CAPÍTULO VEINTICUATRO
M IENTRAS BURGESS seguía entretenido en el Bittern, Tanner y Jenny llegaron ante una verja negra de hierro forjado, de dos hojas, que hacía de ostentosa entrada a la residencia de los Lambert en Horning.
En el centro de las dos hojas figuraban las iniciales J y L, pintadas en dorado.
Al otro lado se veía una impresionante casa independiente de dos plantas, de paredes encaladas y ventanas con contraventanas blancas.
Entre las ventanas de la planta baja había una serie de maceteros de cromo pulido, colocados a intervalos regulares, de los que brotaban helechos de forma idéntica.
Al ver un interfono sujeto en lo alto de un poste de cromo satinado, justo a su derecha, Tanner bajó la ventanilla y alargó el brazo para pulsar el timbre.
Al cabo de un momento respondió una voz femenina, fina y metálica.
—¿Sí?
Tanner sacó la cabeza por la ventanilla hacia el interfono y anunció:
—La Policía de Norfolk viene a ver al señor y la señora Lambert.
—¿De qué se trata?
—Se trata de su hija.
No hubo respuesta, pero un instante después oyeron un chasquido, seguido del zumbido eléctrico y sordo de la verja al abrirse.
En cuanto se abrió lo suficiente, Tanner metió el XJS por el hueco y siguió el camino circular de grava hasta aparcar detrás de dos coches relucientes: un Aston Martin Vanquish y un Range Rover Vogue SE recién estrenado, ambos negros y tan limpios que parecían acabados de sacar de un concesionario.
Cuando salieron del XJS, que al lado del Aston Martin y del Range Rover parecía aún más anticuado y sucio de lo habitual, la puerta principal ya estaba abierta.
En el umbral había una mujer atractiva, aunque de aspecto imponente, con pómulos esculpidos, ojos azul oscuro, nariz regia, barbilla angulosa y firme, y una espesa melena castaña que le caía sobre los hombros.
Un elegante jersey gris de cachemira le cubría el cuerpo de arriba abajo, y se lo ceñía a la cintura con los brazos cruzados.
—¿Y bien? —gritó en cuanto Tanner cerró la puerta—. ¿La han encontrado ya?
Al oír aquel tono cortante y condescendiente, Tanner ya se arrepentía de haberse ofrecido para el trabajo. Había olvidado lo insoportables que podían ser los ricos, sobre todo cuando se veían cara a cara con la policía.
Antes de decir nada, pensó que sería mejor hacer las presentaciones formales. Mientras cruzaban el camino de grava, que crujía bajo sus pies, hacia la puerta principal, dijo:
—El inspector Tanner y la agente Evans. ¿Podemos pasar?
La mujer, sin hacer caso ni de las identificaciones ni de la petición del policía, y con los brazos aún cruzados, contestó:
—No ha respondido a mi pregunta.
Tanner se detuvo donde estaba, guardó la identificación y preguntó:
—¿Es usted la señora Lambert, la madre de Jane Richardson?
—¡Por supuesto! ¿Quién creía que era?
—¿Está también su marido, por casualidad?
—Está en su estúpido barco.
—¿Y cuándo volverá?
—No se ha ido a ninguna parte. Está amarrado detrás de la casa.
Con la esperanza de que eso significara que el señor Lambert podría acompañarlos, Tanner volvió a preguntar:
—¿Podemos pasar?
No tenía la menor intención de darles la noticia de la muerte de su hija en los escalones del porche y, siempre que fuera posible, era mejor comunicar una noticia tan trágica a los padres estando los dos juntos.
—¿La han encontrado o no? —exigió ella.
—Tenemos noticias —admitió Tanner—, pero preferiríamos poder entrar y hablarlo con usted y con su marido.
—Muy bien —dijo ella con un profundo suspiro, y desapareció en el interior, dejando que Tanner y Jenny entraran por su cuenta.
Al pisar el vestíbulo, oyeron a la señora Lambert bramar desde algún lugar del fondo de la casa:
—¡JOHN! ¡TENEMOS VISITA!
Y luego añadió:
—Será mejor que pasen. Mi marido no tardará.
Guiados por el sonido de su voz, entraron en una lujosa cocina que ocupaba todo el ancho de la casa.
En el centro había una gran isla rodeada de armarios de madera marrón oscuro y una encimera de mármol color crema.
La pared del fondo era toda de cristal y dejaba ver, sin obstáculo alguno, un césped recién cortado que se extendía hasta el río Bure.
Al final, amarrado, había un yate a motor blanco tan grande que apenas se veía el río detrás.
Tanner y Jenny vieron cómo un hombre corpulento empezaba a bajar del barco a la explanada. Tenía el rostro curtido y bronceado, el pelo gris y encrespado, y vestía unos vaqueros algo ajustados, un jerséy azul marino y una camisa de vestir con el cuello abierto.
Mientras lo veían avanzar pesadamente por el césped, con la mirada clavada en la hierba, la señora Lambert preguntó:
—¿Les ofrezco algo de beber? ¿Té? ¿Café?
—Gracias, no —respondió Tanner.
Cuando el hombre entró en la cocina por una de las puertas de cristal, la señora Lambert dijo:
—Es la policía, cariño. Por fin traen noticias de Jane.
—Ya era hora, maldita sea —masculló él. Se detuvo junto a su mujer y fulminó con la mirada a los dos agentes—. Bueno, ¿y dónde está?
Tanner vaciló.
Aquella era la parte difícil.
—Señor y señora Lambert, me temo que debo comunicarles que ayer, alrededor de la una de la tarde, encontraron el cadáver de una joven en el río, cerca de Thurne Dyke.
Ninguno de los dos dijo nada. Se limitaron a seguir mirándolo.
—Hoy la han identificado oficialmente como su hija, Jane Richardson.
Siguió un silencio frío y duro.
Con voz entrecortada, la señora Lambert dijo al fin:
—Se han equivocado. Nuestra Jane no está… Se ha fugado con alguien, eso es todo.
—Me temo que su marido ha identificado formalmente el cadáver esta tarde.
—¡Ese idiota! ¡Pues se equivoca! ¡Así de sencillo!
—También se han encontrado pruebas que lo corroboran.
—¿Pruebas? ¿Qué pruebas?
Tanner se tomó un momento antes de continuar.
Era de lo más normal que no estuvieran dispuestos a creer lo que les contaba.
La negación era la primera de las varias fases del duelo, algo que él conocía de sobra.
Pero un asesinato nunca podía calificarse de normal y, igual que había hecho con el marido de Jane, se cuidó de contarles de su muerte solo lo imprescindible para convencerlos.
—Hemos encontrado sangre suya en el camino de sirga, bajo el puente del ferrocarril, a las afueras de Wroxham. Creemos que ese fue el camino que tomó al volver del trabajo el sábado por la noche.
—¿De verdad está sugiriendo que nuestra hija fue tan estúpida como para tropezar y caer al río? ¡Si ni siquiera bebe! ¿Lo sabía?
—Parece que alguien pudo estar allí con ella. Alguien que quería hacerle daño.
—¿Quiere decir que fue…?
—Lo siento mucho, pero todo apunta a que fue un homicidio.
Incapaz de apartar de Tanner los ojos llenos de lágrimas, la señora Lambert se dejó caer sobre uno de los taburetes altos que rodeaban la isla. El hecho de que su hija estuviera muerta parecía haber atravesado por fin la barrera de su mente consciente.
El silencio opresivo que siguió lo rompió la voz quebrada del padre.
—¿Sabe… sabe quién lo hizo?
—Es demasiado pronto para decirlo, pero puedo asegurarle que estamos…
La señora Lambert soltó:
—Fue ese marido que tenía, ¿verdad?
—Como iba diciendo —continuó Tanner con voz tranquilizadora—, es demasiado pronto para decirlo, pero estamos haciendo todo lo posible…
La señora Lambert se levantó de la silla y prosiguió con su acusación.
—¡Fue él! ¡Sé que fue él! Él nunca la quiso, ¡no como la queríamos nosotros!
—Señora Lambert…
—¿Ya han hablado con él?
—Sí, pero…
—Entonces sabrá el rencor que le tenía. Dios sabe por qué se casó con él.
Ni siquiera fue lo bastante hombre para dejarla embarazada.
Tuvimos que pagarles el tratamiento en una clínica de FIV, y la mitad de las veces ni se molestaba en acompañarla.
Se suponía que el sábado, en la pausa de la comida de Jane, tenían allí la última consulta, solo para asegurarse de que el bebé estaba…
Se interrumpió a mitad de la frase, con los ojos muy abiertos al recordar que su hija estaba embarazada. Le tocó a su marido preguntar lo que los dos ya sabían, pero no querían creer.
—¿El bebé?
Tanner miró primero al padre y luego a la madre, y negó con la cabeza.
Oír aquella confirmación fue más de lo que podían soportar. La señora Lambert volvió a desplomarse en el asiento, se cubrió la cara con sus largos dedos huesudos y rompió a sollozar a gritos.
A su lado, el marido se agarró al borde de la encimera de mármol y se quedó mirándose las manos, con las lágrimas cayéndole de los ojos.
Tanner y Jenny permanecieron en silencio, esperando el momento adecuado para hablar.
El señor Lambert se secó un lado de la cara con el dorso de la mano y, tratando de recobrar algo de compostura, dijo:
—Si hay algo que podamos hacer para ayudar, no duden en pedírnoslo.
Tanner aprovechó la ocasión:
—¿Sabía su hija de alguien que pudiera querer hacerle daño?
La señora Lambert sorbió con fuerza por la nariz, levantó la vista y dijo:
—¿Se refiere a alguien aparte de su marido?
—Ruth, ¡ por favor !
—¿Qué? ¡Tú sabes tan bien como yo que fue él! Solo se casó con ella por su dinero. Todo el mundo lo sabía; todos menos tú, por supuesto. Y ahora la ha matado a ella y al bebé. Y supongo que eso significa que va a heredar todo su patrimonio. ¡Pues no, si de mí depende!
Tanner siguió adelante:
—¿Han recibido ustedes mismos alguna amenaza, alguna petición de rescate o algo parecido?
El señor Lambert se volvió hacia él.
—¿Cree que alguien podía estar intentando secuestrarla?
—Desde luego, es algo que estamos considerando. ¿Alguien ha intentado algo parecido antes?
—Nada de eso, no. Siempre he procurado mantener a Jane lejos de los focos, precisamente por eso.
—¿Y los novios?
—¿Se refiere a antes de Simon?
—Antes o durante.
Haciendo caso omiso de la insinuación de que pudiera haber tenido una aventura, el señor Lambert dijo:
—Bueno, claro que tuvo alguno, pero ninguno que diera problemas. Nada serio, al menos.
—¿Podrían decirnos cómo ponernos en contacto con ellos?
—¿Con sus antiguos novios? —preguntó el señor Lambert, y miró a su mujer en busca de ayuda—. Apenas recuerdo sus nombres, y mucho menos dónde viven.
La señora Lambert se bajó del taburete, cruzó la cocina, se ciñó el jersey de cachemira y se quedó mirando por la ventana sin ver nada.
Al intuir que probablemente había llegado el momento de marcharse, Tanner dijo:
—Será mejor que lo dejemos aquí. Siento de veras su pérdida, señor y señora Lambert, pero puedo asegurarles que estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para averiguar quién le hizo esto a su hija.
La señora Lambert soltó un bufido de desprecio.
—¡Pues ya pueden darse prisa y detener a ese marido suyo!