CAPÍTULO VEINTE
D ESPUÉS DE despedirse de forma bastante formal en el aparcamiento de grava del pub Maltsters, Tanner vio a Jenny subir a su coche para emprender el camino de vuelta a casa y luego se dirigió a su refugio flotante provisional.
Después de encajarse como pudo en la cama, por segunda noche consecutiva se dejó arrullar por el sonido rítmico del agua, que lamía suavemente el casco de la embarcación. No volvió a moverse hasta la mañana siguiente, cuando la alarma del teléfono lo sacó de otro sueño profundo y sin ensoñaciones.
Se arrastró hasta las duchas del puerto deportivo y regresó, se preparó un café y se vistió con el traje arrugado. Poco después de las ocho y media ya conducía hacia la comisaría de Wroxham para comenzar su segundo día en la Policía de Norfolk.
Su intención era estar en su mesa a las nueve menos cuarto, pero el tráfico intenso sobre el puente de Wroxham y más adelante lo retrasó.
No descubrió el motivo hasta que avanzaba a base de frenazos y arrancadas por la carretera que subía hacia la comisaría.
Aparcada junto al bordillo, justo delante del edificio, había una gran furgoneta blanca de una cadena de noticias, con «BBC East» en la parte trasera.
Más allá se había congregado un pequeño grupo de reporteros.
Aunque la furgoneta no bloqueaba la carretera, a juzgar por la forma en que todo el mundo reducía la velocidad para mirar qué hacía allí, estaba bastante claro que era la causa de la larga retención.
Al entrar en el aparcamiento, casi lleno, muy consciente de que lo estaban grabando y fotografiando, se dio cuenta de que no solo estaba ya allí el coche de Jenny, sino también el de Burgess y el de prácticamente todos los demás.
Con la repentina sensación de llegar tarde, aparcó y entró a toda prisa, procurando no hacer caso al pequeño grupo de periodistas.
La oficina principal bullía de actividad.
Por instinto, Tanner buscó a Jenny con la mirada, pero su mesa estaba vacía. Al recordar que la habían cambiado de sitio la tarde anterior, se sintió aliviado al ver su ya familiar abrigo de cuero marrón oscuro y el bolso colgados de la silla de al lado de la suya.
Supuso que estaría preparándose un café y pasó junto a su silla para llegar a su propia mesa. Apenas se había sentado y había encendido el ordenador cuando ella salió de la cocina con dos tazas.
Al llegar a la mesa, preguntó:
—¿Con leche y sin azúcar?
—Eh, gracias, Jenny —dijo él, cogiendo la que le ofrecía—. Pero ¿cómo has…?
Con una sonrisa coqueta, ella respondió:
—Tienes pinta de ser de los de leche y sin azúcar. Y supuse que te haría falta uno después de pasar otra noche a bordo de ese barco tuyo.
Él le devolvió la sonrisa.
—¡Pues la verdad es que he dormido muy bien!
—¡Mentiroso!
Con la sensación de haber vuelto al patio del colegio, replicó:
—¡Que sí!
Ella le examinó la cara, frunció el ceño y dijo:
—Me temo que no me convences. Pero supongo que algún día tendrás que demostrármelo.
Y le guiñó un ojo de forma muy sugerente.
Tanner notó que se sonrojaba, otra cosa que le recordó sus tiempos de colegio. Jenny era de todo menos tímida, y él dio un sorbo al café con la esperanza de que no se hubiera dado cuenta.
Por suerte, parecía tener otras cosas en la cabeza, porque se inclinó hacia él y le preguntó:
—¿Te has enterado?
—¿De qué? —respondió él en un tono igual de bajo.
—Ha llegado el informe de la autopsia.
Sin saber por qué estaban susurrando, él también se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Qué dice?
—No lo sé, pero Burgess va a dar una sesión informativa para toda la comisaría a las nueve.
Con la curiosidad de saber por qué nadie le había dicho nada, Tanner miró el reloj y, al ver que faltaba apenas un minuto, dijo:
—Entonces teníamos razón.
—Eso parece.
En ese momento vieron a Barrington salir de su despacho a paso firme y dirigirse a la pizarra blanca del fondo de la sala.
Allí se le unió Burgess. Tras una breve consulta, en la que pareció que Barrington le indicaba a Burgess quién iba a decir qué y cuándo, Barrington se volvió hacia los presentes.
—¿Me prestan todos atención, por favor?
Casi de inmediato cesaron las conversaciones y todos miraron hacia donde estaban Barrington y Burgess, ambos con la misma expresión de firme determinación.
Con una voz autoritaria que llegaba sin esfuerzo hasta el fondo de la sala, Barrington empezó su intervención.
—Estoy seguro de que a estas alturas todos saben que ayer por la tarde se encontró el cuerpo de una joven en el río Thurne, un poco más abajo del molino de Thurne Dyke.
Aún no la hemos identificado formalmente, pero ya ha llegado el informe completo de la autopsia y me temo que no trae buenas noticias.
Según nuestro médico forense, el doctor Johnstone, la causa probable de la muerte fue asfixia por estrangulamiento, no ahogamiento, como se pensó en un principio.
Barrington hizo una pausa para dejar que algunos comentarios susurrados circularan por la oficina antes de continuar.
—También había recibido un golpe fuerte en la parte superior de la frente, causado por algún tipo de objeto contundente.
El doctor Johnstone cree que fue demasiado grave para que se lo hubiera provocado al tropezar y golpearse la cabeza.
El ángulo de la hendidura sugiere, además, que el golpe vino desde arriba, lo que, de nuevo, no concuerda con un tropiezón.
Sin embargo, cree que recibió el golpe en la cabeza antes de ser estrangulada, lo que lleva a pensar que su muerte fue del todo intencionada.
Para aclarar esta afirmación, Barrington añadió:
—Si hubiera sido víctima de un atraco, parece poco probable que el agresor se hubiera quedado en el lugar para estrangularla hasta matarla.
Barrington hizo una pausa deliberada para que calara lo que acababa de decir.
—Por desgracia, hay otro aspecto de la muerte de esta joven que resulta aún más inquietante.
La oficina quedó sumida en un silencio hueco y expectante.
—El doctor Johnstone cree que sufrió una agresión sexual, pero que tuvo lugar post mortem.
Mientras prácticamente toda la oficina empezaba a hablar a la vez, Jenny se inclinó hacia Tanner y le preguntó:
—Supongo que eso quiere decir que alguien mantuvo relaciones sexuales con ella después de que la mataran, ¿no?
Tanner se limitó a asentir una vez y luego los dos volvieron a centrar la atención en la parte delantera de la oficina.
Barrington levantó las manos para pedir silencio y continuó:
—El inspector Burgess dirigirá la investigación, bajo mi mando, por supuesto, así que ahora le cedo la palabra.
Burgess estaba a punto de hacerse cargo de la reunión cuando oyó que Barrington decía:
—Pero antes de que lo haga, dada la gravedad del delito, quiero añadir que el inspector Tanner trabajará junto a él.
Burgess lanzó a Barrington una mirada de profunda incredulidad y luego buscó el rostro de Tanner entre los presentes para fulminarlo con los ojos.
Para Tanner, y para todos los demás, era bastante evidente que Burgess no había participado en esa decisión, aunque, siendo justos, Tanner tampoco.
Pero entendía por qué Barrington había preferido no decírselo antes: así no habría tenido ocasión de hacerle cambiar de opinión, como ya había pasado otras veces.
Barrington miró a sus dos inspectores.
—Supongo que a los dos os parece bien, ¿no?
Ni Tanner ni Burgess estaban especialmente contentos con la decisión —Burgess bastante menos que Tanner—, pero la forma en que se lo habían comunicado no les dejaba más salida que aceptarla con un asentimiento cortés y una sonrisa forzada.
—Una cosa más —dijo Barrington.
Cuando Burgess ya empezaba a preguntarse si llegarían a dejarle hablar, Barrington continuó:
—Es muy probable que esta investigación despierte un interés considerable en los medios.
Como muchos habréis visto al entrar, ya hay aparcada ahí fuera una furgoneta de informativos de la BBC East. Dios sabrá cómo se han enterado tan rápido, pero, en fin, espero que no haga falta decir que bajo absolutamente ninguna circunstancia podéis hablar con ellos de este caso, ni con ningún otro medio de comunicación.
También espero que seáis discretos cuando habléis del caso con familiares y amigos.
Y no quiero ni una sola mención en las redes sociales, de ninguna manera ni bajo ningún concepto.
Todos sabemos lo pequeña que es la comunidad de los Broads, y ya correrán suficientes rumores sin que vosotros echéis más leña al fuego. ¿Está claro?
Barrington paseó una mirada severa por toda la oficina mientras los demás asentían o manifestaban su conformidad en voz alta.
—Bien —dijo Barrington, volviéndose hacia Burgess—. Continúa.
—Gracias, señor —dijo Burgess, y dio un paso al frente.
—Nuestra prioridad es identificar el cadáver.
No llevaba ninguna documentación encima y tampoco presentaba tatuajes ni otras marcas distintivas.
Lo único que encontramos fueron algunas joyas: una alianza y un anillo de compromiso, un pendiente y un collar.
Ahora bien, como muchos sabéis, ayer por la mañana se denunció la desaparición de una joven de edad parecida, un caso del que se vienen ocupando el inspector Tanner y la agente Evans.
Burgess se volvió hacia Jenny.
—¿Ha habido alguna novedad al respecto desde ayer?
Jenny miró de reojo a Tanner, como si le pidiera permiso para responder, y luego se volvió de nuevo hacia Burgess.
—Todavía no, señor. Como sabe, ayer le enseñamos el collar y el pendiente al marido, pero no pudo confirmar que fueran de su mujer.
La alianza y el anillo de compromiso siguen sin llegar del forense, así que tendremos que reclamarlos.
Por lo que sé, el marido sigue preguntando a familiares y amigos.
Lo llamaremos en cuanto acabemos aquí para ver si ha tenido suerte.
—De acuerdo. Dime qué te cuenta.
Al intuir que iba a pasar a otro asunto, Tanner levantó la mano a medias y preguntó:
—¿No deberíamos pedirle que venga a ver si puede identificar el cadáver?