CAPÍTULO DIECINUEVE
A L LLEGAR A MALTHOUSE Broad, Tanner le hizo a Jenny una visita guiada de su nuevo hogar flotante a la luz de la linterna del móvil. Mientras lo hacía, ella trató de explicarle algunos principios básicos para gobernarlo, por si algún día se animaba a probar.
La conversación continuó durante la cena en el pub Maltsters, en la que Jenny tuvo que recurrir a un bolígrafo y una servilleta para explicarle cómo podía un barco ceñir el viento dando bordadas.
Aunque Tanner entendió que aquello implicaba zigzaguear mucho, el modo en que la vela y la quilla se combinaban para impulsar el barco hacia delante se le escapó por completo.
Al final, Jenny tuvo que darse por vencida, lo que le dio a Tanner la oportunidad de desviar la conversación hacia ella.
Pasaron la hora siguiente, más o menos, charlando de cómo era criarse en los Broads; de cómo su padre le había enseñado a navegar y la había llevado por todo el país para competir en distintas regatas nacionales, primero en un Optimist y luego en un Topper.
Jenny había seguido compitiendo en vela hasta terminar los A-Levels, cuando la universidad la llamó y se mudó a Southampton.
—¿Qué estudiaste allí? —preguntó Tanner, que la había estado escuchando con interés sincero, aunque no exento de cierta envidia. Su infancia se había limitado a dar vueltas en bici y jugar al Asteroids en su Atari.
—Ciencias Ambientales.
—Y, sin embargo, ahora eres agente de investigación de la Policía de Norfolk —observó con una sonrisa irónica.
—Sí, bueno, para ser sincera, la asignatura me pareció un aburrimiento tremendo y pensé que, si me aburría después de cuatro años estudiándola, no quería ni imaginar cómo me sentiría dedicándome a ello como profesión. Y, además, no encontraba trabajo; ninguno con un sueldo decente, al menos.
—Entonces, ¿cómo acabaste en la policía?
—No lo sé muy bien. Siempre los había visto por aquí, patrullando las vías fluviales.
Supongo que pensé que, si lo único que hacían era pilotar una lancha de arriba abajo por los Broads, era el trabajo perfecto para mí.
Fui a una de sus jornadas de puertas abiertas y supongo que dejé que me convencieran.
—¿Y luego decidiste entrar en la CID y hacerte detective?
Jenny se encogió de hombros.
—Para entonces llevaba casi cinco años de agente de uniforme.
En verano se está bien, cuando están aquí todos los turistas, pero en los meses de invierno no hay gran cosa que hacer y me estaba aburriendo.
Así que solicité el curso de doce semanas para detective en formación, que me encantó, ¡y aquí estoy!
—¿Cuánto hace de eso? —preguntó Tanner, que para entonces ya había calculado que, si tenía veintidós años al salir de la universidad y había pasado cinco de agente, debía de tener veintisiete o veintiocho.
—Terminé en noviembre del año pasado, así que todavía estoy haciéndome a ello, aunque, para ser sincera, desde entonces no ha pasado gran cosa; al menos, no hasta hoy.
Mientras daba un sorbo al café, se dio cuenta de que se había pasado prácticamente toda la velada hablando de sí misma. Temiendo que Tanner la tomara por una egoísta imperdonable y, encima, por la persona más aburrida con la que había cenado jamás, le devolvió el protagonismo.
—¿Y tú? ¿Por qué entraste?
—No sé si tuve mucha elección. Mi padre estaba en el Cuerpo y supongo que se esperaba de mí. No se me ocurre qué otra cosa habría hecho.
—¿Te gusta? —preguntó ella, observándolo por encima de la taza de café.
—Al principio sí —respondió él—, pero con el tiempo acaba pasándote factura, sobre todo en Londres.
Creo que fue al morir mi padre cuando caí en la cuenta de que probablemente me había alistado solo porque él quería, no necesariamente porque yo quisiera.
Hace unos diez años de eso, pero ya era tarde para cambiar de profesión, o al menos eso me parecía.
Mi mujer no trabajaba entonces, así que yo era el único que llevaba dinero a casa.
—¿Estás casado? —preguntó ella, con toda la naturalidad que pudo fingir, y echó otro vistazo a su mano izquierda, que seguía sin alianza de ningún tipo.
—Divorciado —dijo Tanner—. Las cosas llevaban mucho tiempo yendo mal, pero fue cuando…, fue cuando nuestra…
Vaciló y luego se quedó mirando la taza de café que sostenía entre las manos.
Quería hablarle de su hija, o más concretamente de lo que le había pasado, pero ahora que había llegado el momento le parecía demasiado pronto.
Demasiado pronto. Solo conocía a Jenny desde hacía un día y, aunque había sido un día inusualmente largo, un día seguía siendo un día, y apenas bastaba para abrirle el alma a nadie.
Y, pese a todo, allí estaban, charlando durante la cena como dos viejos amigos que no se hubieran visto en años y se estuvieran poniendo al día.
—Fue cuando ocurrió algo que, bueno, cambió las cosas y, al final, me llevó a pedir el traslado.
Su reticencia era evidente y Jenny no quiso indagar.
A esas alturas, ni siquiera estaba segura de querer saberlo.
Aunque estaba claro que se llevaban bien, pensaba que había límites muy claros sobre cuánto debía saber una persona de la vida de otra en una fase tan temprana de una relación.
También temía que aquello que él había estado a punto de contarle pudiera empañar lo que empezaba a sentir por él.
Con todo eso dándole vueltas en la cabeza, decidió desviar la conversación de aquello que tanto le había marcado la vida.
Con suerte, habría otras ocasiones para que se lo contara, pero preferiblemente cuando se conocieran algo mejor.
—Y ahora que estás aquí, ¿qué te parece?
Agradecido de que lo sacaran del tema, respondió:
—Bueno, desde luego no esperaba verme con un cadáver entre manos, y menos el primer día.
—Me imagino que has tenido mala suerte, o buena, según se mire. Normalmente solo tenemos un par de ahogados al año, y suele ser porque han bebido demasiado y se caen al agua o les da por darse un baño improvisado.
—¿Y este caso? —preguntó él, con ganas de oír su opinión en un ambiente más relajado y distendido.
—No estoy segura —respondió ella—. Para ser sincera, los cuerpos que nos toca sacar del agua suelen ser de hombres, y lo normal es que alguien que lo ha visto de primera mano dé el aviso de inmediato, los amigos o la familia de la víctima. Este, está claro, es distinto.
—¿Qué te dice el instinto?
—¿Mi instinto? —repitió ella—. Mi instinto me dice que seguramente no debería haber tomado el pudin de chocolate y caramelo.
El comentario hizo que Tanner casi echara el café por la nariz.
—Sorprendentemente, me refería al caso.
—¡Ah, eso!
Se lo pensó un momento, ahora en serio.
—Mi instinto me dice que el cuerpo de la mujer es el de nuestra desaparecida y que no hay manera de que tropezara al volver del trabajo.
—¿Y eso por qué?
—Por las marcas del cuello. Una cosa es caerse y golpearse la cabeza contra una cornamusa, pero otra muy distinta es acabar luego enredada en un cabo de amarre suelto.
Y si esa sangre que encontraste es de la víctima, entonces es imposible que ocurriera así.
No puedes caerte, golpearte la cabeza contra algo duro, levantarte otra vez, irte hasta el otro lado del camino, sangrar un rato y volver luego dando un paseo para caerte al agua, justo donde hay un cabo de amarre suelto esperando a que te enredes en él.
Tras una breve pausa, añadió:
—Y hay algo más.
—¿El qué?
—No hay cornamusas debajo del puente del ferrocarril ni en ningún punto de ese tramo del río. Lo más cercano serían los amarres de hormigón de Wroxham.
Tanner volvió a pensar en el trabajo y en el día que les esperaba, y miró el reloj. Se sorprendió al ver que eran casi las once.
—Se está haciendo tarde.
Alzó la vista, cruzó la mirada con un camarero que pasaba y le indicó que querían la cuenta.
Mientras sacaba la cartera para pagar, Tanner preguntó:
—¿Te llamo un taxi?
—La verdad, preferiría que me llamaras Jenny.
Esta vez fue Tanner quien entornó los ojos al mirarla.
—Perdona —dijo ella en tono de disculpa.
—Gracias, pero no —añadió luego, ya más seria—. Puedo conducir sin problema. Solo he tomado una copa.
Se sonrieron un instante por encima de la mesa y los dos se permitieron acariciar la misma idea, para desecharla un segundo más tarde. Para Tanner, si aún era demasiado pronto para hablarle abiertamente de su pasado reciente, desde luego también lo era para cualquier otra cosa.
Les interrumpió los pensamientos el camarero, que dejó en la mesa una bandeja de plata con la cuenta impresa.
Tanner sacó la tarjeta de crédito y arqueó una ceja al echar un vistazo al total.
No era mucho menos de lo que estaba acostumbrado a pagar en Londres.
Por alguna razón había dado por hecho que, estando en medio de prácticamente la nada, una comida saldría bastante más barata.
Lo atribuyó a su propia ingenuidad, y también a que apenas había viajado por el Reino Unido; dejó la tarjeta sobre la mesa y empezó a pensar en el día siguiente y, más inmediatamente, en los preparativos para pasar su segunda noche a bordo de su hogar, que esperaba que fuese provisional.