Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CATORCE
27%

CAPÍTULO CATORCE

E n casa de Simon Richardson, Tanner llamó al timbre y esperó.

Al abrirse la puerta, dijo:

—Disculpe que volvamos a molestarle, señor Richardson, pero nos preguntábamos si podríamos hablar con usted un momento.

—Supongo que eso significa que no la han encontrado, ¿verdad? —preguntó Richardson, lanzándole a Tanner una mirada despectiva.

Sin poder decirle ni que sí ni que no, Tanner repitió la pregunta:

—¿Podemos pasar?

—Claro. Lo siento. Ha sido un día muy largo.

Volvió a entrar en la casa y los condujo por el pasillo hasta la cocina.

Una vez allí, Tanner dijo:

—Hemos encontrado un par de joyas que nos gustaría que examinara.

Como si fuera la señal convenida, Jenny sacó del bolso las dos bolsas de plástico transparente con el collar y el pendiente, y las dejó sobre la isla de la cocina, junto a ellos.

Richardson bajó la vista hacia ellas con el ceño fruncido.

—¿Puedo cogerlas?

—Puede —concedió Tanner.

Mientras las levantaba con cuidado, una a una, Richardson dijo:

—Supongo que piensan que podrían pertenecerle a mi esposa.

—No damos nada por supuesto, señor Richardson. Simplemente nos ayudaría saber si las reconoce.

Después de examinar cada pieza, Richardson acabó diciendo:

—No estoy seguro. No creo que sean suyas, aunque, pensándolo bien, tiene muchísimas.

—Entonces, ¿podrían serlo?

—Supongo que sí. Al menos son del estilo de cosas que ella llevaría, pero no las reconozco.

—Ya veo —dijo Tanner. Había esperado una respuesta más concluyente y tuvo que disimular su decepción.

Se acordó entonces de la otra joya que habían encontrado, la de debajo del puente del ferrocarril, y levantó la vista hacia Jenny.

—Agente Evans, ¿podría enseñarle al señor Richardson la otra pieza?

—Claro —respondió ella, y la sacó del bolso para dejarla sobre la encimera.

Tras observarla unos instantes, Richardson acabó encogiéndose de hombros y dijo:

—Lo siento, pero tampoco la reconozco. ¿Puedo preguntar dónde las encontraron?

Tanner vaciló. Si el hombre hubiera podido confirmar que las piezas halladas en el cuerpo de la mujer pertenecían a su esposa, se lo habría dicho antes de preguntarle si estaría dispuesto a realizar una identificación oficial.

Pero, con unas respuestas tan vagas, no estaban más cerca de averiguar quién era la mujer.

Incluso Tanner empezaba a dudar de su identidad.

Cuando vio el cuerpo por primera vez, habría apostado dinero a que era el de la esposa de Richardson y a que alguien la había matado bajo el puente del ferrocarril cuando volvía del trabajo.

Sin embargo, ante unas respuestas tan ambiguas sobre las joyas, sumadas a lo que había comentado Burgess de que el cuerpo habría tenido que remontar el río para acabar donde lo encontraron, ya no estaba seguro.

Hasta que no tuvieran una identificación más firme, y como bien había dicho Barrington, lo mejor era no decir nada de todo aquello.

Las noticias sobre el hallazgo de cadáveres siempre corrían como la pólvora, y más aún en las comunidades pequeñas.

Todavía más cuando el cuerpo en cuestión era el de una joven atractiva, y Tanner sabía que lo último que necesitaba una investigación así era que empezaran a circular rumores perjudiciales y especulaciones sobre su posible identidad, sobre si la víctima había sido asesinada o no y, en caso afirmativo, sobre quién podía ser el asesino.

Así que, en lugar de responder, decidió cambiar el rumbo de la conversación.

—Tengo entendido que pudo hablar con los padres de su esposa.

—Lo siento, se me olvidó decírselo. Hablé con su padre esta mañana, poco después de que ustedes se marcharan, pero él tampoco sabía dónde estaba.

—A decir verdad, señor Richardson, ya lo sabíamos. El señor Lambert llamó él mismo a comisaría.

—Sí, dijo que lo haría. Supuse que les contaría que yo había hablado con él.

—¿Y no creyó necesario decirnos quién era?

—No, ¿por qué? ¿Debería haberlo hecho?

—Bueno, señor Richardson, cuando desaparece la hija de un hombre rico, hay otra posibilidad sobre su paradero, aparte de que haya decidido quedarse a dormir en casa de una amiga y se le haya olvidado decírselo.

—Lo siento, no le sigo.

—¡Que alguien la haya secuestrado!

Richardson lo miró fijamente.

—¿Cree que eso es lo que ha ocurrido? ¿Que la han secuestrado?

—De momento nos limitamos a mantener abiertas todas las posibilidades, pero nos habría sido útil saber quién era su padre cuando hablamos la primera vez, y desde luego antes de que él pudiera llamar a comisaría para contárnoslo él mismo.

—Claro, sí, lo siento.

—En fin —continuó Tanner—, ¿ha conseguido localizar ya a sus amigas?

—A un par de ellas, pero no han sabido nada de ella.

—¿Y qué hay de los demás familiares?

—El padre de Jane dijo que iba a llamarles.

—¿Sabe si lo ha hecho?

—No lo sé. Lo siento.

—¿Y qué hay de los amigos varones?

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Richardson a la defensiva.

—¿Su esposa tiene alguno?

—¿Se refiere a si creo que podría haberse fugado con alguno de ellos?

—Como ya le he dicho, señor Richardson, solo intentamos mantener abiertas todas las posibilidades.

—Bueno, nunca me ha mencionado a ninguno, aunque supongo que, si tuviera una aventura con alguno, lo más probable es que no me lo contara, ¿no cree?

—Entonces, ¿no sabe de ninguno?

—No. El único del que ha hablado alguna vez es un tipo de la universidad.

—¿Y cómo se llamaba?

—Phil, creo.

—¿Y el apellido?

—Ni idea.

—Supongo que tampoco sabe dónde vive.

—Creo que mencionó algún sitio de Londres.

—Bueno, eso acota mucho la búsqueda —dijo Tanner, con una buena dosis de sarcasmo.

—Mire, lo siento, pero ya le he dicho que no me relaciono con los amigos de mi mujer. ¿Cómo demonios voy a saber cómo se llaman todos o dónde viven?

Tanner no había pretendido sonar tan mordaz, pero le frustraba cada vez más que Richardson apenas pareciera saber nada de su propia mujer: qué joyas llevaba, quiénes eran sus amigos o si alguno de ellos era un hombre.

Como le pareció que lo mejor era dejarlo por hoy, Tanner dijo:

—De acuerdo, eso es todo por ahora, señor Richardson. Pero, si se le ocurre alguien con quien pudiera estar, o cualquier otra cosa, háganoslo saber, por favor.