Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO QUINCE
29%

CAPÍTULO QUINCE

M IENTRAS SE DIRIGÍAN hacia donde Tanner había aparcado el coche, Jenny dijo:

—Me ha sorprendido un poco cómo ha reaccionado ante las joyas. Pensaba que sería capaz de reconocerlas si fueran de su mujer.

—Creo que es cosa de hombres —respondió Tanner.

—¿Cosa de hombres?

—Ya sabes, igual que una mujer ve las flores de una habitación en cuanto entra y un hombre probablemente no, aunque estuvieran sobre un pedestal justo en el centro e iluminadas por un foco.

—¿No estábamos hablando de joyas?

Para aclarar lo que quería decir, añadió:

—Diría que es bastante normal que un hombre no sepa reconocer las joyas de su mujer, a menos, claro está, que la pieza tenga algún significado especial o que ella la llevara puesta a todas horas. Me temo que los hombres no solemos prestar mucha atención a esas cosas.

—¿Me estás diciendo que a los hombres no les interesan las joyas?

—No creo que a la mayoría nos interesen, no.

—Entiendo —dijo Jenny—. Entonces, si te ofreciera comprarte un reloj carísimo, por ejemplo, ¿no te interesaría?

—No creo que los relojes cuenten como joyas, así que, si quieres comprarme uno, ¡adelante!

Se sonrieron un instante y, tras una breve pausa, Jenny dijo:

—He estado pensando en lo que ha dicho Burgess antes, sobre el lugar donde encontraron el cuerpo.

—Ah, sí. ¿Qué pasa con eso?

—¿Recuerdas que dijo que no podía haberse caído al río por aquí, porque, si lo hubiera hecho, habría tenido que flotar Thurne arriba para acabar donde la encontraron?

—Y que las cosas no pueden flotar río arriba. ¿Cómo iba a olvidarlo?

—Bueno, le he estado dando vueltas y no estoy segura de que tenga razón.

Al llegar a la puerta del conductor, la miró por encima del techo bajo y estilizado del XJS.

—¿Me estás diciendo que el cuerpo sí pudo flotar río arriba?

—Eso mismo.

—Aunque dijo que eso iría contra las leyes de la física, lo cual, lo admito, sonaba bastante convincente.

—Sí, pero se olvidaba de que en los Broads hay mareas, sobre todo en esta época del año. Si la marea estaba subiendo en el momento justo, pudo arrastrar el cuerpo sin problema Thurne arriba.

—¿Estás segura?

—Bastante, pero solo si la marea estaba subiendo en ese momento.

—¿Por qué no iba a saberlo Burgess?

—Bueno, él es de Norwich. No es una chica de Horning, como yo.

—¡No me digas!

—Tampoco es marinero. Y no se puede navegar por los Broads sin saber algo de mareas.

—Y tú sí que eres marinera, supongo.

—Bueno, sí, aunque no puedo decir que tuviera mucho donde elegir. Mi padre se encargó de eso. Según mis padres, sabía navegar antes de aprender a montar en bicicleta.

—¡También sabes montar en bicicleta!

Jenny lo miró con los ojos entrecerrados, hasta que las comisuras de los labios se le curvaron en una sonrisa divertida. Él se la devolvió antes de agacharse para entrar en el coche.

Mientras arrancaba el motor, Tanner dijo:

—Si sabes tanto de navegación, quizá deberías pasarte algún día por mi casa.

—¿Y eso por qué? —respondió Jenny mientras se abrochaba el cinturón—. Supongo que ahora me dirás que vives en un barco.

—Eh, pues... ¡sí!

—¿Vives en un barco? —repitió ella, mirándolo fijamente.

—Uno antiguo de madera, de los de vela.

—¿Qué? ¿Por gusto?

—Bueno, más o menos, aunque debo admitir que, de haber sabido lo pequeño que iba a ser, habría buscado un piso.

—¿Cómo demonios acabaste viviendo en un barco?

—Es una larga historia —respondió Tanner—. Pero, por ahora, creo que será mejor que volvamos a la comisaría y le digamos a Barrington que el inspector Burgess no es tan de la zona como él creía.

Dicho esto, dio marcha atrás para salir del arcén de hierba, hizo un cambio de sentido perfecto en tres maniobras y regresó por el estrecho camino sin asfaltar, rumbo a la comisaría de Wroxham.