Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

E N CUANTO TERMINÓ de hablar con Jenny, Tanner telefoneó al inspector jefe Barrington y, durante la conversación, acordaron llevar a Stephen Perry a comisaría para interrogarlo.

Aunque pudiera corroborar la coartada de Richardson, el hotel estaba a solo una hora en coche de Wroxham y a ninguno de los dos, o a los dos juntos, le habría costado mucho salir de allí sin que nadie los viera.

Se decidió también que el sargento Cooper llevaría a Jenny al Bittern, acompañados por un par de agentes uniformados, para localizar a Perry y traerlo detenido.

Burgess se quedaría en la comisaría, manteniendo firmemente la presión sobre Richardson.

De ese modo, cuando Tanner regresara del hotel Manor Resort, Stephen Perry estaría listo para que Burgess y él comenzaran el interrogatorio.

Se detuvo a observar mientras, entre una tormenta de flashes, ayudaban a salir del asiento trasero del coche patrulla a un joven alto y bronceado, de flequillo largo, con vaqueros negros ajustados y una chaqueta negra de estilo militar, y lo escoltaban al interior de la comisaría.

El joven sonreía y asentía mirando hacia los periodistas.

Cuando vio a Jenny salir del Audi con el sargento Cooper, Tanner hizo oídos sordos a las preguntas que le gritaban los periodistas y se acercó a ellos.

—¿Ese es el camarero del Bittern?

—Ajá —respondió ella—. Y tampoco vino por las buenas, precisamente. Se negó a colaborar, así que no nos quedó más remedio que detenerlo, y entonces empezó a acusarnos de brutalidad policial, de agresión homófoba y de detención ilegal.

—Aunque ahora no parece demasiado afectado —observó Tanner.

Los dos se volvieron a mirarlo.

Estaba claro que hacía todo lo posible por granjearse la atención de los periodistas, y había empezado a gritar:

—¡Así es como trata la Policía de Norfolk a los homosexuales! ¡Deteniéndolos!

—Esperemos que hable con la misma vehemencia durante el interrogatorio —dijo Tanner mientras seguía a Jenny al interior.

Una vez en recepción, entregaron a Perry al sargento de guardia para tramitar formalmente la detención.

Durante el proceso le aconsejaron que solicitara asistencia jurídica y le informaron de que, si no tenía abogado, podían proporcionarle uno gratuitamente.

Pero se negó: dijo que no tenía nada que ocultar.

Finalmente lo condujeron a la segunda sala de interrogatorios de la comisaría, donde poco después se reunieron con él Burgess y Tanner.

Con la grabadora digital encendida y cumplidos todos los trámites legales, Burgess comenzó el interrogatorio.

—Sabe que tiene derecho a contar con un abogado presente, ¿verdad?

—Como ya le he dicho al otro tipo —respondió Perry mientras se apartaba el flequillo de los ojos—, no tengo nada que ocultar.

—Mientras entienda sus derechos, por mí perfecto. Así que ¿por dónde empezamos?

—¿Qué tal si empieza por explicarme qué hago aquí, aparte de que tiene algo contra los gays, claro?

Burgess pasó por alto la pregunta.

—¿Dónde estaba el sábado por la noche, entre las diez y las once?

—En la cama con Simon Richardson.

—Entiendo. ¿Y dónde fue eso?

—En el hotel Manor Resort.

Burgess hizo una pausa antes de preguntar:

—¿Dónde se conocieron ustedes dos?

—En el Bittern. Venía de vez en cuando a la hora de comer, cuando Jane empezó a trabajar allí. Les decía a todos que venía a verla a ella, pero después me contó que solo venía a verme a mí.

—¿Hace cuánto fue eso?

—Hará cosa de un año, más o menos.

—¿Y cuándo empezaron a salir juntos?

—Supongo que unos meses después. Dejaba muy claro que yo le gustaba, así que le propuse salir y a partir de ahí la cosa siguió su curso.

Burgess hizo una pausa, reflexionó un momento y luego preguntó:

—¿Con qué frecuencia se iban juntos de fin de semana?

—Solo una vez al mes, más o menos. Nos habríamos ido más veces, pero decía que estaba demasiado ocupado y, además, que su mujer sospecharía.

Burgess se detuvo a consultar sus notas y dejó deliberadamente que la sala quedara en silencio. Al cabo de un minuto, más o menos, levantó la vista y dijo:

—Cuando hablamos la primera vez, dijo que sabía que el padre de Jane Richardson era el dueño del pub. ¿Sabía también que era el fundador y director ejecutivo de la cadena de pubs Lambert Oak?

—Lo sabíamos todos. Vino a contárnoslo cuando Jane empezó a trabajar allí.

—¿Así que conoce a John Lambert?

—La mayoría de la gente de por aquí lo conoce, ¿no?

—¿Y cuándo descubrió cuánto dinero tenía Jane Richardson? ¿Fue antes o después de pedirle una cita a su marido?

—Ah, ya veo por dónde va. Cree que, como soy gay, tengo que estar mentalmente enfermo. Y que, por tanto, no me lo pensaría dos veces antes de asesinar a la mujer de mi novio solo porque su padre es rico.

—Yo no hablaba de su padre, sino de Jane Richardson. ¿Sabía que tenía más de cinco millones de libras?

—¡Ahora sí!

—¿Y antes?

—Sorprendentemente, no salió en la conversación.

—Entiendo. ¿Así que pretende hacerme creer, sinceramente, que de todos los hombres que viven en los Broads se enamoró precisamente del único casado con una mujer que tiene más de cinco millones de libras?

—Por desgracia, no todos los hombres que viven en los Broads son gays, lo que reduce bastante el campo. La mayoría de los de aquí son unos retrasados homófobos, como usted.

Y dicho eso, le dedicó a Burgess una sonrisita de suficiencia.

—Entonces, ¿te da igual con quién salgas, siempre que sea gay?

—Bueno, algo ayuda.

—Y rico, claro; o, en este caso, casado con una mujer que lo sea, sobre todo después de darte cuenta de que, si la mujer de Simon moría, tu novio se quedaría con todo. Solo tendrías que casarte con él y te convertirías en multimillonario de la noche a la mañana.

—Creo que has visto demasiada televisión, inspector.

Burgess se tomó un momento para ordenar las ideas y repasar las notas. Mientras lo hacía, Tanner cogió un bolígrafo de la mesa, se inclinó hacia él y rodeó con un círculo una palabra que había visto en el informe.

Burgess entendió lo que Tanner quería decir y, sin levantar la vista, preguntó casi de pasada:

—¿Sabías que Jane Richardson estaba embarazada?

Perry se quedó helado; luego miró primero a Burgess y después a Tanner.

Burgess levantó la vista de las notas y preguntó:

—¿Lo tomo como un no?

—Mientes —dijo Perry mientras escrutaba el rostro de Burgess.

Burgess volvió a bajar la mirada y pasó una página antes de añadir:

—Entre catorce y veintisiete semanas, según el informe de la autopsia.

—Me temo que no te creo, inspector. Simon me lo habría dicho si lo hubiera estado.

—Pero te lo dijo , ¿verdad?

—¡Acabo de decir que no me lo dijo!

—Justo antes de decirte que había decidido empezar de cero con su esposa.

—¡Esto es absurdo!

—Y que, por tanto, ya no podría seguir viéndote.

—¡Ya he dicho que no lo sabía!

—Y fue entonces cuando comprendiste dos cosas: que, si su mujer estaba embarazada, Simon se la había estado tirando a tus espaldas y, en segundo lugar, que estabas a punto de perder no solo a él, sino también todo el dinero de su mujer.

Y fue entonces cuando decidiste vengarte: matarla y hacer que pareciera obra de tu novio.

—¿Y cómo iba a hacer que pareciera obra de Simon? ¿Supongo que le machaqué la cabeza con uno de sus estúpidos palos de golf?

—En realidad, no. Encontramos restos del semen de tu novio dentro de su mujer.

Al parecer, lo introdujeron ahí después de matarla.

Y como, al menos según tu testimonio, él estaba en el Manor Resort cuando ella murió, lo lógico es concluir que fuiste tú quien consiguió una muestra de su semen —cómo lo hiciste, no quiero saberlo—, lo drogó, condujo de vuelta a Wroxham, mató a su mujer, le inyectó el esperma y regresó al hotel justo a tiempo para hacerle otra mamada.

Perry se recostó en la silla, se cruzó de brazos y le sonrió a Burgess.

—¡Esto es estupendo! ¡Debería haber traído palomitas!

—Entonces, ¿lo niegas?

—Bueno, me encantaría confesarlo, claro; quiero decir, ¿quién no? Pero el problema es que, como ya he dicho al principio, estuve con Simon toda la noche. Y como no estaba drogado, sino completamente despierto a la hora a la que te refieres, podrá responder por mí.

—Ah, pero ¿lo hará? Sobre todo cuando le den a elegir entre reconocer que asesinó a su propia mujer o decir que, misteriosamente, se quedó dormido a las nueve de la noche del sábado, justo después de que le hicieras una mamada, y que no se despertó hasta la mañana siguiente.

—¡Pero yo no lo hice!

—Entonces fue tu novio, ¿no?

—¡Él tampoco fue!

—Bueno, ¡uno de los dos tuvo que hacerlo!

Por desgracia, no hay otra forma de que su semen acabara dentro de su mujer después de que la asesinaran, a menos que uno de vosotros lo pusiera allí deliberadamente.

Y, sabiendo que eso lo incriminaría directamente si lo hubiera hecho él, ¡tuvo que ser cosa tuya!

—¡Pues no fui yo!

—Entonces lo planeasteis juntos, y así os montabais la coartada perfecta.

—¡Claro que no, y puedo demostrarlo!

—¿Puedes demostrarlo? —repitió Burgess—. ¡Excelente! Ahora soy yo quien debería haber traído palomitas.

—Está en mi teléfono. El que me quitaste cuando me trajiste a rastras hasta aquí.

—¿Y qué hay en tu teléfono que pueda demostrar tu inocencia?

—Un centenar largo de fotos y vídeos. Y todos llevan la fecha y la hora marcadas. Si los miras, creo que verás que Simon y yo estuvimos en el hotel Manor Resort la noche del sábado y que ninguno de los dos salió de allí.