CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
U NA MEDIA HORA después, tras revisar en el teléfono de Stephen Perry las imágenes y los vídeos mencionados, Tanner y Burgess volvían a estar frente al escritorio del inspector jefe Barrington.
Acababan de explicarle que sus dos principales sospechosos contaban con una coartada respaldada por pruebas materiales prácticamente imposibles de falsificar y aún más difíciles de refutar ante un tribunal, y que su única implicación en todo aquello era que Simon Richardson era homosexual en secreto y había mantenido una aventura clandestina con el encargado del pub Bittern.
Ahora se preparaban para la reacción de Barrington.
Al principio, Barrington no dijo ni hizo nada; se limitó a fulminarlos con la mirada mientras el rostro se le iba congestionando. Finalmente, con voz serena pero amenazadora, dijo:
—¿Esto es algún tipo de broma?
Sin atreverse a mirarlo directamente, con la vista clavada en la pared del fondo, Burgess respondió:
—Me temo que no, señor.
—¿De verdad estáis ahí plantados diciéndome que, después de todo eso , Richardson y ese amiguito marica suyo son inocentes?
—Eso parece, señor, sí.
—¿Los dos?
—Los dos —confirmó Burgess.
—Pero… ¿y el semen?
—Por ahora no sabemos cómo llegó hasta allí, señor, pero Simon Richardson y Stephen Perry estaban sin duda juntos en la cama del hotel Manor Resort en el momento de la muerte de ella, así que solo podemos concluir que lo puso allí otra persona.
—¿Os hacéis una idea de lo idiota que voy a parecer con esto?
—Solo puedo disculparme, señor —dijo Burgess.
—¿ Solo puedes disculparte? —repitió Barrington.
—Eh… sí, señor.
—¿Así que no vais a molestaros en averiguar quién lo hizo en realidad?
—N-no quería decir eso, señor.
—¡Pues es lo que ha parecido!
Burgess decidió no responder a eso.
Barrington siguió fulminándolo con la mirada un par de segundos más, luego apartó la silla del escritorio, se levantó y fue a grandes zancadas hasta la ventana.
Allí escudriñó, entre las persianas medio bajadas, a los reporteros que seguían arremolinándose en la acera, justo detrás del bajo muro de ladrillo rojo del aparcamiento.
Ninguno parecía tener intención de irse.
—Así que supongo que tendremos que dejarlos marchar —dijo con evidente desgana.
—Sí, señor, así es —respondió Burgess.
—De acuerdo, pero no quiero que salgan por la puerta principal.
No puedo permitirme que monten una rueda de prensa improvisada y le cuenten al mundo que la única razón por la que los detuvimos es que son gais.
Que los lleven a sus casas por la parte de atrás.
Y utilizad una furgoneta policial; ¡nada de coches patrulla!
No quiero que esa gente los vea salir. ¿Entendido?
—Sí, señor —respondió Burgess—, pero tarde o temprano hablarán con la prensa.
Barrington se volvió de golpe.
—Soy perfectamente consciente de ello, gracias, Burgess, pero no justo después de quedar en libertad, y no a la puerta de mi comisaría, no cuando está reunida media prensa del país, pendiente de cada palabra que digan.
—Sí, señor.
Barrington volvió a sentarse y miró a Burgess y a Tanner con el ceño fruncido.
—Y bien, ¿cuál es vuestro siguiente paso? Supongo que vais a detener al señor y la señora Lambert, solo para descubrir que esa noche estaban durmiendo en casa de la Familia Real.
Obligado a pasar por alto el sarcasmo facilón de Barrington, Burgess dijo:
—La verdad, señor, no estamos seguros.
—No estáis seguros —repitió Barrington con una mirada de desdén.
Burgess cambió el peso de un pie al otro.
—Eh… no exactamente, señor, no.
Barrington se volvió hacia Tanner.
—¿Y usted?
—Personalmente, señor, creo que el caso gira en torno a la muestra de esperma. Está claro que alguien la colocó allí a propósito y, si no fueron Simon Richardson ni Stephen Perry, tuvo que ser otra persona.
—¡No me diga!
—Sugiero que investiguemos la posibilidad de que Richardson tuviera una aventura con alguien más.
Durante el interrogatorio, Perry dijo que la única razón por la que solo podía escaparse un fin de semana al mes era que Richardson estaba ocupado.
Pero si su esposa trabajaba la mitad del fin de semana, cuesta imaginar en qué podía estar tan ocupado, a menos que fuera pasando tiempo con otro hombre, o quizá incluso con una mujer.
Así que propongo que empecemos a investigar los antecedentes de Richardson, para ver si hay algún indicio de que se viera con otra persona, y que sigamos a partir de ahí.
Mientras tanto, quizá valga la pena hablar con sus vecinos, para ver si lo han visto u oído recibir a otras visitas.
Como trabaja sobre todo desde casa, y tanto Stephen Perry como su esposa están en el pub, le resultaría bastante sencillo invitar a otras personas.
—De acuerdo, ¡adelante! Pero antes de soltar a Richardson, quiero que criminalística vuelva a su casa. Que comprueben si encuentran huellas de alguien que no sea él o su esposa. Y que revisen también su coche.
—Sí, señor.
—Y más vale que retraséis la puesta en libertad de Stephen Perry. ¡Cuanto más podamos retrasar que la prensa se entere de que acabamos de vernos obligados a soltar a nuestros dos principales sospechosos, mejor!