CAPÍTULO DIECISÉIS
C uando salieron de la casa de Richardson, ya habían pasado las cinco. Cansados y hambrientos, decidieron parar de vuelta en una gasolinera a por café y algo de comer.
Unos diez minutos después entraron en la comisaría de Wroxham con los cafés en la mano.
Tanner le dijo a Jenny que mejor se quedara un rato antes de irse a casa, al menos hasta que él tuviera ocasión de hablar con Barrington.
Cruzó hasta el despacho de su superior y, de camino, se fijó en que Burgess no estaba en su mesa.
Antes de llamar, echó un vistazo a través del tabique de cristal. Dentro vio a Burgess, sentado con una pierna cruzada sobre la otra, charlando con Barrington. Pensó que mejor los dejaba tranquilos y ya se daba la vuelta cuando Barrington lo vio ahí plantado y le hizo señas para que entrara.
Con un suspiro de resignación, empujó la puerta.
—Ah, Tanner, justo estábamos hablando de ti.
—Espero que nada bueno —respondió Tanner, que no se le ocurrió otra réplica que no lo hiciera parecer innecesariamente paranoico.
Barrington no captó que era una broma, aunque bastante mala, y dijo:
—No, no, nada de eso. Siéntate, anda.
Tanner entró aún con el café en la mano y cerró la puerta tras de sí. Arrastró la silla que quedaba libre, lejos de Burgess y del escritorio, mientras Barrington decía:
—El inspector Burgess me estaba poniendo al día sobre el cuerpo de la chica.
Tanner se sentó y cruzó las piernas. De pronto sintió mucha curiosidad por saber qué había estado contando el otro inspector. Lo miró directamente, arqueó las cejas y dijo:
—¿Ah, sí?
Burgess empezó a hablar con aire especialmente satisfecho:
—Le estaba diciendo al inspector jefe Barrington que, por ahora, no hay nada que indique que se trate de otra cosa que de un ahogamiento accidental.
—Aparte de las marcas del cuello y la herida de la frente —intervino Tanner.
—Marcas que el doctor Johnstone cree que pudieron producirse perfectamente al tropezar y golpearse la cabeza contra una cornamusa, antes de quedar enredada en un cabo de amarre —replicó Burgess, y su sonrisa de suficiencia se torció en algo más parecido a una mueca de desdén.
Por lo visto ajeno a la tensión que había ido creciendo entre sus dos inspectores a lo largo del día, Barrington le dijo a Tanner:
—Y Burgess no cree que haya ninguna relación entre el cuerpo de la mujer y la desaparecida.
A modo de confirmación, Burgess asintió.
—Así es, señor.
Barrington se volvió hacia él y preguntó:
—¿Estamos algo más cerca de identificar a la chica muerta?
—Me temo que no, señor. Como le dije por teléfono, no encontramos ninguna identificación ni encima ni alrededor del cuerpo.
Tampoco tenía tatuajes ni marcas distintivas.
Y la fotografía que teníamos de la desaparecida se parecía muy poco a ella.
Solo tenemos las joyas, y seguimos esperando a que el doctor Johnstone nos devuelva la alianza y el anillo de compromiso, que no pudo quitarle allí mismo.
Barrington miró a Tanner y preguntó:
—¿Al menos pudisteis enseñarle las otras joyas al marido de la desaparecida?
—Acabamos de volver de allí, señor —respondió Tanner.
—¿Y…?
—El señor Richardson, el marido, dijo que tanto el pendiente como el collar podrían haber sido de su mujer, pero no estaba del todo seguro. Sí creía que eran del tipo de cosas que ella llevaría; lo que pasa es que no reconoció con certeza ninguno de los dos como suyo.
Barrington se dirigió a Burgess:
—¿Cuánto tardaremos en tener los resultados de la autopsia?
—Me dijeron que a primera hora de la mañana, señor, siempre que no surja nada inesperado.
—¡Esperemos que no!
Barrington volvió a centrar su atención en Tanner.
—¿Alguna novedad sobre la hija del señor Lambert?
—¿Se refiere a dando por hecho que no es la chica que acabamos de sacar del río?
Burgess no pudo contenerse y soltó:
—Ya hemos determinado que no lo era, o al menos que es poco probable que lo sea.
—Bueno, sí —empezó Tanner—. Y si no fuera porque las dos son mujeres casadas, de edad similar y con un color de pelo parecido, y porque la hora de la muerte de la fallecida coincide casi exactamente con la última vez que vieron a la desaparecida, tendría que darte la razón.
Perfectamente consciente de que Tanner estaba siendo sarcástico, Burgess dijo:
—¡Pero acabas de decir que el marido no fue capaz ni de reconocer las joyas de su propia mujer!
—En realidad dije que no estaba seguro de que fueran suyas. Pero, como ya había reconocido que no tenía una relación especialmente estrecha con ella, no me extrañó que no las reconociera.
Burgess miró directamente a Barrington.
—Y está la fotografía de la desaparecida. No se parecía en nada a la mujer que encontramos.
Tanner se encogió de hombros.
—Después de dos días flotando boca abajo en un río y de pasar por una hélice, la verdad es que me habría sorprendido que sí se parecieran.
Burgess no pareció tener respuesta para eso, así que Tanner continuó:
—Y luego está el sitio donde encontramos el pendiente, debajo del puente del ferrocarril.
—¡Que el inspector Tanner debería mencionar que no coincidía con el que llevaba la chica muerta!
—No —reconoció Tanner—, pero, como ya he dicho, encontramos cerca lo que sigo creyendo que era sangre y, como está en el camino que al parecer tomó la desaparecida al volver del trabajo, a una hora que coincide con el momento en que se cree que murió la chica, creo que hay muchas posibilidades de que sean la misma persona.
—Hay algo que el inspector Tanner ha omitido mencionar, señor —dijo Burgess en tono acusador, sin dejar de mirarlo con dureza.
Con los codos apoyados en el escritorio y las puntas de los dedos unidas, Barrington preguntó:
—¿Y qué es?
—Que el cuerpo de la chica apareció en el río Thurne, aguas arriba de donde se une con el Bure, que es justo donde él dice que cayó al agua su desaparecida. Y eso significaría que habría tenido que flotar río arriba , lo que, a mi entender, sería todo un hito científico.
Era el momento de que Tanner jugara su carta ganadora. Tras esperar apenas una fracción de segundo, miró a Burgess y dijo:
—Pero yo creía que los Broads tenían marea, ¿no?
Burgess paseó una mirada inquieta entre Tanner y Barrington, y lo único que acertó a responder fue:
—Bueno, sí, pero…
Al ver el mapa de Ordnance Survey de los Broads que Barrington tenía colgado en la pared, a su espalda, Tanner se levantó de la silla, se acercó y dijo:
—Suponiendo que la haya, si un cuerpo cayó al río el sábado por la noche, aquí —señaló el puente del ferrocarril que cruzaba el río Bure, justo a la salida de Wroxham, y siguió con el dedo el curso del río hacia el este, hasta el punto en que se le une el río Thurne—, si estaba aquí cuando empezó a subir la marea, la corriente pudo arrastrarlo sin problemas hasta donde lo encontraron.
Mientras Burgess hervía de indignación por el ridículo que le había hecho pasar un inspector de Londres que ni siquiera había cumplido su primer día en la Policía de Norfolk, Barrington, por su parte, no pudo evitar quedar impresionado.
Al ver el ceño con el que Burgess miraba a Tanner, Barrington no pudo contener una sonrisa divertida y dijo:
—Parece que te has familiarizado con los Broads a toda velocidad, Tanner.
Tanner sintió una punzada de culpa por lo bien que le había salido dejar a Burgess como un incompetente y un estúpido, y dijo:
—No puedo llevarme el mérito. La idea fue de la agente Evans.
—Bueno, siempre he dicho que todo es cuestión de conocer el terreno. Y nadie es más de aquí que Jenny, ¿verdad, Burgess?
—Sí, señor —respondió Burgess, y, para disimular la indignación y la vergüenza, le dedicó a su jefe una sonrisa forzada.
—De acuerdo —continuó Barrington—. Pero, de momento, todo eso solo significa que hay algo más de posibilidades de que la chica muerta sea la hija de John Lambert.
E incluso si fuera así, seguimos sin pruebas suficientes que apunten a otra cosa que no sea que se tomó una copa de más al salir del trabajo y tropezó con un cabo de amarre de camino a casa.
Y como no pienso abrir una investigación por asesinato a gran escala hasta que sepa lo contrario, no nos queda otra que armarnos de paciencia y esperar a que llegue el informe de la autopsia.