CAPÍTULO TREINTA
Cuando Tanner puso el intermitente para entrar en el aparcamiento de la comisaría, vio a una docena de periodistas o más deambulando por la acera, justo delante del edificio; unos sujetaban grandes cámaras de televisión apoyadas en el costado y otros llevaban cámaras fotográficas colgadas del cuello.
Todos estaban al acecho de algo que grabar.
Ver entrar el Jaguar XJS de Tanner debió de resultarles lo bastante insólito, porque muchos empezaron a enfocar el coche con sus objetivos.
Ninguno parecía saber quiénes iban dentro del coche, ni si tenían alguna relación directa con la investigación, así que, aunque siguieron grabando y haciendo fotos, los agentes se libraron de tener que esquivar preguntas.
Con Jenny pisándole los talones, Tanner se dirigió directamente al despacho de Barrington. Al pasar, Burgess, que estaba junto a la pizarra blanca, al fondo de la sala, le sostuvo la mirada y le dedicó una sonrisita de suficiencia.
«No tengo ni idea de qué te hace sonreír así» , pensó Tanner mientras llamaba a la puerta de Barrington.
Cuando le indicaron que pasara, se volvió hacia Jenny.
—Será mejor que esperes aquí fuera.
—No hay ningún problema —dijo ella, y añadió—: ¡Buena suerte! —Y se dio la vuelta para regresar a su mesa.
Entró y, al hacerlo, lanzó una mirada furtiva a Burgess.
Cerró la puerta tras de sí.
—Disculpe que irrumpa así, señor, pero me he enterado de que el inspector Burgess ha detenido a Simon Richardson.
—Así es —confirmó Barrington, con la mirada perdida en la pantalla del ordenador.
—¿No cree que se ha precipitado un poco, señor?
—Su coartada no se sostenía.
—Pero todavía necesitamos algún tipo de prueba física que lo relacione con el asesinato antes de poder acusarlo formalmente.
Barrington alzó la vista hacia Tanner con la misma expresión de suficiencia que había mostrado Burgess antes.
—Burgess también la ha conseguido. El semen hallado en el interior de la víctima ha dado positivo. Según los forenses, pertenece a Simon Richardson.
Tanner se detuvo en seco. Había olvidado por completo la muestra que habían recuperado del cuerpo de Jane Richardson, y una coincidencia con su marido sería la prueba física que necesitaban para iniciar un procedimiento judicial contra él.
Y, aun así, seguía pensando que era demasiado pronto.
En su opinión, habría sido más prudente armar un caso irrebatible antes de detenerlo.
Pero había algo más, algo que no acababa de encajar, y solo tardó un segundo en darse cuenta de qué se trataba.
El médico forense había dicho que la víctima había sufrido abusos sexuales después de ser asesinada.
La idea de mantener relaciones sexuales con alguien que ya estaba muerto resultaba de lo más perturbadora, incluso para los estándares de un violador, y Tanner no encontraba ninguna razón para que Richardson lo hubiera hecho.
Además, debía de saber que, al hacerlo, dejaba en la escena una prueba física que lo relacionaba directamente con el asesinato.
Por el momento se guardó aquello para sí.
—Sigo pensando que es demasiado pronto para detenerlo, señor. Según mi experiencia, los casos como este rara vez están tan claros.
—Bueno, demos gracias de que este sí lo esté, sobre todo porque poco después de que usted se marchara aparecieron más medios y, al rato, nos llamó la jefatura.
—Pero todavía nos queda revisar sus correos electrónicos y sus redes sociales. Bien podría haber otro hombre en su vida. ¿Y ha mirado alguien las grabaciones de las cámaras de seguridad?
—Le agradezco el interés, Tanner, pero las cámaras ya se revisaron y se ve con toda claridad que salió del pub Bittern a la hora indicada y que nadie la siguió.
—¿Y la coartada de Richardson? ¿Se ha comprobado a fondo?
—El inspector Burgess los llamó personalmente. Resultó que no solo no era socio del club de golf, sino que ni siquiera se había inscrito como invitado, y su nombre no aparecía en los resultados del torneo.
—¿Y el hotel en el que dijo que se alojaba?
—¿Qué pasa con él?
—¿Lo comprobó Burgess con ellos?
—No tengo ni idea, pero lo esencial es que no solo ha mentido sobre su participación en un torneo de golf, sino que se encontró su semen en el interior de la víctima. ¡No sé cuántas pruebas más necesita!
—Lo entiendo, señor, pero el médico forense dijo que la víctima sufrió una agresión sexual post mortem . ¿Por qué iba a querer acostarse con su propia mujer después de matarla, sabiendo que así dejaría la única prueba capaz de vincularlo con el crimen?
—Está claro que ese hombre tiene graves problemas mentales, lo cual, en realidad, tampoco debería sorprendernos demasiado; después de todo, acababa de estrangular a la pobre chica hasta matarla.
Llamaron a la puerta y un agente joven asomó la cabeza.
—Perdone que le moleste, señor, pero hay una llamada para el inspector Tanner. Es John Lambert.
—Debe de haberse enterado —observó Tanner.
Preocupado por que su nuevo inspector se sintiera tentado de expresar sus dudas sobre la detención, y más aún ante el suegro del sospechoso, Barrington ordenó:
—Páseme la llamada a mi línea. El inspector Tanner la atenderá aquí.
Mientras esperaban a que entrara la llamada, Barrington añadió:
—Escuche, Tanner, comprendo sus dudas, pero ahora no es momento de planteárselas al señor Lambert. ¿Queda claro?
El teléfono del escritorio de Barrington empezó a sonar.
—Por supuesto, señor —respondió Tanner.
Barrington esperó un instante antes de empujar el teléfono hacia él, pero, antes de soltarlo, dijo:
—Será mejor que lo ponga en altavoz. —Y pulsó el botón correspondiente.
Inclinándose hacia el teléfono, Tanner dijo:
—Al habla el inspector Tanner.
—Soy John Lambert. Acabo de enterarme de la noticia.
Tanner decidió que, aunque no le permitían expresar sus dudas sobre la detención del yerno de aquel hombre, al menos podía hacer lo posible por quitarle hierro, así que dijo:
—Hemos traído a Simon Richardson para interrogarlo, sí.
—¡En las noticias han dicho que lo han detenido por el asesinato de mi hija!
Al ver que Barrington le hacía un gesto afirmativo con la cabeza, Tanner respondió:
—Puedo confirmar que así es.
—Ya veo —respondió Lambert—. Debo admitir que no esperaba que ocurriera tan pronto. ¿Están seguros de que ha sido él?
Con Barrington fulminándolo con la mirada, Tanner se tomó un momento para decidir qué responder.
—Se han encontrado pruebas que lo implican directamente.
Decidió añadir una salvedad.
—Pero debo señalar que no soy yo quien dirige la investigación.
Barrington frunció el ceño, pero Tanner hizo caso omiso de su evidente objeción y añadió:
—El inspector Burgess está al frente de este caso.
—Por cómo lo dice, parece que no está de acuerdo con él, ¿verdad?
Al notar que Barrington había apretado los puños sobre el escritorio y que su ceño fruncido se había convertido en algo más parecido a un gruñido, Tanner consideró que lo mejor era esquivar la pregunta.
—El inspector Burgess lleva varios años trabajando para la Policía de Norfolk, mientras que yo me he incorporado hace poco.
—¡Eso no responde a mi pregunta!
Sabiendo que tendría consecuencias, Tanner se armó de valor y dijo:
—Personalmente, habría esperado un poco más para revisar las pruebas antes de detenerlo.
Barrington empujó la silla hacia atrás, se puso en pie y empezó a dar vueltas detrás del escritorio.
Si Tanner hubiera estado hablando por teléfono con cualquier otra persona, habría interrumpido la conversación, pero, como nadie le había dicho a Lambert que aquella conversación no era privada, se sintió incapaz de hacerlo.
Consciente de que estaba desobedeciendo una orden directa, Tanner añadió:
—Solo lo habría hecho para tener la oportunidad de atar todos los cabos y quizá descubrir algo más por el camino. Dicho esto, lo que ya hemos encontrado es considerable.
—Pero ¿basta para condenarlo?
Tanner respondió dirigiéndose más a Barrington que a Lambert:
—No se trata de si podemos condenarlo o no, señor Lambert, sino de asegurarnos de que tenemos al hombre adecuado.
—Por supuesto —concedió Lambert—, ¡y por eso espero sinceramente que así sea!
Por respeto a la memoria de mi hija y por la salud de mi esposa, no quiero que esto atraiga más atención mediática de la que ya ha atraído.
Y si han ido a acusar al hombre equivocado, presentaré, en nombre de mi yerno, una demanda por detención ilegal y difamación.
Así que, por el bien de su inspector jefe Barrington, espero sinceramente que ese tal Burgess que ha mencionado haya detenido al hombre adecuado.
Sin despedirse, Lambert puso fin a la llamada.
En el silencio que siguió, Barrington se deslizó hasta la ventana y miró a través de las persianas horizontales hacia el aparcamiento, detrás del cual los periodistas parecían estar al acecho.
La furia que sentía contra Tanner por haberle dicho a Lambert que se habían precipitado había dado paso a la grave preocupación de que quizá tuviera razón.
Cuando Burgess le había dicho que no solo no se sostenía la coartada de Richardson, sino que además su ADN coincidía con el semen encontrado en el interior de la víctima, Barrington no había dudado en aprovechar la ocasión de practicar una detención temprana.
Esperaba que aquello acabase con el interés de los medios, ya que rara vez se fijaban en las buenas noticias, solo en las malas.
También pensaba que le granjearía el reconocimiento de la Jefatura.
Sin embargo, si descubrían que habían detenido al hombre equivocado, lejos de apagar el interés mediático, lo avivarían, y era más probable que la Jefatura lo degradara a que le ofreciera un ascenso.
Peor aún, si sus actos provocaban una demanda contra la Policía de Norfolk, era muy posible que su puesto, quizá toda su carrera, estuviera en juego.
Llamaron de nuevo a la puerta y, acto seguido, asomó la cabeza del inspector Burgess, con una expresión de desprecio petulante que ahora parecía fuera de lugar.