CAPÍTULO DIECIOCHO
U NA VEZ QUE JENNY hubo organizado discretamente el traslado de las cuatro bolsas de pruebas a la sede central de la Policía de Norfolk, en Norwich, a cargo de un mensajero motorizado del cuerpo, pasaron media hora moviendo su mesa junto a la de Tanner mientras esperaban a que Barrington se marchara, cosa que hizo poco antes de las seis.
Diez minutos más tarde se marchó Burgess, junto con varios otros, con lo que solo quedó un puñado de agentes uniformados para cubrir el turno de noche.
Solo entonces, con los datos de la chica desaparecida que Richardson les había facilitado cuando estuvieron por primera vez en su casa, pudieron emprender la tediosa tarea de contactar con diversas organizaciones para acceder a su teléfono y a sus cuentas de correo electrónico y redes sociales.
A las siete y media ya les habían permitido acceder a todo salvo a sus registros financieros.
Para conseguir estos, tendrían que dirigirse al juez local y presentar una solicitud formal, y para eso necesitarían sin duda la autorización del inspector jefe Barrington.
Pero, con los datos de su móvil, el acceso a sus cuentas de correo personal y de trabajo, Facebook, Instagram y el historial de navegación de los últimos seis meses, tenían más que suficiente para empezar; de hecho, demasiado para abarcarlo ellos solos.
Con la sensación de estar algo mejor preparados para lo que creían que ocurriría cuando llegara el informe de la autopsia, decidieron dar por terminada la jornada.
Al salir al aparcamiento de la entrada del edificio, los recibió una magnífica puesta de sol que abarcaba todo el horizonte de Norfolk ante ellos.
—¡Impresionante! —exclamó Tanner, acostumbrado a un cielo tapado por urbanizaciones interminables y bloques de hormigón desmesurados.
Después de echarle apenas un vistazo, Jenny dijo:
—Yo diría que es de lo más normal; aunque sí hay algo que no me importaría ver.
Tanner, que seguía absorto en el panorama completo del sol poniente, preguntó algo distraído:
—¿El qué?
—¡Tu barco!
Hasta ese momento, Tanner casi había olvidado que tenía un barco al que volver al final del día, y no una casa o un piso como la mayoría de la gente normal.
—Ah, eso. Sí, bueno, debería haberte dicho que no es mío. Se lo estoy cuidando a un amigo.
—Aun así me gustaría verlo —insistió Jenny—. ¿Dónde está amarrado?
—Eh… —empezó Tanner, tratando de recordar el nombre del lugar—. Creo que en Ramworth Broad.
—Me parece que te refieres a Ran worth Broad —lo corrigió Jenny—, aunque allí no hay amarres. Allí está el Broads Wildlife Centre. Probablemente te refieres al de enfrente: Malthouse Broad, con la encantadora oficina de correos y el pub Maltsters detrás.
—¿Así que no lo conoces?
Divertida por aquel humor tan peculiar y seco, que tanto le recordaba al de su padre, Jenny dijo:
—¿Por qué no me lo enseñas?
Tanner miró el reloj.
—Se está haciendo tarde. Seguramente será de noche cuando lleguemos.
—Te propongo algo: ¿por qué no me sigues hasta allí?
Así será menos probable que te pierdas. Y si tu coche se avería o se queda sin gasolina, ambas cosas bastante probables visto lo que conduces, podría llamar a la AA por ti.
Lo único que te pediría a cambio es que me invitaras a cenar en el pub Maltsters.
Jenny era tan descarada como atractiva, y a Tanner le resultaba muy difícil que no le cayera bien; más de lo que quizá debería, teniendo en cuenta que le sacaba por lo menos quince años.
Intentando tenerlo bien presente, dijo con una sonrisa cálida:
—Vale, ¡trato hecho! Pero si tu coche se avería o se queda sin gasolina antes que el mío, la cena la pagas tú .
—Me parece justo —dijo Jenny—. Pero eso no va a pasar. Yo voy en el VW Golf y lo llené ayer.