CAPÍTULO TREINTA #2
—Disculpe, señor. Solo quería informarle de que ha llegado el abogado de Simon Richardson, así que el sargento Cooper y yo vamos a bajar para comenzar el interrogatorio.
Mientras regresaba a su escritorio, Barrington dijo:
—A propósito de eso, Burgess. Entra un segundo, ¿quieres?
Cualquier rastro de sonrisa se borró del rostro de Burgess. Entró, cerró la puerta y, lanzando a Tanner una mirada venenosa, dijo:
—Por supuesto, señor.
—Acabamos de hablar por teléfono con el suegro del sospechoso —comenzó Barrington.
—¿Se refiere al señor Lambert?
Hasta ese momento, siempre había pensado en John Lambert como el padre de la víctima del asesinato, no como el suegro del principal sospechoso.
—Se mostraba sorprendido de que hubiéramos practicado una detención tan pronto.
—Bueno, sí, señor, pero, como acordamos…
—Y aquí Tanner apunta que quizá habría sido prudente esperar, al menos hasta poder construir un caso más sólido contra él.
Después de fulminar de nuevo a Tanner con la mirada, Burgess continuó con lo que estaba a punto de decir.
—¡Pero, como acordamos, señor , el hecho de que no estuviera jugando al golf, como afirmaba, y que su semen se encontrara en el interior de la víctima basta no solo para detenerlo, sino también para acusarlo!
Barrington espetó:
—No habrás presentado cargos contra él, ¿verdad?
—¡Bueno, no, señor, pero, por más que lo pienso, no veo por qué no deberíamos hacerlo!
Tanner intervino en la discusión con tacto diplomático:
—Y tendría que darte la razón, si no fuera por el semen.
Burgess lo miró fijamente.
—¡Pero esa es la principal prueba que tenemos contra él!
—Quizá, pero sospecho que también podría ser lo que demuestre que es inocente.
—Pero… —empezó Burgess, antes de volverse hacia Barrington y añadir—: Lo siento, señor, pero lo que dice no tiene ningún sentido.
—Lo único que digo —continuó Tanner— es que me resulta un poco raro que se propusiera matar deliberadamente a su mujer y que, después de golpearla en la cabeza y además estrangularla, decidiera reclamar sus derechos conyugales y dejar atrás la única prueba que garantizaría su condena.
Burgess se quedó mudo de asombro, así que Barrington tuvo que aclarar lo que había dicho Tanner.
—Lo que sugiere es que no habría querido acostarse con ella después de muerta.
—Sería algo inusual, señor —confirmó Tanner.
—Inusual, quizá —admitió Burgess—, pero ni mucho menos imposible, sobre todo tratándose de alguien que acababa de asesinar a su mujer con sus propias manos.
¡A lo mejor es eso lo que le pone: acostarse con muertos!
Por lo que sabemos, puede que ella se negara a acostarse con él y esa fuera su manera de desquitarse: ¡follársela ya muerta!
—Si fuera así —intervino Tanner—, me parecería más probable que lo hubiera hecho mientras ella aún estaba viva, para que lo viera.
—Sí, pero tú no eres él, ¿verdad ?
—Y, con todos mis respetos, ¡ tú tampoco!
Burgess parecía a punto de abalanzarse sobre Tanner y este, por su parte, parecía dispuesto a defenderse del ataque, así que Barrington intervino:
—¡Muy bien, vosotros dos, ya basta!
Pero Tanner aún tenía algo más que decir y se volvió hacia Barrington.
—Y a un jurado le basta la más mínima duda para tumbar una condena, señor.
Mientras Burgess lo miraba con evidente desesperación, Barrington reflexionó un instante antes de responder.
—Me temo que Tanner tiene razón. Necesitaremos algo más si queremos acusarlo.
—Miró el reloj y añadió—: Y nos quedan menos de veintitrés horas.
Después tendremos que solicitar una prórroga si queremos seguir reteniéndolo, y puede que no nos la concedan.
Y, aunque lo hagan, solo serviría para alargar esto otros dos días, algo que no podemos permitirnos.
Barrington observó a sus dos inspectores.
—¿Qué más tenemos, aparte de su coartada dudosa y el semen?
—Hemos revisado las grabaciones de las cámaras de seguridad —dijo Burgess—, pero ahí no había nada. Solo se ve a la víctima saliendo sola del pub. También he hablado con casi todos los empleados, pero se limitaron a confirmar lo que muestran las grabaciones.
—¿Qué relación tenía con ellos?
—Bueno, era la gerente, así que supongo que la normal. Creo que a varios les fastidiaba, porque pensaban que solo había conseguido el puesto porque su padre era el dueño del pub, pero nada más.
—¿Algo más?
Siguió un silencio durante el cual Burgess pareció esforzarse por encontrar algo que añadir. Al final dijo:
—El encargado del bar sí se puso muy a la defensiva cuando le preguntamos por su relación con la víctima, bastante más que ninguno de los demás. Al principio pensé que era porque había algo entre ellos.
—¿Crees que ese encargado del bar tenía una aventura con Jane Richardson?
—En ese momento sí lo pensé, señor. Pero el sargento Cooper tenía la impresión de que Jane Richardson no era su tipo.
—¿Qué quieres decir?
—Cree que el encargado del bar es gay, señor.
—¿Gay? —repitió Barrington, como si nunca hubiera oído esa palabra en voz alta.
—Sí, señor. Llevaba un corte de pelo muy peculiar y un tatuaje de una lágrima. Y, aunque al principio no me fijé, también llevaba delineador de ojos.
—¿Y eso lo convierte en gay?
—Si lo sumamos a su actitud general, yo diría que sí.
—Bien. ¿Y algo de esto es relevante?
—Solo en el sentido de que no creíamos que tuviera un interés personal en Jane Richardson, pese a lo a la defensiva que se puso cuando le preguntamos por ella.
—O sea, que en realidad no, ¿no?
—Bueno…
Antes de que Burgess tuviera ocasión de decir nada más que Barrington considerase una pérdida absoluta de tiempo, este lo interrumpió.
—Entonces, ¿cuál es el siguiente paso?
Burgess pareció no estar seguro de a qué se refería.
—Tenemos que interrogar al sospechoso, señor.
—Me refería más bien a qué podemos hacer para apuntalar el caso que tenemos contra él.
De nuevo, se hizo el silencio.
Dando por hecho que Burgess no tenía más ideas al respecto, Tanner volvió a intervenir.
—Creo que sería buena idea averiguar qué llevaba puesto el señor Richardson la noche en que la mataron, incluidos los zapatos.
Luego podríamos pedir a los forenses que lo examinaran en busca de restos de sangre o de tierra de debajo del puente del ferrocarril.
También sugiero que revisemos los mensajes, los correos electrónicos y las cuentas de redes sociales de la víctima, por si hay alguna mención a que hubieran discutido hace poco.
Después convendría hablar con sus amigos.
Puede que le contara algo en confianza a alguno de ellos.
También tenemos que mirar su testamento, señor —continuó—, y averiguar cuánto dinero tenía.
Cuando hablé con sus padres, insinuaron que tenía un patrimonio considerable que Richardson heredaría.
Tanner miró a Burgess, que observaba la pared de detrás del escritorio de Barrington con los labios fuertemente apretados.
Por segunda vez en dos días, Tanner cayó en la cuenta de que probablemente había dejado a su colega como si no tuviera ni idea de lo que hacía.
Pero esta vez no había sido su intención, y no pudo evitar sentirse culpable por ello.
Desde el punto de vista de Barrington, cada vez resultaba más evidente que Burgess sencillamente no estaba a la altura de dirigir una investigación de tanta repercusión.
Sin embargo, sabía que poner ahora a Tanner al frente no serviría más que para humillarlo, y eso probablemente lo empujaría a pedir el traslado.
No tenía experiencia en investigaciones de homicidios, pero era un buen inspector y difícil de sustituir.
Por eso, Barrington sabía que tendrían que seguir igual: Burgess al mando y Tanner apoyándolo.
Barrington echó un ostentoso vistazo al reloj y dijo:
—De acuerdo, Burgess, te sugiero que empieces a interrogar al sospechoso, pero antes dile a la sargento Gilbert que mande a los forenses a su casa. Necesitamos su ropa y sus zapatos.
—También sería útil que buscaran el arma del crimen, señor —sugirió Tanner.
—Lo más probable es que se haya deshecho de ella —dijo Barrington—, pero supongo que merece la pena echar un vistazo. ¿Por qué no vais tú y Jenny con los forenses y la buscáis vosotros mismos?
—Esperaba que ella pudiera empezar a revisar los datos personales de Jane Richardson, señor.
—Vale, está bien.
—Y esperaba poder asistir al interrogatorio del señor Richardson.
Barrington miró a Burgess.
—¿Algún inconveniente?
Al ver la cara que ponía Burgess, Tanner añadió:
—Solo quiero estar presente.
Sin apartar la vista de la pared, sin el menor signo de emoción, Burgess dijo:
—Lo que usted considere mejor, señor.
Al darse cuenta de que Burgess se había puesto a hacer pucheros como un niño de cinco años, Barrington soltó un profundo suspiro.
—Probablemente sea lo mejor, sí, Burgess. Si entre los dos conseguís irritarlo tanto como pareceis capaces de irritarme a mí, ¡lo más seguro es que os firme una confesión por escrito en los primeros cinco minutos!
—¿Y el sargento Cooper, señor? —preguntó Burgess, todavía con la esperanza de no tener que llevarse a Tanner al interrogatorio.
—A él puedes mandarlo a la casa para que supervise a los forenses.
Asegúrate de que busque cualquier cosa que pudiera haber causado la herida en la cabeza de la víctima.
Y, en cuanto la sargento Gilbert haya avisado a los forenses, que empiece a hurgar en las finanzas de Jane.
Si resulta que vale una pequeña fortuna, tenemos que saberlo.
Al ver que Burgess asentía dando a entender que lo había comprendido, Barrington dio por terminada la reunión.
—Bien, con eso basta. Informadme de cómo os va con nuestro señor Richardson. Si le contáis lo que ya tenemos contra él, ¡con un poco de suerte lo confesará y asunto zanjado!