CAPÍTULO ONCE
D E VUELTA EN LA COMISARÍA DE WROXHAM, Tanner y Jenny acababan de sentarse ante sus respectivos escritorios cuando vieron a Barrington, el inspector jefe, asomar la cabeza por la puerta de su despacho.
—¡Tanner! ¡Evans! ¡Un momento, por favor! —los llamó, y volvió a meterse dentro.
Se miraron, se encogieron de hombros y se levantaron para ir sorteando sillas y mesas.
Tanner susurró:
—No parece muy contento.
En el mismo tono, Jenny respondió:
—Entre tú y yo, rara vez lo está.
—¿No tendrás ni idea de qué va esto?
—Ni la más remota. Lo siento.
Tanner carraspeó al cruzar la puerta entreabierta del despacho.
—¿Quería vernos, señor?
Barrington levantó la vista del monitor del ordenador.
—Pasad los dos. Y cerrad la puerta.
Con la puerta cerrada y sin invitarlos a sentarse, Barrington se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Puede alguno de los dos explicarme por qué no os pareció necesario decirme quiénes son los padres de esa chica?
Tanner no entendía nada.
—¿Se refiere a la chica desaparecida?
—¡Claro que me refiero a la chica desaparecida! ¿Por qué no me dijisteis quiénes son?
Tanner y Jenny cambiaron una mirada igual de perpleja, y él respondió:
—El marido dijo que iba a llamarlos él primero, así que todavía ni siquiera hemos hablado con ellos, señor.
—Pues acabo de hablar por teléfono con su padre. ¡Nada menos que el puñetero John Lambert!
Tanner había oído aquel nombre en alguna parte, pero, por más que lo intentaba, no lograba recordar dónde.
—¿El de Lambert Oak? —apuntó Barrington—. ¿La cadena de pubs?
Ya había atado los cabos, pero seguía sin ver qué importancia tenía aquello. Sin saber muy bien qué responder, se quedó allí plantado, esperando que alguien se lo aclarara.
—¿Y bien? —preguntó Barrington al cabo de unos segundos.
—Lo siento, señor, pero no le sigo.
—¿Ha aparecido ya?
—Ah, la chica. Todavía no, señor. Pero, como le expliqué por teléfono, su marido apenas ha movido un dedo para encontrarla, así que seguimos pensando que aparecerá en casa de algún amigo o, posiblemente, de algún familiar.
—¡Pues con sus padres no está, eso sí lo sé!
—Entiendo.
Barrington se volvió otra vez hacia el monitor y alargó la mano hacia el ratón.
—Voy a elevar esto a prioridad máxima. ¡Tenemos que encontrarla, y deprisa!
—¿Y eso por qué? —espetó Tanner—. ¿Porque es la hija del dueño de una cadena de pubs?
—¡No es solo el dueño de una cadena de pubs! —replicó Barrington—. Además de ser una de las personas más conocidas de por aquí, ¡es uno de los hombres más ricos del Reino Unido!
—Ya veo. Y eso hace que su hija sea más importante que las de los demás, ¿no?
Al recordar lo que le había pasado a la hija de Tanner, Barrington procuró contenerse un poco más.
—No la hace más importante, pero sí abre otra posibilidad. Una posibilidad que habría venido bien conocer, y desde luego mucho antes.
Tanner se maldijo por dentro. Había dejado que las emociones se le impusieran al raciocinio. Ahora estaba clarísimo a qué se refería Barrington, aunque faltaba un dato.
—¿Han exigido un rescate? —preguntó, ya más sereno.
—Todavía no —dijo Barrington—. Pero eso no significa que podamos descartarlo.
De lo que sí estoy bastante seguro es de que esa posibilidad le ronda la cabeza al señor Lambert.
Acaba de acusarme de no haber hecho nada de nada para encontrarla y ha amenazado con llamar a mi jefe, el superintendente Whitaker, para exigir mi dimisión si no nos esforzamos un poco más.
—¿No es un poco exagerado? —dijo Tanner—. Quiero decir, ¡si la denunciaron desaparecida esta misma mañana!
—Me imagino que el hombre está algo alterado, teniendo en cuenta que acaba de enterarse de que su hija parece haber desaparecido. Estoy seguro de que todos podemos entender lo angustiosa que debe de haber sido esa noticia para él —añadió sin apartar la mirada de Tanner.
En ese momento llamaron a la puerta y, acto seguido, el hombre que Tanner ya sabía que era su homólogo, el inspector Burgess, asomó la cabeza.
Barrington lo miró con el ceño fruncido.
—¡Sí! ¿Qué ocurre?
Al darse cuenta de que había entrado en mal momento, Burgess dijo:
—Perdone que le moleste, señor, pero creo que debería saber que han encontrado un cadáver.
Un silencio atónito cayó sobre el despacho mientras todos clavaban la mirada en Burgess.
Con una expresión de absoluta exasperación, Barrington acabó diciendo:
—Por Dios, ¡dígame que no es la hija de John Lambert!
—Me temo que todavía no sabemos quién es, señor —informó Burgess—. No lleva ninguna identificación, pero parece ser el cadáver de una mujer joven.
Barrington juntó las manos y se las llevó a la boca, como si fuera a ponerse a rezar.
En el silencio que siguió, sin saber qué más decir, Burgess acabó añadiendo:
—He pedido a los forenses que vayan para allá, señor.
Como si saliera de un trance, Barrington levantó la vista hacia él.
—Bien, sí, por supuesto; pero no quiero que nadie más se entere de esto hasta que sepamos quién es. ¿Queda claro?
—Sí, señor.
Cuando se disponía a marcharse, Barrington lo llamó:
—Y quiero que Tanner se ponga al frente de este caso.
Burgess se detuvo en seco y se giró. Con una expresión de absoluta incomprensión, clavó la mirada primero en el nuevo inspector y luego en Barrington.
—¿Tanner?
—¡Sí, Tanner! —repitió Barrington, con la mirada clavada en su nuevo inspector, que parecía tan sorprendido como el que más.
—Pero, señor —protestó Burgess—. No lleva aquí ni cinco minutos. ¡No puede dárselo a él !
—Soy perfectamente consciente del tiempo que lleva aquí, gracias, Burgess, pero, a fin de cuentas, tiene muchísima más experiencia en este tipo de asuntos que usted.
—Pero ni siquiera es de por aquí, señor. No conoce a nadie; ni siquiera sabe dónde está nada. No tendría ni puñetera idea de por dónde empezar.
—¿Y usted sí, supongo?
Burgess miró a Barrington directamente a los ojos.
—Creo que sí.
—¿Y si resulta ser una investigación por asesinato? ¿Cuándo fue la última vez que dirigió una?
Se hizo un silencio incómodo.
Burgess nunca había dirigido un caso de gran repercusión, como una investigación por asesinato. Lo sabía, igual que lo sabía Barrington, pero antes muerto que admitirlo; desde luego, no delante del nuevo inspector.
—Pero, por el momento, nada indica que sea un asesinato, señor. Probablemente no sea más que otra turista estúpida que se ha caído al río y se ha ahogado.
Barrington se quedó pensativo.
Burgess tenía razón, por supuesto. Aquella era la explicación más probable.
Si no era así y había una razón más siniestra detrás de todo aquello, iba a necesitar a alguien con mucha más experiencia de la que Burgess podía ofrecer.
Hasta que supieran lo contrario, en cambio, quizá fuera más sensato dejar que Burgess dirigiera el caso.
Al intuir que estaba a punto de cambiar de opinión, Burgess reforzó su argumento:
—¡Puedo encargarme yo, señor!
Con un suspiro resignado, Barrington cedió:
—Muy bien, pero quiero, por lo menos, que Tanner ande cerca para ayudarle.
Burgess miró a Tanner de arriba abajo con una mueca burlona de satisfacción.
—Siempre que quede claro que solo será mi ayudante , no tengo ningún problema.
Barrington optó por dejar pasar el comentario despectivo, dirigido obviamente a su último fichaje, miró a Tanner, que seguía en posición de firmes ante él, y le preguntó:
—Supongo que a usted le parece bien, ¿no?
Tanner se encogió de hombros con indiferencia.
—Estoy dispuesto a trabajar en el puesto que usted considere oportuno, señor.
—¡Bien! Entonces queda decidido.
Jenny, que hasta entonces se había limitado a quedarse junto a Tanner sin abrir la boca, intervino:
—¿Y yo, señor?
—Más vale que se quede con Tanner por ahora —respondió Barrington—. Al menos hasta que sepamos quién es esa joven muerta y si hay circunstancias sospechosas en torno a su muerte.
Dando por concluida la reunión, Barrington añadió:
—¡De acuerdo, eso es todo! Será mejor que los tres vayan directamente para allá. Y, Burgess...
—¿Sí, señor?
—Infórmeme en cuanto descubran algo.
Encantado con el resultado de la reunión —por fin iba a llevar las riendas de lo que esperaba que acabara siendo una investigación por asesinato y, además, al nuevo inspector le habían asignado, en la práctica, el papel de ayudante—, respondió con una sonrisa maliciosa dirigida de lleno a Tanner:
—No habrá ningún problema, señor.