Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO DIEZ #3
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CAPÍTULO DIEZ #3

—Mierda —murmuró para sí, y volvió a poner la palanca en punto muerto. Parecía que algo se había enganchado en la hélice.

Con media lancha asomada ya al centro del río, la corriente la agarró y, sin motor que la frenara, empezó a irse río abajo cada vez más rápido.

Alan miró hacia la orilla y vio que Harry ya tenía que apretar el paso para no quedarse atrás. Intentó mantener la calma y le gritó:

—¡Aguanta, Harry! La hélice se habrá enganchado con algo. Voy a probar a ir hacia delante, a ver si se suelta.

Harry volvió a asentir, aunque aquella vez con mucha menos confianza.

Sin perder un segundo, Alan llevó con suavidad la palanca del acelerador hacia delante, pero, tras un ruido metálico y el mismo batir sordo de antes, solo quedó un zumbido apagado.

La corriente arrastraba la lancha cada vez más deprisa.

Desde la orilla, Harry gritó:

—¡No puedo sujetarla, papá!

Alan sentía que empezaba a entrarle el pánico.

Veía que Harry casi corría por la orilla para no quedarse atrás, con el cabo de proa en una mano y la defensa en la otra.

Ya era tarde para que saltara a bordo: la lancha iba demasiado deprisa.

Y tampoco tendría fuerza suficiente para detenerla, así que se quedaría solo en la orilla, viendo impotente cómo el río se llevaba a sus padres.

Alan ni siquiera estaba seguro de que él pudiera pararla, pero no le quedaba más remedio que intentarlo.

Dejó su puesto junto al volante, saltó de la bañera al costado de la lancha y gateó hacia la proa tan rápido como pudo sin caerse por la borda. Al llegar, siguió adelante, saltó desde la punta y cayó en la orilla de hierba, cerca de Harry, que aún sujetaba el cabo de proa.

Cuando Alan se levantó del suelo, Harry ya le llevaba unos tres metros, y tuvo que echar a correr para alcanzarlo.

—Tranquilo, Harry… ya lo tengo —dijo entre jadeos al llegar a su lado, y le cogió la cuerda de las manos.

Poco a poco, fue recogiendo cuerda hasta tensarla.

Cuando el cabo quedó tirante, tiró del extremo con todas sus fuerzas y clavó los talones en la hierba de la orilla.

La lancha pareció aminorar la marcha, pero era imposible que lograra detenerla: pesaba demasiado y la corriente era demasiado fuerte.

Más adelante, en la orilla, Alan vio un amarradero de hormigón hecho a propósito y, en el extremo más alejado, un velero de madera reluciente. Si su lancha de plástico se le echaba encima, lo dejaría destrozado; de eso no cabía duda.

Cada vez más desesperado, Alan divisó una serie de cornamusas de acero a lo largo del borde del amarradero.

Si conseguía pasar el cabo de proa por la más cercana, pensó, tendría suficiente fuerza de palanca para parar la lancha.

No estaba seguro, pero parecía que no le quedaba otra opción.

O eso, o soltar el cabo de proa y dejar que la corriente se llevara la lancha al centro del río, a la deriva y sin motor, con su mujer y sus otros dos hijos a bordo.

Eso no entraba en sus planes. Sin embargo, si fallaba con la primera cornamusa, veía claro que pasar el cabo por la siguiente lanzaría la lancha entera contra el yate de madera y lo aplastaría como un huevo.

Cuando la primera cornamusa quedó a solo unos tres metros, Alan volvió a recoger cuerda, clavó los talones en la hierba y tiró hacia atrás otra vez. La lancha redujo la velocidad; él corrió hacia delante, dio una vuelta al cabo de proa en la cornamusa y volvió a tirar.

Para su enorme alivio, la lancha fue frenando hasta detenerse con suavidad.

Al ver que la popa se acercaba sola al amarradero, le gritó a Harry:

—¡Corre hacia delante! Cuando llegue la popa, usa la defensa para que no choque contra el borde. Luego intenta coger la cuerda que he dejado en la cubierta y pasarla por esa pieza metálica en forma de T que hay en el suelo, como he hecho yo.

Sin responder, Harry corrió hacia delante y llegó al borde del amarradero justo a tiempo de meter la defensa entre el hormigón y la popa de la lancha, que se acercaba hacia él.

Harry vio cómo la lancha empujaba contra la defensa y su gruesa goma blanca chirriaba en señal de protesta.

Sin soltar el cabo de la defensa, se inclinó hacia delante, agarró el cabo de popa que estaba sobre la cubierta, justo donde su padre le había dicho, y lo arrastró hasta la cornamusa.

Le dio una vuelta, igual que había visto hacer a su padre, y tiró de la cuerda.

Con la lancha sujeta contra el muelle, miró hacia la proa y vio que su padre estaba ocupado amarrando el cabo a la cornamusa. Decidido a ser útil, se asomó a mirar el agua, donde estaba la hélice, en busca de lo que se le hubiera enganchado.

Allí, bajo el agua, lo observaba el rostro de una mujer: los ojos muy abiertos, la boca entreabierta y el pelo flotando como un nido de serpientes.

Una oleada de miedo helado le recorrió las extremidades y lo dejó clavado en el sitio.

Los ojos de la mujer parecieron fijarse en los suyos.

Todo se detuvo, todo menos el corazón, que le latía con fuerza en lo más hondo del pecho.

Entonces vio moverse los labios de ella, y Harry soltó un grito de terror.