enormemente difícil excitarse lo bastante en su presencia para llegar a mantener relaciones sexuales.

Para los padres de Jane, la noticia fue una bofetada humillante.

Enterarse por el informativo nacional de que su yerno no solo era gay, sino que además le había sido infiel a su hija asesinada con otro hombre, desató en Ruth Lambert una furia demoníaca que terminó con ella deshecha en un mar de lágrimas y encerrada en el baño.

John nunca la había visto en semejante estado y le preocupó tanto que pudiera intentar quitarse la vida que llamó al médico de la familia, que acudió de inmediato.

Cuando el médico consiguió convencerla de que abriera la puerta del baño, le administró un sedante fuerte y John pudo ayudarla a acostarse.

Solo cuando ella se quedó dormida y el médico se marchó, John se sintió capaz de dar rienda suelta a su propia furia, y lo hizo llamando a su abogado.

La Policía de Norfolk y, en especial, el inspector jefe Barrington iban a pagar, literalmente, por haberlo sometido a él y a su familia a semejante humillación pública.

Pero Barrington no tuvo ocasión de pensar en cómo reaccionaría John Lambert ante la noticia.

En cuanto se emitió el informativo, recibió una llamada de su superior directo, el superintendente Phillip Whitaker, que le exigió saber qué demonios creía que estaba haciendo al detener no a una, sino a dos personas por el asesinato de la hija de John Lambert, para luego ponerlas en libertad sin cargos y de forma tan pública.

La situación parecía tan desesperada que Barrington se vio obligado a mentirle y decirle que había otra detención inminente.

Acto seguido, Barrington llamó a Burgess para exigirle que le explicara exactamente por qué había dejado que Stephen Perry se acercara siquiera a la prensa y, mucho menos, que montara su propia rueda de prensa improvisada a las puertas de la comisaría de Wroxham, cuando le había dado instrucciones estrictas de impedirlo.

En su defensa, Burgess alegó que, una vez puesto en libertad Stephen Perry, y a menos que consiguieran de algún modo que el juez de paz local le impusiera una orden de silencio, tenían muy poco control sobre lo que hiciera o sobre con quién decidiera hablar del caso y de su relación con Richardson.

Barrington se enfadó aún más cuando supo que ni Burgess, ni Tanner, ni nadie más en la comisaría había logrado encontrar a una sola otra persona, hombre o mujer, que hubiera mantenido una relación íntima con Simon Richardson; lo bastante íntima, al menos, como para animarlo activamente a entregarle una muestra de su semen.

Con el caso en un callejón sin salida absoluto, un Barrington exasperado les dijo a todos que se fueran a casa, pero que estuvieran en el trabajo a primera hora del día siguiente, hora a la que esperaba que Burgess expusiera a su equipo un nuevo plan de actuación.