Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

B URGESS DESPIDIÓ A LOS agentes uniformados, se volvió hacia Tanner y Jenny, hizo un gesto hacia el otro extremo de la embarcación y dijo:

—Acaban de sacarla.

—¿Supongo que el chico con el que nos hemos cruzado al venir es el que la ha encontrado? —preguntó Tanner.

Burgess asintió.

—No es de extrañar que esté bastante alterado, igual que su padre; pero ambos han podido prestar declaración.

La hélice debió de succionar el cuerpo cuando daban marcha atrás, y el motor se paró.

Casi acabaron a la deriva río abajo. El chico no la vio hasta que consiguieron volver a arrimar la embarcación a la orilla.

Tanner intentó ver algo más por encima del hombro de Burgess, pero el agente de la policía científica le tapaba la vista. Lo único que alcanzaba a distinguir eran unas piernas desnudas y unos pies descalzos.

—¿Tienes idea de qué edad puede tener?

—Ni idea. Nuestro médico forense, el doctor Johnstone, la está examinando ahora mismo. —Y añadió con cierta desgana—: Supongo que será mejor que veamos cómo va.

Por fin Tanner pudo ver el rostro de la chica. Los ojos, de un azul desvaído, miraban al vacío entre mechones de pelo mojado y enredado. Tenía la piel hundida y blanca, y los labios morados e inmóviles.

Se detuvo.

La mente se le fue a otra escena parecida.

Estaba bajo una farola en Londres, con la lluvia resbalándole por la cara, mirando a otra chica con el rostro brutalmente golpeado y el cuerpo retorcido y roto.

Jenny miró a su alrededor para ver qué ocurría.

Al ver la expresión atormentada en los ojos castaños de Tanner, le preguntó con lógica preocupación:

—¿Estás bien?

Se sacudió el recuerdo de la cabeza y fijó la mirada en los de Jenny.

Durante aquel breve instante, sintió una desesperada necesidad de contarle lo que había ocurrido meses atrás.

Cómo lo habían llamado para acudir a la escena de un presunto asesinato y se había encontrado el cuerpo de una chica, despatarrada y medio desnuda en una cuneta, golpeada hasta quedar casi irreconocible.

Cómo se había negado a creer quién era, pese a haber visto la pulsera que le había regalado por su decimonoveno cumpleaños.

Y cómo no le habían permitido investigar su muerte, lo que lo dejó con una vergonzosa sensación de inutilidad, impotencia y culpa.

El momento pasó.

Con esfuerzo, recuperó el control de sus pensamientos y le dedicó una sonrisa de disculpa.

—Perdona, sí, estoy bien. Es que estaba… pensando en algo.

Burgess, entretanto, había conseguido rodear el cuerpo.

Se acuclilló frente al forense y preguntó:

—¿Qué tenemos?

El doctor alzó un instante la vista y, al ver que era Burgess, respondió:

—¡Pues parece que se trata de un cadáver!

Burgess pasó por alto el evidente sarcasmo, algo por lo que el doctor Johnstone tenía fama, y preguntó con mayor precisión:

—¿Tiene idea de cómo ha muerto?

—Me temo que no, pero yo también acabo de llegar.

Burgess insistió:

—¿Podría haberse ahogado?

—Hay indicios de que podría ser así. Sin embargo, presenta otras lesiones que habrá que examinar con más detenimiento.

De pie justo detrás del forense, Tanner señaló hacia abajo y preguntó:

—¿Y esas marcas del cuello?

El doctor, que no reconoció la voz, se volvió y lo miró con una ceja alzada.

—¿Y usted es…?

Al darse cuenta de que probablemente debería haber presentado antes al nuevo inspector, Burgess dijo:

—Doctor Johnstone, este es el inspector Tanner. Acaba de llegar de Londres y por ahora trabaja en Personas Desaparecidas.

—¿Supongo que piensa que podría ser una de ellas? —preguntó el doctor.

Burgess respondió en nombre de Tanner:

—Eso es lo que esperamos averiguar.

El doctor volvió a mirar el cuerpo y empezó a resumir brevemente lo que había averiguado hasta el momento.

—Los hematomas del cuello podrían ser importantes.

Desde luego, son compatibles con un estrangulamiento, pero también podrían deberse a que algo se le engancharaal cuello después de caer al agua.

Una amarra suelta, por ejemplo. Las lesiones del abdomen son claramente post mortem, causadas con toda probabilidad por la hélice de la embarcación; pero hay algo más.

—Se inclinó hacia el rostro de la chica y señaló la parte superior de la frente.

Allí, entre dos gruesos mechones de pelo, se distinguía una hendidura en forma de media luna, de color morado oscuro, con la piel abierta en el borde de arriba.

Tanner, que ya había visto lesiones parecidas, sugirió:

—¿Un martillo?

—Es posible —respondió el doctor—, pero igual podría habérsela hecho al caer sobre algo, como una cornamusa de amarre, por ejemplo, o quizá un candelero de la embarcación.

En cualquier caso, tuvo que ocurrir antes de que cayera al agua.

Un cuerpo siempre flota boca abajo, así que las lesiones causadas por las embarcaciones que pasan solo apareceriían en la parte posterior de la cabeza, no en la frontal.

Burgess se inclinó para mirar más de cerca.

—¿Tiene idea de la hora de la muerte?

—Hace unas treinta y seis horas, más o menos.

—¿Entonces, en algún momento de la noche del sábado?

—Diría que sí, aunque lo sabré con más precisión cuando la tenga en el laboratorio.

—¿Y ni rastro de documentación?

—No he encontrado ninguna.

—¿Marcas distintivas, tatuajes?

—Nada por ahora.

Cuando consideró que ya había visto suficiente, Tanner se volvió hacia Jenny y preguntó:

—¿No tendrás todavía esa fotografía?

Al principio, Jenny pareció no oír la pregunta, porque no hacía más que mirar fijamente el cuerpo de la chica.

Desde que lo había visto, y sobre todo desde que se fijó en cómo le habían destrozado el vientre hasta dejarlo en una masa grotesca de carne triturada, Jenny se había olvidado por un momento de dónde estaba e incluso de qué se suponía que debía hacer. Ni siquiera había sacado el cuaderno.

Al ver que se había quedado hipnotizada por lo que tenían delante, Tanner la sacó de su ensimismamiento repitiendo:

—¡La fotografía, Jenny!

Volvió en sí de golpe.

—Perdón. Claro. Sí —murmuró, y empezó a pelearse con la cremallera del bolso.

Finalmente sacó la fotografía que Richardson les había dado aquel mismo día.

Tanner la cogió y miró primero la foto y luego a la chica muerta.

—¿Es ella? —preguntó Burgess.

A pesar de que la joven que les sonreía radiante desde la fotografía no se parecía en nada al cuerpo tendido ante ellos, Tanner dijo:

—Yo diría que sí.

Burgess le arrebató la fotografía de las manos y comparó ambas imágenes.

Pero, por más que miró, no encontró el menor parecido entre ellas.

Una mostraba a una joven atractiva, de mirada sugerente y sonrisa vivaz; la otra, un cadáver medio hinchado que acababan de desenganchar de la hélice de una embarcación.

Burgess le devolvió la fotografía a Tanner.

—¡No se parecen en nada!

—Bueno, no, pero, siendo justos, rara vez se parecen. Me he guiado más por la similitud de edad y color de pelo, y por que la hora estimada de la muerte coincide con la última vez que vieron a nuestra desaparecida.

—Pues no puedo decir que me convenza.

—Estaba casada, por si sirve de algo —intervino el doctor.

Miraba la mano izquierda de la chica, donde llevaba una alianza de oro y un anillo de compromiso a juego.

La piel que los rodeaba estaba tan hinchada que parecía a punto de reventar.

Lo ideal habría sido retirar en ese momento todas las joyas, pero rara vez conseguía sacar anillos de los dedos.

Normalmente había que quitarlos por otros medios durante la autopsia.

—También lleva un collar y un pendiente; quizá alguien pueda reconocerlos.

—¿Solo un pendiente? —preguntó Tanner, que se acordó del que habían encontrado bajo el puente del ferrocarril aquel mismo día y se maldijo por no haber caído antes en la cuenta.

—Solo uno —confirmó el doctor—. Parece que el otro se lo arrancaron en algún momento.

Tanner y Jenny pensaron lo mismo: si el pendiente que faltaba coincidía con el que habían encontrado antes, lo más probable era que ya hubieran descubierto el lugar donde la habían matado.

Jenny metió la mano en el bolsillo exterior del bolso, sacó la bolsa transparente de pruebas con el pendiente dentro y se la entregó al hombre al que empezaba a considerar su jefe.

Tanner se agachó junto a la cabeza de la chica muerta para comparar ambos objetos, pero desde el primer momento quedó claro que no eran iguales. El pendiente que llevaba la chica era una sencilla espiral de oro. El de la bolsa tenía forma de mariposa azul.

—¿Coinciden? —preguntó Jenny.

—Ni de lejos.

Burgess, que había oído la conversación, preguntó:

—¿Qué es lo que coincide?

Tanner se puso de pie.

—Hemos encontrado un pendiente cerca de donde vive la chica desaparecida. —Le devolvió la bolsa de pruebas a Jenny y añadió—: También hemos encontrado lo que creemos que podría ser sangre.

—¿Y dónde ha sido eso exactamente?

—Bajo el puente del ferrocarril —respondió Jenny—. Río arriba de Wroxham.

—¿Y es ahí donde cree que la mataron? —le preguntó Burgess a Tanner—. ¿Antes de arrojar el cuerpo al río?

—Se me había pasado por la cabeza.

—Entonces lo que me dice es que el cuerpo flotó desde Wroxham, bajó todo el río Bure y salió justo por ahí.

Burgess señaló río abajo, hacia otra entrada de río que Tanner alcanzaba a ver unos cien metros más adelante.

—Y luego el cuerpo consiguió, no sé cómo, desafiar las leyes de la física y flotar milagrosamente río arriba —continuó Burgess—, ¿para acabar donde está ahora?

Al darse cuenta de que se había dejado llevar hasta lo que era, a todas luces, un agujero descomunal de imposibilidad, Tanner dijo:

—Debo admitir que no conozco el sistema fluvial de esta zona, así que tengo que darle la razón: suena bastante improbable.

—¡Por eso mismo necesitamos que trabaje con nosotros gente de la zona, y no un puñado de malditos londinenses!

Tanner optó por guardar silencio. No tenía ninguna gana de discutir con aquel hombre sobre su capacidad para trabajar con eficacia en Norfolk.

Al fin y al cabo, Burgess tenía razón: no conocía los Broads, aunque no creía que tardara mucho en aprenderse su trazado.

Aunque la zona que había cubierto en Londres era relativamente pequeña, resultaba muchísimo más compleja, atravesada como estaba por un laberinto de autopistas, pasos elevados, calles y senderos, todos ellos a rebosar de seres humanos llegados de cualquier rincón del planeta.

En cambio, los Broads parecían reducirse a unos cuantos ríos.

Burgess le lanzó a Tanner una larga mirada provocadora, casi retándolo a replicar.

Pero Tanner no entró al trapo.

Enormemente satisfecho de lo bien que había demostrado que el nuevo inspector era, en efecto, peor que inútil, Burgess se volvió hacia el otro lado y dijo:

—Lo más probable es que cayera al agua en algún punto cercano a Hickling Broad o Horsey Mere. Desde luego, más allá de Potter Heigham. Incluso podría haber sido cerca de Martham. Es una zona muy extensa, así que va a ser difícil precisar el punto exacto.

El doctor Johnstone empezó a levantarse despacio de donde estaba arrodillado. Después de estirar la espalda, le entregó a Burgess dos bolsas de pruebas transparentes: una con el collar y la otra con el pendiente.

—Puede que esto ayude a identificarla —empezó—. En cuanto al ADN, creo que es poco probable que encontremos nada, no después de tanto tiempo en el agua. Pero antes de irme le embolsaré las manos, lo que ayudará a proteger cualquier cosa que pueda haberse quedado bajo las uñas.

Burgess levantó las dos bolsas para examinar su contenido.

—¿Cuándo cree que tendremos los resultados de la autopsia?

Johnstone miró el reloj de refilón.

—Mañana por la tarde.

—¿Y mañana por la mañana?

—Puedo intentarlo —respondió Johnstone—. Dependerá de si surge algo inesperado.

Burgess le entregó a Jenny las bolsas de pruebas y se volvió hacia Tanner.

—Quizá quieras enseñárselas al marido de la chica desaparecida de tu caso, a ver si las reconoce. Si las reconoce, supongo que más te vale citarlo para que identifique el cuerpo; pero solo en ese caso, ojo. Si no, creo que podemos dar por hecho que se trata de otra persona.

Burgess esperaba que fuera así, que la muerta no tuviera nada que ver con la desaparecida de Tanner.

De ese modo, confiaba en que Barrington apartaría a Tanner de una investigación que ya consideraba suya .

Por mucho que le gustara la idea de tener al nuevo inspector de Londres como ayudante personal, la novedad ya había perdido la gracia y ahora más bien tenía la sensación de que estaba allí para vigilarlo.

Tanner asintió y dejó a Burgess llamando a Barrington. Tras echar un último vistazo al escenario, guió a Jenny de vuelta por donde habían venido.