CAPÍTULO TREINTA Y UNO
L A SALA DE INTERROGATORIOS de la comisaría de Wroxham era como la mayoría: pequeña, anodina y sin ventanas.
Todo el mobiliario se reducía a cuatro sillas y una mesa pegada a la pared.
Sobre la mesa había una caja negra y cuadrada: la grabadora digital de la comisaría, relativamente nueva, un aparato que ahorraba tiempo y permitía consultar a distancia las grabaciones de los interrogatorios a través de la intranet de la Policía de Norfolk.
Simon Richardson estaba sentado al otro lado de la mesa, enfrascado en una conversación con un hombre enjuto y calvo que se puso de pie para presentarse cuando entraron los dos detectives.
—Soy Clive Percival. Me han designado para representar al señor Simon Richardson.
—Gracias —dijo Burgess, y le indicó con un gesto que volviera a sentarse mientras anotaba el nombre en el expediente del caso que había traído consigo.
En el silencio que siguió, Burgess se inclinó sobre la mesa y pulsó un pequeño botón rojo de la parte delantera del dispositivo de grabación, debajo de las letras REC.
Burgess ocupó la silla más cercana a la grabadora y se acercó al aparato. Consultó sus notas y dijo:
—Estamos aquí para interrogar al señor Simon Richardson, del número 1 de River View Lane, en Wroxham, en relación con el asesinato de la señora Jane Richardson, del mismo domicilio.
—Comprobó la pantalla delantera de la grabadora digital y continuó—: Son las 13:22 del martes 16 de abril.
En la sala están presentes el señor Simon Richardson, su representante legal, el señor Clive Percival, el inspector Paul Burgess y el inspector John Tanner.
Sin apartar la vista del expediente, añadió:
—Señor Richardson, ha sido detenido como sospechoso del asesinato de su esposa, la señora Jane Richardson.
—Esto es una locura —murmuró Richardson entre dientes, con las manos apretadas una contra otra sobre la mesa con tanta fuerza que se le habían puesto blancos los nudillos.
Burgess lo ignoró y le leyó sus derechos.
—No está obligado a decir nada, pero su defensa podría verse perjudicada si, al ser interrogado, no menciona algo en lo que posteriormente se base ante el tribunal. Todo lo que diga podrá utilizarse como prueba.
Burgess alzó la vista, primero hacia el abogado y después hacia su cliente, y preguntó:
—¿Entiende por qué ha sido detenido y cuáles son las acusaciones que se han formulado contra usted?
—¿Qué? ¿Que asesiné a mi esposa?
—No tiene que admitirlo, señor Richardson —dijo Burgess con una sonrisa malévola—, a menos, claro está, que quiera hacerlo.
Richardson le devolvió la mirada con desdén desafiante.
—¡Sí, entiendo que, por alguna razón idiota, parece estar convencido de que asesiné a mi esposa, a pesar de que no lo hice, obviamente !
—¿Y entiende los derechos que acabo de leerle?
—Sí.
Satisfecho de haber dejado atrás las formalidades legales, Burgess preguntó:
—¿Puedo preguntarle, para que conste en acta, dónde se encontraba la noche del sábado 13 de abril, entre las diez y las once?
—Ya se lo he dicho —respondió, y señaló a Tanner—. ¡Bueno, ya se lo he dicho a él !
—¿Le importaría repetírmelo a mí? —pidió Burgess.
—Pasé el fin de semana fuera.
Burgess cogió el bolígrafo y preguntó:
—¿Y dónde fue eso, me lo recuerda?
—Se llama Manor Resort.
—Eso es. Y dijo que estuvo jugando al golf allí, ¿no es así?
Su mirada saltó de Burgess a Tanner, pero no dijo nada.
—Perdone, pero ¿eso ha sido un sí o un no?
—Estuve allí, si es eso lo que quiere decir —respondió al final.
—¿Jugando al golf?
Se removió incómodo en la silla y al final contestó:
—Tenía intención de hacerlo.
—Perdóneme, pero ¿eso significa que jugó o que no jugó?
—Significa exactamente lo que he dicho: tenía intención de hacerlo.
—¿Así que fue allí, pero no llegó a jugar?
—Eso es.
—Ya veo —dijo Burgess—. Espero que no le importe que se lo pregunte, pero ¿por qué fue a un sitio a jugar al golf y luego no jugó?
—Es sencillo —respondió encogiéndose de hombros—. El sábado por la mañana, al dar unos cuantos golpes de práctica, empezó a molestarme el hombro, así que pensé que lo sensato era no forzarlo.
—¿Así que volvió directamente a casa?
—No, decidí quedarme.
—¿Todo el fin de semana?
—Ya había pagado el alojamiento, así que pensé que mejor aprovecharlo.
—Pero, si no estaba jugando al golf, ¿qué hizo durante todo el fin de semana?
—Estuve mirando, como espectador. Eso no va contra la ley, ¿no?
—Tendría que comprobarlo —dijo Burgess, fingiendo que lo anotaba—. Pero, dejando eso aparte, lo que me interesa es que le dijo a mi compañero que se había ido el fin de semana a jugar al golf, cuando está claro que no fue así.
—Y, como acabo de explicar, esa era mi intención.
—Pero ¿no jugó?
La pregunta quedó sin respuesta.
—Voy a ser completamente sincero con usted, señor Richardson. Ya sabía que no había jugado. Lo sabía porque, cuando he hablado hoy mismo con el campo de golf del Manor Resort, no tenían constancia de que hubiera jugado allí ni ese fin de semana ni ningún otro.
Richardson volvió a encogerse de hombros.
—Como ya le he dicho, yo no jugaba.
—¿Y nunca lo había hecho?
—Allí, no. Pero sí me alojé allí. Puede comprobarlo con el hotel, si quiere.
—Lo haremos, gracias.
Burgess dejó que la sala se sumiera en un silencio opresivo y se tomó un momento para repasar sus notas antes de preguntar:
—Supongo que sabe quién es el padre de su esposa, ¿no?
—Eh… Déjeme adivinar. ¿Papá Noel?
—Casi podría serlo, a juzgar por la cantidad de dinero que probablemente heredará ahora que su esposa, la hija de él, ha muerto.
—No sabía que tuviera dinero.
—De verdad —murmuró Burgess, con fingida inocencia.
—¡No lo sabía! Quiero decir, suponía que lo tendría cuando sus padres…
—¿Murieran?
—Fallecieran —corrigió él—, pero no antes.
Burgess volvió a sus notas.
Al cabo de casi un minuto sin que nadie dijera nada, Richardson preguntó:
—¿Cuánto va a durar todo esto?
—Solo nos quedan un par de preguntas, señor Richardson.
—Bueno, ¿le importaría darse prisa? A diferencia de usted, por lo que parece, yo sí tengo cosas que hacer.
Sin dejar de repasar sus notas, Burgess preguntó:
—¿Cuándo fue la última vez que mantuvo relaciones sexuales con su esposa, señor Richardson?
—¿Cómo dice?
Burgess alzó la vista.
—Lo siento, ¿no ha oído la pregunta?
—¡He oído perfectamente la pregunta!
—Entonces, ¿cuándo fue la última vez que se acostó con su esposa?
Richardson se volvió hacia su abogado.
—¿Tengo que responder a eso?
—Doy por hecho que la pregunta guarda relación con la acusación que se le imputa a mi cliente —inquirió el abogado.
—Así es —respondió Burgess.
El abogado se inclinó hacia Richardson.
—No tiene que responder, pero, como ya le han explicado, podría perjudicar su defensa si…
—No es eso —interrumpió Simon—. Es que esto no tiene nada que ver con ellos.
—Entonces, es del todo su decisión.
Richardson reflexionó un momento y luego dijo:
—Lo siento, pero no estoy dispuesto a responder.
—¿Fue el sábado por la noche, por casualidad?
—¿Qué quiere decir con eso de si fue el sábado por la noche? ¡Claro que no fue el sábado por la noche! ¡Ya se lo he dicho! ¡El sábado por la noche no estuve ni cerca de ese sitio!
—Ya veo. ¿Así que sabe dónde la asesinaron?
—¿Qué?
—Acaba de decir que no estuvo ni cerca del lugar donde la asesinaron, así que me veo obligado a suponer que sabe dónde fue.
—¡No quería decir eso! ¡Quería decir que no estaba ni cerca de aquí , de los Broads!
—¿Así que no sabía que la asesinaron bajo el puente ferroviario de Wroxham, que, según tengo entendido, está a dos pasos de su casa?
Richardson pareció quedarse atónito un instante y tardó un par de segundos en responder; lo hizo con voz contenida.
—No lo sabía.
—Volvamos a la última vez que se acostó con su esposa —continuó Burgess—. ¿Cuándo dijo que fue?
—Si le soy sincero, no lo recuerdo.
—Entonces, ¿no fue hace poco?
—Como ya he dicho, no lo recuerdo.
—Pero ¿sí sabe con certeza que no fue el sábado por la noche?
El abogado intervino:
—Permítame recordarle, inspector, que formular la misma pregunta una y otra vez es una técnica de interrogatorio opresiva, bien documentada y utilizada por la policía de todo el mundo.
Puede que funcione en otros países, pero aquí, en el Reino Unido, cualquier prueba obtenida mediante ese procedimiento se considerará inadmisible ante un tribunal.
Por consiguiente, si continúa interrogando a mi cliente en esos términos, ¡dará igual que responda o no!
—Discúlpeme —dijo Burgess—. Solo sentía curiosidad por una cosa: ¿cómo es posible que se haya encontrado semen de su cliente dentro de la víctima del asesinato, su esposa, cuando la sacaron del río Thurne el lunes, si la última vez que se acostó con ella fue hace tanto tiempo que ni lo recuerda?
Mientras Richardson miraba fijamente a Burgess, su abogado no pudo evitar bajar la cabeza y clavar la vista en la mesa.
—Pero… yo no…
—¿Matarla o acostarse con ella después?
—¿Después? ¿Qué quiere decir con después ?
—Después; es decir, después de que la golpearan en la cabeza, la estrangularan hasta matarla y la violaran.
—Pero eso es…
—… ¿absolutamente repugnante y algo que solo haría alguien gravemente perturbado? En eso tendría que darle la razón. Entonces lo que me dice es que no lo hizo, ¿no?
—¡Claro que no!
—¿A pesar de que encontramos su semen en su interior?
Lanzó miradas desesperadas a su abogado y al inspector, y soltó:
—Mire, no tengo ni idea de cómo llegó ahí mi… mi…, ¡pero no fui yo! ¡Yo no lo… puse ahí!
—Y, por supuesto, está el hecho de que la asesinaran a dos pasos de donde usted vive, sin olvidar que le corresponde heredar lo que, según nos han dado a entender, es una suma considerable de dinero.
—Como ya le he explicado, yo no estaba ni cerca de allí. Estaba…
— No jugando al golf. Sí, eso ya lo ha dicho.
—Pero yo…
—Creo que podemos parar para comer, ¿no le parece? —dijo Burgess con una sonrisa triunfal dirigida directamente al abogado.
Antes de que el abogado o cualquier otro pudiera decir nada, Burgess se inclinó hacia la grabadora digital y dijo:
—Se suspende el interrogatorio durante una hora. Son exactamente las 13:37.
Mientras Burgess y Tanner se ponían en pie, Tanner no pudo evitar quedar impresionado. Puede que Burgess no estuviera capacitado para dirigir una investigación de asesinato, pero lo que le faltaba por ese lado lo compensaba de sobra con su habilidad para interrogar a un sospechoso.