CAPÍTULO DIECISIETE
T erminada la reunión, Tanner evitó cruzar la mirada con Burgess y fue derecho hacia el sitio donde estaba sentada Jenny.
Al verlo acercarse, ella le sonrió y preguntó:
—¿Cómo ha ido?
—Siguen albergando la esperanza de que el cuerpo de la chica no sea el de la hija de John Lambert.
—¿Les has hablado de las mareas y de que podrían haberla arrastrado río arriba?
Sentado en la esquina del escritorio, echó un vistazo distraído a la sala para asegurarse de que nadie pudiera oírlos y luego se inclinó hacia ella.
—Sí, y gracias por eso. Pero, por lo que a Barrington respecta, lo único que significa es que hay algo más de posibilidades de que sea Jane Richardson y, en ese caso, lo más probable es que simplemente se tropezara de camino a casa al salir del trabajo.
—¿Y qué pasa con la marca de la frente y las del cuello?
—Burgess le contó lo que había dicho el forense: que podría haberse golpeado la cabeza contra una cornamusa o contra un candelero de la embarcación antes de enredarse en un cabo de amarre, y a Barrington parece conformarle esa explicación.
—Bueno, supongo que es posible.
—La alternativa es que alguien la golpeara deliberadamente con algo parecido a un martillo, la estrangulara y luego arrojara el cuerpo al agua, y no creo que Barrington esté preparado para aceptar que eso sea más probable; al menos, no todavía.
—Entonces, ¿ahora qué?
—Ha dicho que tendremos que esperar a que llegue el informe de la autopsia antes de hacer nada más. Pero, en lo personal, creo que de aquí a entonces deberíamos investigar un poco por nuestra cuenta.
Jenny frunció el ceño con recelo y preguntó:
—¿Qué tienes en mente?
Tras echar otro vistazo a la oficina, Tanner preguntó en voz baja, en tono conspirador:
—¿Podrías llevar esas tres joyas al departamento forense, a ver si encuentran algo?
Se agachó a coger el bolso y respondió:
—Nuestro departamento forense está en la Jefatura, en Norwich, así que tardarán un poco.
—¿No puedes mandarlas con un mensajero en moto?
—Sí, puedo —dijo ella—. Pero ¿no deberíamos pedirle permiso a Burgess antes?
—Probablemente —respondió Tanner, que metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta, sacó otra bolsa de pruebas y se la pasó discretamente—. ¿Y podrías enviarles esto también?
Jenny se quedó mirándola y preguntó:
—¿Qué es?
—Es la muestra de lo que creímos que era sangre, la que recogí bajo el puente del ferrocarril. Si lo es y coincide con la de la chica muerta, tendremos una idea bastante clara de quién es.
Mientras Jenny le cogía la bolsa para guardarla junto con los demás objetos, Tanner miró el reloj y dijo:
—Entonces sugiero que empecemos a solicitar acceso a las cuentas personales de nuestra chica desaparecida, incluidos sus registros financieros.
—¿Sin pedírselo a Burgess ni a Barrington?
—No te preocupes. Me da en la nariz que nos lo van a agradecer, probablemente unos treinta segundos después de que llegue ese informe de la autopsia.