CAPÍTULO VEINTE #2
—Solo si tuviéramos motivos suficientes para creer que es su mujer —respondió Burgess.
—Pero… ¿no los tenemos? —preguntó Tanner.
Tras cruzar una mirada cómplice con el inspector jefe Barrington —lo que llevó a Tanner a pensar que habían hablado de ello antes de la reunión—, Burgess contestó:
—Si hubiera reconocido las joyas, quizá, pero por ahora el único parecido es que las dos mujeres tienen más o menos la misma edad.
—Además del mismo color de pelo y de piel, y de que la mujer murió más o menos a la misma hora en que vieron por última vez a nuestra desaparecida.
El inspector jefe Barrington intervino en la conversación:
—Creo que también existe la preocupación de que el marido no pueda identificar el cadáver, por el estado de descomposición.
El comentario era razonable, al menos, pero Tanner sabía por experiencia que eso no impedía que alguien cercano a la víctima la reconociera sin dudas, por duro que le resultara hacerlo, y con eso en mente preguntó:
—¿Y no valdría la pena intentarlo? La alternativa sería pedirle a él o a los padres el nombre de su dentista, o ponerse a buscar muestras de su ADN.
Desde que, veinte minutos antes, había leído el informe de la autopsia con el inspector Burgess y había descubierto, horrorizado, que al final se trataba de una investigación por asesinato en toda regla, Barrington esperaba con desesperación que la chica muerta no resultara ser la hija de John Lambert; pero, por desgracia, que él no quisiera que lo fuera no significaba que no lo fuese.
Estaba claro que les convenía averiguarlo de una forma o de otra, y cuanto antes lo hicieran, antes podrían dar el asunto por cerrado.
Así que, desdiciéndose de lo que había acordado con el inspector Burgess antes de la reunión, dijo:
—Está bien, mejor preguntádselo, a ver si está dispuesto. —Y se volvió de nuevo hacia Burgess.
Resignado a que probablemente tendría que permitir que Simon Richardson intentara identificar el cadáver, Burgess lo dejó correr.
—Hay algo que todavía no se ha mencionado: hemos tenido la suerte de recuperar una muestra de semen del interior de la víctima y, dado el componente sexual de la agresión, es muy probable que sea del agresor.
Sargento Cooper, sargento Gilbert, quiero que empecéis a hablar con todos los delincuentes sexuales conocidos de la zona, al menos con los que hayan mostrado interés por mujeres.
Averiguad dónde estaban el sábado por la noche, entre las diez y las once, y preguntadles si conocen a alguien con preferencias fuera de lo común, en particular la necrofilia.
Buscad también lo mismo en la base de datos nacional de la policía.
Comprobad si alguno vive cerca o se ha mudado hace poco a la zona.
Tanner volvió a levantar la mano a medias.
—Si se ha encontrado una muestra de semen, ¿no deberíamos tomar una muestra de ADN a Simon Richardson?
—¿Está sugiriendo que es sospechoso? —preguntó Burgess.
—Si el cadáver resulta ser el de su mujer, yo lo pondría a la cabeza de la lista.
A regañadientes, Burgess accedió:
—De acuerdo, pero solo si reconoce el cadáver como el de su mujer.
Tanner asintió para dar a entender que lo había captado y preguntó:
—Supongo que no habrá llegado nada sobre las joyas que enviamos anoche al laboratorio forense, ¿verdad?
Burgess ni siquiera sabía que las hubieran enviado, aunque tampoco se le había ocurrido preguntar, y a la luz de los últimos acontecimientos comprendió que era un descuido suyo.
Como no quería llamar la atención sobre el asunto, aun sabiendo que Tanner debía de haberlas mandado sin pedir permiso, dijo:
—Eh… todavía no.
—¿Y qué hay de la muestra de sangre que recogimos bajo el puente ferroviario de Wroxham?
—volvió a preguntar Tanner. Tras los resultados de la autopsia, sabía que podía ser una prueba clave—.
Si coincide con la sangre de la víctima, no solo nos dará el lugar del asesinato, sino que, como se encuentra en el trayecto que creemos que siguió nuestra desaparecida al salir del trabajo el sábado por la noche, también podría servirnos para confirmar la identidad del cadáver.
En su fuero interno, Burgess empezaba a hervir de indignación y vergüenza. Aquel nuevo inspector de Londres parecía llevarle siempre un paso de ventaja.
Conteniendo la rabia, Burgess decidió actuar como si ya supiera que tanto las joyas como la sangre se habían enviado a los forenses y, con una mirada indignada, respondió:
—Soy plenamente consciente de ello, gracias, Tanner. Pero, insisto, no me han dicho nada ni de las joyas ni de la sangre, así que le sugiero que lo convierta en su prioridad y se los reclame.
Burgess hizo una pausa deliberada antes de continuar.
—De acuerdo, eso es prácticamente todo, pero, antes de que se marchen, hay otra cosa que ha surgido en la autopsia. Por desgracia, el doctor Johnstone descubrió también que la víctima del asesinato estaba embarazada.
Todos se volvieron a mirar fijamente al que tenían al lado.
—Calcula que estaba más o menos a mitad del embarazo; entre catorce y veintisiete semanas.
En el silencio que siguió, Jenny le susurró a Tanner:
—¿Por qué no nos lo dijo Richardson?
Era una pregunta muy pertinente, y al momento le hizo dudar a Tanner de que la víctima del asesinato fuera su desaparecida; de lo contrario, el marido sin duda lo habría mencionado en su primer encuentro.
La importancia de la noticia no se le escapó tampoco al inspector Burgess, que, con una sonrisa fina y vengativa dirigida directamente a su homólogo, preguntó:
—Supongo que su desaparecida no lo estaba, ¿no?
Ahora le tocaba a Tanner quedar en ridículo.
—Yo, eh… —empezó, y, tras lanzar una mirada rápida a Jenny, añadió—: Su marido no mencionó nada al respecto, no.
—Ya veo —dijo Burgess, saboreando el momento—. ¿Y no cree que lo habría hecho si su mujer hubiera estado a mitad del embarazo?
Con sincera humildad, Tanner respondió:
—Debo admitir que habría pensado que sí.
Convencido de haber ganado la partida y sabiendo de sobra que el inspector jefe Barrington estaba justo a su lado, viendo cómo humillaban a su nuevo inspector delante de toda la oficina, igual que él se había sentido humillado un par de minutos antes, Burgess dijo:
—Bueno, ¡quizá pueda preguntárselo cuando venga a ver el cadáver de una mujer embarazada a la que, por lo que parece, no había visto en su vida!
Jenny salió en defensa de Tanner y alzó la voz:
—Hay otra posibilidad, señor.
—¿Y cuál es, agente Evans? —preguntó Burgess.
—Que él simplemente no lo supiera.
—¿De verdad le parece probable que un marido no sepa que su mujer está a mitad del embarazo?
—Puede que no —respondió Jenny—, pero sigue siendo una posibilidad.
Con un gesto despectivo de la mano, Burgess dijo:
—En fin, si va a arrastrarlo hasta el depósito para que la vea, ¿por qué no se lo pregunta de camino?
Hubo otra pausa antes de que Burgess anunciara:
—Bien, eso es todo por ahora. Infórmenme en cuanto sepan algo y recuerden: ¡nada de hablar con la prensa!