Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TREINTA Y DOS
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS

I nmediatamente después del interrogatorio, Burgess y Tanner volvieron a reunirse brevemente con Barrington y acordaron que Burgess se quedaría en la comisaría, listo para reanudar el interrogatorio de Simon Richardson, con la esperanza de que le fueran pasando la información a medida que llegara.

Tanner debía subir al Manor Resort para confirmar la nueva coartada de Richardson: que había estado allí, pero sin participar en el torneo de golf.

Jenny, por su parte, se quedaría con la tarea monótona e interminable de repasar las comunicaciones electrónicas de Jane Richardson en busca de algo que apuntara a un motivo para que su marido hiciera lo que, a esas alturas, todos creían que había hecho.

Al fondo de la sala, la sargento Gilbert se quedó intentando ahondar en las finanzas de la víctima, mientras el sargento Cooper se dirigía al domicilio conyugal para coordinar a la unidad de criminalística que Gilbert había solicitado antes.

Para Tanner, subir solo en coche hasta el Manor Resort era la ocasión perfecta para despejar la mente.

Había sido idea suya que Jenny se quedara.

Desde su llegada a la comisaría de Wroxham, apenas la mañana anterior, habían pasado muchísimas cosas, y necesitaba un rato de calma y reflexión para empezar a digerirlo todo.

Tener sentada al lado a una agente atractiva, una chica por la que ya empezaba a sentir algo, no iba a ayudarle precisamente.

El trayecto de una hora por aquel paisaje llano y suavemente ondulado resultó ser justo lo que necesitaba y, al llegar a su destino, se sentía mentalmente renovado.

El Manor Resort ocupaba una impresionante mansión paladiana del siglo XVIII. En lo alto de una escalinata de peldaños bajos de piedra, cuatro pilares románicos marcaban la entrada del edificio, desde la que se dominaba el campo de golf y, más allá, el litoral de Norfolk.

La recepción era un mostrador de frente alto situado en una esquina de un enorme espacio abierto, con el suelo de mármol pulido, una amplia escalera doble y un techo elevado.

Detrás del mostrador había dos jóvenes atractivas que vestían el uniforme del complejo: chaquetas moradas sobre blusas blancas impecables.

Una de ellas atendía a un huésped, pero, cuando Tanner se acercó, la otra levantó la vista, sonrió y preguntó:

—¿Puedo ayudarle?

Como su voz resonó por toda la recepción, Tanner, para ser discreto, sacó su identificación y dijo en voz baja:

—Soy el inspector Tanner, de la Policía de Norfolk. Quería preguntar por alguien que quizá estuvo aquí para jugar al golf el fin de semana pasado.

Con una sonrisa fija y como si lo hubiera dicho cien veces, la chica respondió:

—Este es el hotel Manor Resort. El campo de golf está al lado. Si sigue la carretera, verá a su izquierda un cartel que indica la entrada.

—Pero aquí es donde se alojan los que vienen a jugar al golf, ¿no?

—Naturalmente.

—Entonces, ¿podría decirme si un hombre llamado Simon Richardson se alojó aquí el sábado por la noche?

Tras pensárselo un momento, ella dijo:

—El nombre me resulta familiar. Espere, voy a comprobarlo.

Después de unos cuantos clics con el ratón, añadió:

—¿Ha dicho señor Richardson?

—Simon Richardson —confirmó Tanner.

—Se registró el viernes. Habitación 14.

—¿Y cuándo se marchó?

—El domingo —respondió ella con tono cortante, aunque profesional.

Tanner oyó abrirse la puerta de entrada a su espalda y se volvió para ver entrar en el hotel a una pareja de ancianos bien vestidos, que se acercaron al mostrador.

Al verlos ella también, la joven preguntó:

—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarle?

Hasta el momento, lo único que había averiguado era que un tal Simon Richardson se había registrado el viernes y se había marchado el domingo; algo que podría haber descubierto con una simple llamada.

—Supongo que no recordará qué hizo mientras estuvo aquí, ¿verdad?

Con el ceño fruncido en señal de reproche, ella contestó:

—¡No es nuestro trabajo vigilar a los huéspedes! —y miró por encima del hombro de Tanner a la pareja que esperaba.

—Pero sí lo recuerda, ¿no?

La chica se quedó mirándolo sin expresión, deseando claramente que se marchara para poder atender a los clientes que pagaban.

Tanner, que le había leído el pensamiento, se inclinó hacia delante, le sostuvo la mirada y dijo en voz baja, pero firme:

—¡Esto es una investigación por asesinato!

Aquello pareció captar la atención de la chica, que, al ver que su compañera ya estaba libre, la llamó:

—Sarah, ¿puedes atender al señor y la señora Winterbourne? Gracias.

Mientras la pareja de ancianos sonreía y pasaba al otro extremo del mostrador, la chica quedó libre para centrarse en las preguntas del inspector:

—Llegó cargado con todos sus palos de golf, por si le sirve de algo.

—¿Sabe si salió en algún momento el sábado?

—Por lo que recuerdo, pasó prácticamente todo el tiempo en su habitación y solo bajó a cenar.

—¿Está segura?

—No puedo estar segura al cien por cien.

—Pero usted estaba de servicio en ese momento.

—Yo hago los turnos de tarde y de noche. Los huéspedes pueden entrar y salir cuando quieran, obviamente. Pero me dio la impresión de que era de los que se pasan el fin de semana en la habitación.

—¿Por qué lo dice?

La chica miró a su compañera y, al ver que estaba del todo ocupada con la pareja de ancianos, se inclinó un poco hacia delante y dijo:

—No creo que estuviera solo.

—¿Estaba aquí con una mujer?

La chica negó con la cabeza con intención.

—Estaba con un amigo. Un amigo hombre .

—¿Quiere decir que cree que es gay?

—Bueno, de su amigo estoy bastante segura, al menos.

Bronceado artificial, dientes blanqueados, guapísimo, llevaba delineador de ojos sin ninguna duda y un corte de pelo raro: los lados rapados y un flequillo largo; es un estilo muy concreto.

También tenía un pequeño tatuaje de una lágrima en el cuello y, bueno, tenía ese aire.

Al darse cuenta de que acababa de describir al encargado del bar del pub Bittern igual que lo había hecho Burgess cuando hablaban con el inspector jefe Barrington, Tanner preguntó:

—¿Sabe cómo se llama, por casualidad?

—Puedo buscarlo.

Volvió a la pantalla y, un momento después, dijo:

—El señor Stephen Perry. Ocupó la habitación de al lado, la número 16, pero la limpiadora dijo que apenas se usó.

Mientras ella lo decía, él sacó el móvil, dio las gracias a la recepcionista, se apartó del mostrador y llamó a Jenny.

En cuanto Jenny contestó, dijo:

—Jenny, soy Tanner. ¿Cómo va todo?

—La verdad es que no ha pasado gran cosa —respondió ella—.

Burgess ha entrado y salido un par de veces con el sospechoso, pero no parece sacar nada en claro.

Y el sargento Cooper ha llamado para decir que no ha encontrado nada que pudiera haberse utilizado como arma homicida, aunque la científica se ha llevado la ropa y los zapatos de Richardson. La única que ha tenido suerte es Vicky.

—¿Vicky? —preguntó Tanner, que no reconocía el nombre.

—Perdona, la sargento Gilbert. Por fin le han dado una orden para acceder a las cuentas de Jane Richardson, y parece que tenía una fortuna considerable.

—¿Cuánto?

—No lo sabemos exactamente, pero su fondo fiduciario se liberó al cumplir los veinticinco, y entonces superaba los cinco millones, la mayor parte invertidos en acciones y valores.

Además, posee el veinticinco por ciento de la empresa de su padre y tiene más de ciento veinte mil libras en efectivo en la cuenta, lo que hace preguntarse por qué se molestaba en trabajar en el pub.

—Probablemente estaba aprendiendo el oficio, con vistas a hacerse cargo del negocio —respondió Tanner—. En fin, ¿puedes hacerme un favor?

—Claro.

—¿Puedes entrar en el sistema y mirar si Burgess ha dejado alguna nota con el nombre del encargado del bar, el del Bittern?

—Vale, espera.

Al cabo de un minuto, preguntó:

—¿Te refieres a Stephen Perry?

—Sí, ese. Vamos a tener que hablar con él.

—¿Con el encargado del bar del Bittern? —repitió ella, desconcertada.

—Sí, Stephen Perry. He descubierto que nuestro Simon Richardson dice la verdad cuando afirma que se alojó en el hotel Manor Resort, pero no estaba solo.

—¿Estaba allí con el encargado del bar del Bittern?

—Ajá —confirmó Tanner—. Tenían habitaciones contiguas y una de ellas apenas se usó. Por eso diría que existe una posibilidad muy real de que lo planearan juntos, sobre todo ahora que sabemos cuánto dinero tenía Jane.

Al otro lado de la línea hubo un silencio, hasta que Jenny dijo:

—También hay otra posibilidad que probablemente deberíamos considerar.

—¿Cuál?

—Que Stephen Perry lo planeara por su cuenta.

Si se hubiera enterado de cuánto dinero tenía la esposa de su novio y de que Richardson iba a heredar sus bienes, desde luego tendría un móvil.

Lo único que tendría que hacer sería casarse con su novio y tendría la vida resuelta.

Y, sin querer ser grosera, también habría tenido acceso al semen de Richardson.

—Gracias por el detalle, Jenny.

—Pero es verdad, ¿no?

—Sin duda, pero ¿por qué iba a querer inyectar el semen de su novio en el cadáver de su esposa?

—Puede que no fuera por el dinero —reflexionó Jenny—. Puede que Richardson le hubiera dicho que su mujer estaba embarazada y que quería empezar de cero con ella.

—Lo que significaría que tendrían que dejar de verse.

—Así que Perry decidió incriminarlo por el asesinato de su esposa.

—Y, como Stephen Perry sería la única persona capaz de corroborar su coartada —añadió Tanner—, lo único que tendría que hacer sería confirmar que Richardson había estado con él, pero que había salido un momento el sábado por la noche.

Hubo una breve pausa antes de que Jenny preguntara:

—¿Qué quieres que haga?

—Lo mejor es que le cuentes esta conversación a Burgess. Después creo que habría que preguntarle a Barrington si podemos traer a Stephen Perry para interrogarlo. Aunque no, mejor se lo pregunto yo. Pero no cabe duda de que tenemos que averiguar qué sabe.

—Sin problema —aceptó Jenny.

—En fin —continuó Tanner—, voy ya de camino, así que llegaré dentro de una hora, más o menos.