CAPÍTULO VEINTISIETE
B UXTON MANOR ERA una imponente casa solariega del siglo XVIII enclavada en un acre de jardines de exquisito diseño paisajístico.
Tenía las paredes pintadas de color magnolia, ventanas emplomadas y un empinado tejado de paja que había perdido su impecable brillo amarillo muchos años atrás y lucía ahora un gris apagado y anodino.
La casa llevaba algo más de seis años funcionando como discreto centro médico privado, con una amplia variedad de servicios, entre ellos los tratamientos de fecundación in vitro.
Al final del camino de grava, Tanner aparcó con cuidado entre un Aston Martin Rapide azul noche y un sensual Bentley Continental negro.
Jenny se quitó el cinturón de seguridad y dijo:
—Aquí alguien gana mucho dinero.
—Alguien que no somos nosotros, desde luego —comentó Tanner.
Cuando empujó la pesada puerta del Jag, esta chirrió con fuerza, como si protestara por tener que codearse con dos coches modernos tan opulentos.
Jenny abrió la puerta de su lado.
—A lo mejor deberías echarle un poco de aceite.
—¿A mí o a la puerta? —preguntó Tanner, gruñendo mientras salía del coche a duras penas.
—Supongo que depende de si te gusta acabar cubierto de aceite mientras alguien te tira de la manilla —respondió Jenny.
En cuanto lo dijo, supo que se había pasado, incluso para sus propios estándares.
—Lo siento. Es que… se me ha escapado.
Pero Tanner se estaba acostumbrando cada vez más a sus comentarios tan sugerentes como impropios, y le devolvió uno de los suyos.
—Estando cubierta de aceite, no me extraña.
Agradecida de que no se hubiera ofendido por el comentario, que, si no era poco profesional, desde luego sí resultaba muy poco propio de una señorita, le dedicó una sonrisa de agradecimiento y juntos cruzaron haciendo crujir la grava por delante de un par de coches de aspecto más corriente, hasta la entrada principal de Buxton Manor.
El interior de la mansión estaba muy en consonancia con el exterior. El techo era bajo, con vigas de madera a la vista, y aunque Tanner no era lo bastante alto como para golpearse la cabeza con ellas, se descubrió encorvándose instintivamente para asegurarse de que no lo hacía.
Incluso el amplio mostrador de recepción parecía diseñado para armonizar con el resto del edificio, pues estaba tallado en caoba oscura; y donde normalmente habría carteles de temática médica forrando las paredes había, en cambio, elegantes paisajes de los Norfolk Broads, con vistas de lo más variadas.
Desde detrás del mostrador, una joven de rostro redondo y abundante melena rubia permanentada los recibió con una sonrisa profesional.
Mientras sacaban sus respectivas identificaciones, Tanner preguntó:
—¿Podría decirnos quién dirige el departamento de fecundación in vitro?
—El Dr. Khatri es nuestro especialista en fecundación in vitro y ginecología. Supongo que no tienen cita.
—Me temo que no.
—De acuerdo. Un momento. Veré si está libre.
Descolgó el teléfono del mostrador, pulsó un botón para obtener línea y, al cabo de un instante, dijo:
—Perdone que le moleste, Dr. Khatri, pero hay un par de detectives de la policía en recepción que quieren verle.
Tras una breve pausa, añadió:
—De acuerdo, gracias. Se lo digo.
Colgó el auricular, alzó la vista hacia Tanner y dijo:
—Bajará dentro de unos diez minutos. ¿Les apetece un café mientras esperan?
Al ver que había una jarra de café de filtro sobre una mesa, justo detrás del mostrador, Tanner aceptó la oferta por una vez y se volvió hacia Jenny.
—¿Café?
—No me importaría.
Sin sonreír, la recepcionista se levantó de la silla para preparar los dos cafés y preguntó:
—¿Cómo lo quieren?
—Con leche y sin azúcar —respondió Tanner.
—Para mí igual, gracias —añadió Jenny.
La recepcionista les pasó las dos tazas blancas con sus platillos por encima del mostrador. Después miró primero a Jenny y luego a Tanner, se inclinó hacia delante y, en tono bajo y confidencial, preguntó:
—Supongo que no estarán aquí por ese asesinato que han dado esta mañana en la tele.
Con la clara impresión de que aquella mujer era de las que consideran un deber cívico contarle a todo el mundo absolutamente todo, adornándolo de paso, Tanner creyó que lo mejor era mentir.
—Ah, no, nada de eso.
La recepcionista los miró alternativamente a uno y a otro y, sin levantar la voz, preguntó:
—Pero supongo que están aquí por… motivos profesionales, y no porque ustedes dos…
Los dos detectives se cruzaron una mirada incómoda antes de que Tanner declarara:
—Es un asunto policial. Nada más. Y nada de especial importancia.
—Bueno, es una suerte, al menos para ustedes.
Miró alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie más en recepción que pudiera oír lo que iba a decir y continuó:
—Miren, no puedo evitar sentir lástima por las parejas que sí tienen que venir aquí a hacerse la fecundación in vitro. Debe de ser horrible no poder tener hijos y todo eso.
Ni Tanner ni Jenny se sentían lo más mínimo cómodos al verse incluidos en una conversación tan delicada, e intentaron mostrar su desinterés apartando la mirada mientras bebían el café.
—Claro que a mí nunca me ha supuesto un problema —continuó ella, al parecer ajena a lo inapropiada que les resultaba aquella conversación a los dos agentes—. Me quedé embarazada a las pocas semanas de que mi marido y yo decidiéramos formar una familia, y ya estoy esperando el segundo.
Al decirlo, con una mano apoyada sobre la parte baja del abdomen, preguntó:
—¿Quieren ver unas fotos?
Sin esperar respuesta, cogió el móvil y empezó a deslizar el dedo frenéticamente por la pantalla.
—Las tengo por aquí, en alguna parte —dijo con una sonrisa orgullosa—. Sí, aquí están.
Después de contemplar la pantalla con expresión de orgullo maternal, estaba a punto de enseñársela a Tanner y Jenny cuando se abrió una puerta lateral y entró un asiático de mediana edad, flaco como un palillo, de mejillas chupadas, ojos marrones hundidos y pelo negro entrecano.
Por encima de sus tazas de café, Tanner y Jenny le lanzaron una mirada de desesperación social, pero el hombre no los miró de inmediato. En vez de eso, se acercó al mostrador, se inclinó sobre él y susurró:
—¿Son esos los dos agentes de policía?
La recepcionista, de aspecto desaliñado, escondió el móvil y respondió:
—Lo son.
Se volvió para saludarlos.
—Será mejor que pasen, pero solo tengo unos minutos.
Tanner y Jenny abandonaron las tazas sobre el mostrador, dieron las gracias a la recepcionista por el café y se dirigieron a toda prisa hacia la puerta que él les sostenía abierta.