Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

T erminada la reunión informativa, Tanner y Jenny dedicaron unos minutos a decidir cuál era la mejor forma de pedirle a Simon Richardson que los ayudara a identificar el cuerpo.

Sabían que tendrían que hacerlo con tacto y discreción, porque, si resultaba ser su esposa, él pasaría a ser sospechoso de su asesinato, posiblemente el principal sospechoso.

En ese caso, resultaría vital no revelar información que pudiera afectar a un futuro proceso contra él.

Así que, además de no contarle los detalles de la muerte, decidieron ocultarle también el embarazo, al menos hasta que hubiera visto el cuerpo y supieran si iba a ser sospechoso o no.

La llamada telefónica fue sorprendentemente bien.

Tanner se limitó a decirle que habían encontrado un cuerpo que coincidía con la descripción de su esposa y que necesitaban su ayuda para identificarla.

Cuando él preguntó si creían que era ella, Tanner respondió con sinceridad que, por el momento, no lo sabían.

Una vez que aceptó ayudarlos, Tanner fijó una hora para verse con él, le dio la dirección de la oficina del forense de Norfolk, en Norwich, y ahí quedó la cosa. Richardson no hizo más preguntas y se mantuvo tranquilo durante toda la conversación.

Llegó con aspecto de haber pasado media noche en vela. Era evidente que aquella mañana no se había afeitado, y tenía el pelo grasiento y sucio.

Uno de los ayudantes del doctor Johnstone les había enseñado a Tanner y a Jenny la sala donde iban a mostrarles el cuerpo, y ambos lo esperaban en recepción.

Al verlo entrar, se acercaron a saludarlo. Tanner dijo:

—Señor Richardson, gracias por aceptar venir. Sé que esto es difícil para usted, pero, por desgracia, es necesario.

Con voz baja y apagada, Richardson dijo:

—Lo entiendo, pero… ¿cree que es ella? ¿Jane? Es… es decir, ¿mi esposa?

—Sinceramente, señor Richardson, por ahora no lo sabemos; por eso le hemos pedido que venga.

—¡Bien! —respondió, y se obligó a erguirse un poco más mientras se preparaba mentalmente para lo que le esperaba.

Cuando pareció tan preparado como se podía estar para algo así, Tanner le dijo:

—Si quiere acompañarme, por favor.

Y lo condujo hasta la sala donde habían preparado el cuerpo para que pudiera verlo.

La sala en la que entraron era fría y aséptica, con las paredes recubiertas de duros azulejos grises y el suelo gris y frío.

En el centro había una larga mesa de acero inoxidable y, encima, la silueta de un cuerpo, cubierto de la cabeza a los pies por una única sábana blanca de lino.

Detrás estaba el ayudante del doctor Johnstone.

Tanner había estado demasiadas veces en salas parecidas, al cargo de situaciones similares, pero esta vez la sensación era distinta.

La última había sido cuando lo llamaron para identificar formalmente a su propia hija, lo que confería una perspectiva más personal a algo que antes no era más que un trámite.

Jenny se quedó deliberadamente junto a la puerta mientras Tanner y Richardson avanzaban hasta situarse al lado de la mesa. Tanner volvió la cabeza hacia el hombre que tenía al lado, cuya mirada ya estaba clavada en el punto donde la sábana de lino ocultaba el rostro.

—Si puede, díganos simplemente si es su esposa o no. Es lo único que necesitamos saber.

—Lo entiendo.

Tanner le hizo un gesto al ayudante con la cabeza; este se estiró, sujetó las esquinas de la sábana de lino y las retiró con suavidad para dejar al descubierto la cabeza de la mujer.

Quienquiera que hubiera preparado el cuerpo había hecho un buen trabajo. Tenía la piel lisa y limpia, y estaba menos hinchada que cuando Tanner la vio por primera vez. Con los ojos cerrados y el pelo peinado hacia atrás, Tanner distinguía con mayor claridad el parecido con la fotografía que tenían.

Con la voz quebrada, como si llevara años sin pronunciar palabra, Richardson dijo:

—Es ella.

—¿Está seguro?

—Es ella, sin duda —confirmó, sin dejar de mirarla.

Tanner se tomó un momento para estudiarle el rostro.

Tras las gafas, los ojos de Richardson seguían fijos, sin parpadear.

La piel había perdido el color, tenía las fosas nasales dilatadas y se mordía el labio inferior.

Tanner había visto aquella expresión demasiadas veces.

Era una mezcla confusa de conmoción, arrepentimiento, desesperación y pérdida.

La había visto incluso en su propio reflejo, mirándolo desde el espejo del cuarto de baño, al llegar a casa aquella noche, nueve meses atrás.

Era una mirada que indicaba que a Simon Richardson le afectaba profundamente lo que le había ocurrido a su esposa, y Tanner sabía que esa combinación de emociones era difícil de fingir.

Sin embargo, eso no significaba que no hubiera tenido algo que ver con su muerte.

La mayoría de los casos de asesinato en los que Tanner había participado eran el trágico resultado de disputas domésticas que se habían ido de las manos.

Y aunque a veces la pareja superviviente intentaba encubrir lo ocurrido, aquella misma expresión aparecía inevitablemente cuando la verdad salía a la luz.

Con todo aquello muy presente, Tanner dio las gracias al ayudante y acompañó con delicadeza a Richardson fuera de la sala.

Ya en el pasillo, de nuevo con Jenny al lado, Tanner dijo:

—Gracias por hacerlo, señor Richardson. Sé que no ha sido fácil.

Pero ahí tenían que terminar las cortesías. Aquel hombre era ahora sospechoso en una investigación por asesinato. Así que, tras una breve pausa, Tanner preguntó:

—Ha comentado que pasó el fin de semana fuera, jugando al golf. ¿Le importa decirnos dónde, exactamente?

—Por supuesto, pero ¿no se lo había dicho ya?

—Nos dijo que estaba jugando al golf, pero no dónde.

—Ah, sí, estaba en… —Se detuvo y miró fijamente a Tanner—. No pensará que yo… que le hice eso , ¿verdad?

—Por ahora solo necesitamos descartarlo de nuestras pesquisas, nada más.

—Entonces, ¿está diciendo que la…?

—Lo único que estoy dispuesto a decirle por el momento, señor Richardson, es que no creemos que su muerte fuera accidental. Y ahora, si pudiera decirnos dónde estuvo jugando al golf el fin de semana pasado, nos sería de ayuda.

Sus ojos oscilaron un instante entre Jenny y Tanner antes de contestar:

—Estuve en el Manor Resort. Está en la costa norte, a una hora en coche de aquí, más o menos.

—¿Todo el fin de semana?

—Estaba jugando un torneo de golf. Duraba dos días.

—¿Y dónde se alojaba?

—En el club. El Manor Resort es también un hotel, además de un campo de golf.

Tanner lanzó una mirada a Jenny para asegurarse de que lo había anotado y se volvió de nuevo hacia él para preguntarle algo que llevaba queriendo saber desde que se enteró aquella mañana.

—Señor Richardson, ¿sabía que su esposa estaba embarazada?

Richardson se volvió bruscamente hacia Tanner. Se le encendió el rostro de pura emoción y exclamó:

—¡Claro que sabía que estaba embarazada!

Con los ojos anegados en lágrimas, añadió:

—¿Por qué no iba a saberlo?

—Porque nunca nos lo mencionó, señor Richardson, y debo admitir que a todos nos pareció bastante extraño.

—¡Lo crea o no, no voy por ahí contándoles a perfectos desconocidos que mi mujer está embarazada! ¿Usted lo haría?

—Si mi mujer hubiera desaparecido y la policía se presentara ofreciéndome ayuda para encontrarla, creo que sí lo mencionaría, sí.

—¡Pues no lo mencioné! ¿Por qué? ¿Acaso es un delito?

—Eh, no, señor Richardson; solo que nos habría sido útil saberlo, nada más.

—Ya veo. O sea, que si se lo hubiera dicho, no pensaría que la maté. ¿Es eso lo que me está diciendo?

Tanner cambió, incómodo, el peso de un pie al otro. Al hombre no le faltaba razón. ¿Habría cambiado algo saber que estaba embarazada?

Mientras empezaba a preguntarse si él, en una situación parecida, se lo habría contado a la policía, añadió:

—¿Puedo preguntarle si el bebé era buscado?

Richardson siguió fulminándolo con la mirada un segundo más, hasta que el resentimiento que llevaba grabado en el rostro se desvaneció para dejar paso a un vacío desesperanzado.

—Llevábamos años intentándolo —dijo al fin—. Desde que nos casamos.

Se hizo un breve silencio antes de que Tanner dijera, con toda sinceridad:

—Lo siento, señor Richardson.

No hubo respuesta, ni tampoco se esperaba ninguna.

—Solo una cosa más, señor Richardson. Me temo que vamos a necesitar que nos proporcione una muestra de ADN, además de sus huellas dactilares.

Sumido en sus pensamientos, Richardson clavó la mirada en el suelo y dijo con una voz apenas audible:

—Por supuesto, sí, lo entiendo.

En el silencio que siguió, Jenny se lo llevó a otra sala, donde había dispuesto que un agente de la policía científica se reuniera con ellos.