CAPÍTULO DOCE
D e vuelta en el XJS, Tanner y Jenny siguieron a la anódina berlina azul oscuro del inspector Burgess: salieron de la comisaría de Wroxham, pasaron Horning, cruzaron el río Ant y atravesaron Ludham.
Después vino Potter Heigham, donde cruzaron el río Thurne, y tomaron una sucesión de carreteras rurales cada vez más estrechas que terminaron llevándolos al pequeño pueblo de Thurne, cerca de donde habían encontrado el cuerpo de la mujer.
Mientras entraba despacio en el pueblo, Tanner vio más adelante una hilera de vehículos de emergencia aparcados en el arcén de hierba, frente a una cabina telefónica roja a la que no le habría venido mal una mano de pintura.
Había un coche patrulla, una ambulancia y una furgoneta de la policía científica.
Al ver que Burgess daba marcha atrás para subirse al arcén justo detrás de ellos, Tanner hizo lo mismo.
Con el motor apagado y el freno de mano puesto, se tomó un momento para mirar alrededor.
Habían llegado al final de lo que Jenny le explicó que era Thurne Dyke, un canal corto y estrecho que desembocaba en el río Thurne y que, al parecer, era un sitio muy popular para amarrar.
Al bajar del coche vieron que Burgess les hacía señas con cierta impaciencia para que se acercaran.
Cuando llegaron hasta él, Burgess clavó la mirada en Tanner y dijo en voz alta, con tono condescendiente:
—A partir de aquí tendremos que ir a pie.
Como si caminar hasta el escenario de un posible crimen fuera algo que Tanner, criado en la ciudad, no hubiera hecho nunca.
Sin esperar respuesta, Burgess echó a andar a grandes zancadas, cruzó el arcén y bajó hasta un camino de sirga que pasaba por delante de una larga fila de pequeñas motoras amarradas en el lado izquierdo del dique.
Jenny salió tras él y, como para disculpar la actitud un tanto seca de su compañero, dijo:
—Seguramente esté nervioso. Tommy, quiero decir, el inspector Mills, era el que llevaba la batuta en este tipo de investigaciones. Esta es la primera de Burgess.
A Tanner le daba igual. Ya esperaba que sus nuevos compañeros lo trataran con cierto desprecio, sobre todo los del mismo rango.
Mientras seguía paseando la vista por los alrededores, comentó en un tono relajado, de conversación:
—Supongo que por aquí no aparecen muchos cadáveres.
—Te sorprenderías —dijo ella—. No tantos como en Londres, claro, pero los suficientes para tener ocupado a Tommy, sobre todo en la temporada loca.
—Supongo que con eso te refieres al verano, ¿no?
—Más bien de abril a octubre. Ya ha empezado a moverse. El fin de semana que viene es Semana Santa, y eso siempre trae hordas de turistas. Y no dejarán de venir hasta las vacaciones escolares de mitad de trimestre, en otoño.
Tanner, que iba mirando con interés las muchas barcas pequeñas junto a las que pasaban, dijo:
—Barrington mencionó algo de que recibís más de ocho millones de visitantes al año.
—Creo que eso se lo cuenta a todo el mundo el primer día —respondió Jenny—. A mí me dijo algo parecido cuando empecé. Nunca parecen tantos, pero por lo visto es verdad.
—Y supongo que la mayoría alquila un barco, ¿no?
—No tantos como crees, pero sí muchos. No sería un problema si la mitad supiera manejarlos, pero la mayoría no tiene ni idea; y, si a eso le sumas el alcohol, por desgracia resulta casi inevitable que uno o dos no lleguen a casa.
—¿Y tú? ¿De dónde eres?
—Yo soy de Horning —respondió ella, y añadió enseguida—: ¡Y nada de bromas, por favor!
Con una sonrisilla pícara, Tanner contestó:
—¡Dios me libre!
Pero no pudo resistirse y, más relajado de lo que se había sentido en mucho tiempo, añadió:
—Entonces no vas por ahí permanentemente cachonda, ¿no?
Jenny fingió indignarse y lo miró con el ceño fruncido.
—¡He dicho que no bromees!
—Perdona —dijo Tanner, apartando la cara para esconder la sonrisa—. No lo he podido evitar.
—¿No? Bueno, no te preocupes. Supongo que era de esperar.
Giró un poco la cabeza y murmuró entre dientes, lo bastante alto para que Tanner la oyera:
—Aunque sí que lo estoy.
El comentario lo excitó tanto como lo avergonzó, y Tanner no supo dónde mirar. Nunca había oído a una joven tan atractiva decir algo tan abiertamente sexual sobre sí misma, al menos no estando sobria, y mucho menos dirigido a él en persona.
Al ver su reacción por el rabillo del ojo, ella le dedicó una sonrisa traviesa y dijo:
—Era broma, jefe.
No del todo convencido de que lo fuera, Tanner bajó la mirada a la bonita curva de su nariz.
—¿No se supone que las chicas decentes no dicen esas cosas?
—¿Y quién ha dicho que yo sea una chica decente? —replicó ella—. Además, dudo que hayas conocido antes a ninguna de Horning.
—No, pero por lo menos ya sé qué me espera.
Al llegar al final del dique, donde Burgess había girado a la izquierda para seguir un sendero de hierba muy pisado que bajaba junto a la orilla del río, Tanner se detuvo a contemplar el ancho cauce que se extendía ante ellos y luego levantó la vista hacia el molino de Thurne Dyke, a la derecha: un molino de viento blanco impresionantemente alto, con cuatro aspas enormes, cada una formada por paneles blancos a modo de celosía.
Al ver lo que miraba, Jenny dijo:
—Antes era una bomba de agua. A los turistas les encanta.
—¡Ya veo por qué! —exclamó Tanner, y se tomó un momento para admirarlo antes de volver a centrarse en la dirección que había tomado Burgess.
Mientras lo seguían, en dirección contraria venían dos sanitarios y, detrás de ellos, una familia joven: dos adultos, presumiblemente los padres, y tres niños.
El más alto de los niños era un chico rubio y flaco, con la cara ligeramente pecosa.
Estaba increíblemente pálido y caminaba encorvado, agarrado a una manta térmica que llevaba sobre los hombros.
Tanner supuso que debía de ser quien había encontrado el cuerpo, pero no se detuvo a preguntarle nada a la familia. Se limitó a saludar con un gesto al sanitario que iba delante y siguió andando.
Más adelante, Burgess había empezado a hablar con un par de agentes de uniforme.
Los tres estaban junto a una motora de un blanco deslucido, con la proa apuntando hacia ellos, amarrada a una plataforma de atraque construida para tal fin.
Detrás de ellos, un buzo enfundado en un reluciente traje de neopreno negro se peleaba para quitarse de la espalda una bombona de oxígeno cilíndrica.
A medida que se acercaban, distinguieron a un par de agentes de la policía científica, cubiertos de pies a cabeza con sus habituales monos blancos, inclinados sobre la popa de la embarcación.
Y en la plataforma de amarre, otro agente, arrodillado, observaba fijamente algo que había en el suelo.
Solo cuando llegaron junto a Burgess pudieron ver de qué se trataba.