CAPÍTULO VEINTITRÉS
E l inspector Paul Burgess estaba teniendo una mala semana, y solo era martes.
Cuando el viejo «Tommy» Mills se jubiló por fin el mes anterior, Burgess pasó a ser el inspector con más antigüedad de la comisaría de Wroxham.
Por eso daba por hecho que le encomendarían la dirección de todos los casos de delitos graves que entraran.
Con la experiencia que fuera acumulando, en unos años podría optar a un puesto de inspector jefe, a ser posible en algún lugar no muy lejos de Norwich.
Era el cargo que ambicionaba desde que entró en el cuerpo.
A ese nivel el sueldo era bueno y, aunque las responsabilidades aumentaban, sabía que la mayoría se podían delegar sin problema hacia abajo en la cadena de mando, de modo que, si algo salía mal, sería otro quien pagara el pato.
Además, se acabaría el «trabajo de burro».
El puesto de inspector jefe era básicamente de gestión, así que bastaría con sentarse detrás de un escritorio y repartir trabajo entre sus inspectores, igual que hacía Barrington.
Recién cumplidos los cuarenta y habiendo entrado en la Policía de Norfolk al licenciarse en la universidad a los veosiuno—perdón—a los veintiún años, llevaba casi veinte años en el cuerpo.
Lo que le faltaba era experiencia al frente de investigaciones de delitos graves, y sabía que la necesitaría si algún día quería ascender a inspector jefe.
Pero cuando le llegó el rumor de que el sustituto de Tom iba a ser un inspector de Londres, alguien mayor y con más experiencia que él, empezó a temer que su plan de carrera descarrilara.
En cuanto se enteró, se encaró con Barrington: le preguntó si era cierto y exigió saber por qué, cuando prácticamente todos los que trabajaban en la comisaría de Wroxham habían nacido y se habían criado en Norfolk.
La noticia lo contrarió tanto que amenazó con pedir el traslado si dejaban que el tipo de Londres se incorporara.
Sin embargo, a esas alturas ya era demasiado tarde.
El acuerdo estaba cerrado, así que Barrington no tuvo más remedio que apaciguarlo asegurándole que seguiría considerándolo el inspector con más antigüedad de la comisaría y que haría todo lo posible por ponerlo al frente de cualquier caso grave que surgiera.
Para entonces, Burgess ya había averiguado que el nuevo inspector había dirigido numerosas investigaciones de delitos graves; pero también sabía lo difícil que le resultaría a Barrington sustituirlo a él si pedía el traslado.
Muy pocos policías de investigación querían trabajar en zonas con índices de criminalidad tan bajos como Norfolk; al menos, los buenos no.
La mayoría iba derecha a las grandes ciudades, donde había más posibilidades de ascenso.
Cuando el día anterior apareció el cadáver de la mujer, justo el mismo día en que empezaba el nuevo inspector de Londres, Burgess empezó a preguntarse si los dioses no le estarían gastando una broma cruel, sobre todo cuando llegó el informe de que la habían asesinado.
En ese momento, su único consuelo fue que al nuevo inspector lo habían asignado a Personas Desaparecidas; pero cuando la muestra de sangre que Tanner había enviado al laboratorio forense resultó ser de la víctima del asesinato que él investigaba y, poco después, llegó la noticia de que la habían identificado de forma positiva, Burgess supo que Barrington tendría cada vez más presión para poner al frente de la investigación a su agente con más experiencia, y ese no era él.
Así que su única opción de no perder el caso era no cometer ningún error y resolverlo rápido y sin demoras.
Por eso, cuando Barrington le dijo que el cadáver había sido identificado como el de Jane Richardson, hija de John Lambert, fundador y director ejecutivo de la cadena de pubs Lambert Oak, se apresuró a aceptar todas las sugerencias de Barrington sobre cuáles debían ser los primeros pasos.
De haber sabido que la mayoría las había propuesto Tanner, sin duda habría sido menos complaciente.
Así que, con el miembro más veterano de su equipo, el sargento Craig Cooper, se fue en coche al pub Bittern para empezar a entrevistar al personal y averiguar quién había sido el último en ver a Jane Richardson el sábado por la noche.
A su otra sargento, Vicky Gilbert, la dejó en la comisaría revisando las imágenes de las cámaras de seguridad, a ver si encontraba alguna de Jane saliendo del pub y si se veía a alguien siguiéndola.
El Bittern era todo lo tradicional que puede ser un pub británico. Se creía que databa de 1568; sus paredes exteriores estaban pintadas de blanco y enmarcadas por vigas de madera negra entrelazadas.
Fuera había una amplia zona de restaurante que llegaba hasta la mismísima orilla del río. Allí los clientes disponían de amarre gratuito durante un máximo de dos horas.
Dentro, las paredes estaban revestidas de paneles de madera oscura y había moqueta de un rojo intenso que, junto con el techo bajo de vigas vistas, le daba un aire cálido y acogedor.
Burgess conocía bien el pub, igual que casi todos los demás agentes destinados en la comisaría de Wroxham.
Era el bar más cercano y, naturalmente, una parada habitual.
Por lo general estaba bastante tranquilo, porque atraía sobre todo a gente mayor y a familias con niños, así que casi nunca tenían que ir por motivos profesionales.
Las únicas veces que había el más mínimo atisbo de problemas eran durante los meses álgidos del verano, cuando el local se abarrotaba de turistas.
Pero incluso entonces, la cosa rara vez llegaba al punto de tener que llamar a la policía.
Los visitantes que iban a los Broads con intención de emborracharse todas las noches solían hacerlo a bordo de una embarcación de alquiler o en el camping donde se alojaban.
Ese día, aún antes de la avalancha de Semana Santa, no había muchos clientes.
Detrás de la barra había un hombre alto y atractivo, de unos veintiocho o veintinueve años.
Llevaba el pelo negro muy corto, con un flequillo largo que le tapaba a medias los ojos castaño oscuro.
Una camisa blanca ajustada de manga corta lucía unos brazos musculosos, bronceados de forma antinatural, y un torso bien desarrollado.
Tenía los dientes exageradamente blancos y un tatuaje muy llamativo en forma de lágrima en el lado izquierdo del cuello.
Como clientes habituales, Burgess y Cooper lo habían visto allí otras veces, pero no sabían cómo se llamaba ni cuál era exactamente su trabajo.
Al acercarse, el hombre dejó el vaso que estaba secando, les dedicó una sonrisa impecable y los saludó:
—Buenas tardes, caballeros. ¿Qué les pongo?
Mientras sacaban las identificaciones, Burgess hizo las presentaciones formales.
—Soy el inspector Burgess y este es el sargento Cooper.
El camarero cambió el peso de un pie al otro, incómodo.
—No estamos metidos en ningún lío, ¿verdad? —preguntó con tono inquieto.
—En absoluto —respondió Burgess—. En realidad, buscamos información sobre una mujer llamada Jane Richardson.
—¿Qué pasa con ella?
—¿Entonces la conoce?
—Claro. Es la encargada.
—Eso nos han dicho. ¿Puedo preguntarle cuándo la vio por última vez?
—¿Yo? Desde el viernes, no. Se supone que tenía que venir esta mañana, pero de momento, ni rastro. —Al decirlo, paseó la mirada por el bar prácticamente vacío con una sonrisa burlona.
—¿Entonces el sábado no trabajó aquí?
—Normalmente sí, pero tenía el fin de semana libre. ¿Por qué?
Burgess hizo caso omiso de la pregunta.
—No tendrá idea de quién fue el último en verla antes de que se marchara el sábado, ¿verdad?
—Ni idea, lo siento.
Burgess hizo una pausa.
—¿Tiene una relación especialmente estrecha con alguien?
—¿Qué, aquí? ¡Qué va! Desde luego, con ninguno de nosotros.
—¿No se lleva bien con el personal?
—No se relaciona con nosotros, si es eso lo que quiere decir.
Se inclinó sobre la barra hacia ellos y, en voz baja, añadió:
—Para ser sincero, siempre ha sido un poco creída. Su padre es el dueño del pub, ¿sabe? Nosotros creemos que por eso le dieron el puesto.
—Ya veo —dijo Burgess.
Y, fingiendo sumarse al cotilleo local, miró a su alrededor y preguntó:
—¿Sabe de alguien en particular con quien no se llevara bien?
Pero el camarero no picó y, con gesto desconfiado, se apartó de la barra.
—¡No! Oiga, ¿a qué viene todo esto?
—¿Y usted ?
—¿Y yo qué?
—¿ Usted se llevaba bien con ella?
—Ya se lo acabo de decir, ¿no?
Burgess le estudió el rostro un instante. Que hubiera adoptado de pronto una actitud defensiva al preguntarle por su relación con la mujer que era su jefa era un detalle a tener en cuenta.
Tras echar un vistazo al sargento Cooper, Burgess continuó:
—¿Puedo preguntarle cómo se llama?
El hombre pareció vacilar un instante antes de responder, lo bastante para que Burgess supiera que probablemente había calculado si podría salirse con la suya sin decírselo.
—Stephen.
—¿Stephen…?
—Perry.
—¿Y a qué se dedica aquí, señor Perry?
—Soy el encargado del bar —respondió, sin poder evitar mirar de reojo el cuaderno en el que escribía el sargento Cooper.
—¿Y dice que el sábado no estuvo aquí?
—Eso es.
—Entonces, ¿dónde estaba?
—En ningún sitio especial. Tenía el fin de semana libre, nada más.
—Ya veo. ¿Y dónde vive, señor Perry?
—En Horstead. Está un poco más…
—Sé dónde está Horstead, gracias —afirmó Burgess, y le sostuvo la mirada al encargado del bar un instante más.
Tenía muchas ganas de hablar con la última persona que había visto a Jane Richardson y, aunque el camarero que tenía delante parecía cada vez más nervioso, eso no tenía nada de raro.
A poca gente le gustaba hablar con la policía.
Prácticamente todo el mundo tenía algo que esconder. Cambió de tema y preguntó:
—¿Hay alguien con quien podamos hablar que estuviera trabajando aquí el sábado por la noche?
Aliviado al ver que por fin dejaban de centrarse en él, Perry se lo pensó.
—No estoy seguro. Alguien de la cocina, probablemente, pero puedo mirar el cuadrante del personal, si quieren.
—Nos serviría, gracias —respondió Burgess.
Observó a Perry acercarse a un terminal informático que había allí cerca y añadió:
—De hecho, si pudiera imprimirnos la lista completa del personal, se lo agradeceríamos.