Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

A LAN HILLMAN ESTABA cansado. Llevaba meses cansado.

Apenas recordaba una época en la que no lo hubiera estado, no desde el nacimiento de su primer hijo, y de eso hacía ya más de once años.

Desde entonces, Kate, su mujer, había tenido dos hijos más y, aunque la llegada del primero le había dado un inmenso sentido de la vida, además de alegría, emoción y pura dicha, también había traído consigo una enorme responsabilidad, tanto económica como emocional.

Y era una carga que parecía crecer de forma exponencial con cada bebé que nacía.

Alan trabajaba en la venta de ordenadores, un sector que no se había visto tan afectado, ni de lejos, como casi todos los demás; pero la presión de hacer frente a las cuotas mensuales de la hipoteca con un solo sueldo, además de pagar las facturas, comprar la comida y costear pañales, biberones, leche en polvo y quién sabe qué más, resultaba abrumadora en más de una ocasión.

Las cosas llegaron a ponerse tan mal que, en cierto momento, se vieron ante la posibilidad muy real de perder la casa.

Por suerte, los abuelos de Harry intervinieron en el último momento para saldar la deuda, que no dejaba de crecer, y echarles una mano con parte de los gastos mensuales.

Cuando bajaron los tipos de interés, la vida se hizo más llevadera, pero la presión siguió ahí, al menos para Alan, y el dinero siempre acababa siendo un problema.

Al cabo de unos años, y con dos hijos más, surgió el tema de las vacaciones.

Hasta entonces no habían podido permitirse ninguna, al menos no unas de verdad.

Con tres niños a su cargo, Kate se había conformado con prescindir de ellas una temporada, pero, encerrada en casa con ellos día tras día, año tras año, empezó a preguntar si no habría forma de permitirse una escapada.

Para Alan, unas vacaciones consistían en acurrucarse en algún sitio y dormir una semana entera, pero su mujer siempre había tenido planes más aventureros, que sonaban tan agotadores como caros serían sin duda.

Al menos había conseguido convencerla de que, por el momento, se quedaran en el Reino Unido.

Y así, con la familia cada vez más numerosa a cuestas, una vez al año se escapaban a distintos lugares: unas veces a Devon, otras al Distrito de los Lagos. La de aquel año, sin embargo, era su aventura más ambiciosa hasta la fecha: unas vacaciones en barco por los Norfolk Broads.

Para variar, esta vez la idea había sido de Alan.

Siempre había albergado la vaga fantasía romántica de que algún día podría comprarse un yate y dar la vuelta al mundo navegando, dejando atrás sus cuitas, sus preocupaciones y, sobre todo, su trabajo.

Las posibilidades de que llegara a hacerlo eran escasas, en el mejor de los casos; no con tres hijos, un empleo con pocas perspectivas de ascenso y una hipoteca que estaba muy lejos de quedar pagada.

Es más, no tenía ni la más remota idea de barcos.

Lo más cerca que había estado de uno fue cuando llevó a la familia al Salón Náutico de Londres, pero allí ninguno estaba en el agua: todos aparecían rodeados de plataformas con mullida moqueta.

Había sido un amigo quien le sugirió unas vacaciones en barco por los Broads en Semana Santa, porque salían algo más baratas que en verano.

Las páginas web que le recomendó vendían la experiencia como algo relajante y despreocupado, justo lo que él creía necesitar.

Le resultaba fácil imaginarse como un capitán heroico que se deslizaba sin esfuerzo por un río majestuoso, entre vistas amplias y despejadas, con los juncos mecidos por una brisa suave y apacible.

La realidad resultó bastante distinta.

Habían llegado para empezar sus dos semanas de vacaciones el fin de semana anterior a que una tormenta cruel y helada, llegada de Escandinavia, azotara la costa de Norfolk. Las condiciones eran tan malas que durante tres días no les dejaron sacar el barco de alquiler.

Cuando por fin les entregaron las llaves, Alan no tenía ni idea de lo difícil que iba a ser sacar un barco a un río crecido y a punto de desbordarse.

El viento, que seguía soplando con fuerza, tampoco ayudaba.

Con frecuentes chaparrones que remataban la fiesta, los cuatro primeros días acabaron varados contra una orilla aislada, justo pasado Upton Dyke, en el río Bure, sin un sitio donde comprar ni lo más básico.

Ni siquiera encontraron un grifo para llenar los depósitos de agua.

Incluso cuando dejó de llover, el viento seguía soplando del este con tanta fuerza que los mantenía pegados al amarre.

Cada vez que Alan intentaba salir a motor, el viento devolvía el barco a su sitio.

O la potencia del motor no bastaba o, lo más probable, él no sabía cómo hacerlo.

Siempre que lo intentaba, lo único que conseguía era que la corriente los arrastrara aún más río abajo, con la proa empujada sin parar hacia la orilla.

Así que, durante los primeros días, no les quedó más remedio que soportarse dentro de un barco que parecía encogerse con cada día que pasaba.

Kate no dejaba de culparlo por haber querido llevarlos de vacaciones en barco, y nada menos que a Norfolk, mientras los niños se quejaban sin parar de que estaban aburridos y descargaban sus frustraciones unos con otros.

Y, entretanto, Alan solo deseaba dormir, algo que podría haber hecho en casa y sin gastar un céntimo.

Pronto se instaló una tensión amarga: Alan y su mujer solo se hablaban cuando no les quedaba otra, y los niños vivían permanentemente enfurruñados.

No fue hasta el miércoles por la mañana, al despertarse, cuando descubrió que el viento había amainado por fin y había girado del este al suroeste.

La corriente del río también se había calmado y era más manejable, y la combinación de ambas cosas hizo que separarse de la orilla contra la que llevaban atrapados resultara tan sencillo como sacar el coche de la entrada de casa.

Una vez que zarparon, el ambiente a bordo empezó a templarse casi de inmediato, al menos lo suficiente para que él y Kate volvieran a hablarse.

Los niños se contentaban ahora con pasar el día saludando a todos los barcos con los que se cruzaban o, cuando estaban amarrados, jugando a pescar desde la proa con unos trozos de cuerda vieja que habían encontrado.

Incluso Alan empezó a disfrutar de las vacaciones, como demostraba el hecho de que de vez en cuando soltara algún chiste, señal inequívoca de que se le había aligerado el humor.

También mejoró su manejo del barco. Al cabo de un tiempo, los únicos retos que le quedaban eran amarrar y volver a ponerse en marcha; eso y averiguar qué hacer cuando un velero avanzaba hacia ellos dando bordadas contra el viento. En esos casos, se limitaba a hacer lo posible por apartarse.

El domingo lo pasaron explorando el río Thurne, que remontaron hasta Potter Heigham.

Allí encontraron un viejo puente medieval, muy conocido en la zona por lo difícil que resulta pasar por debajo debido a su escasa altura.

Al principio habían esperado pasar por debajo con el barco, pero se les quitó la idea al comprobar de primera mano lo bajo que era, y se conformaron con mirar cómo lo intentaban otros navegantes, algunos con más éxito que otros.

Aquella tarde decidieron amarrar justo pasado el molino de Thurne Dyke, un imponente molino de viento blanco que antaño bombeaba el agua de las marismas circundantes hacia el río Thurne, pero que ya había quedado en desuso y servía únicamente como atracción turística.

Después de que la familia cenara en el pub cercano, regresaron a su hogar flotante.

Con los niños acostados y su mujer tumbada junto a ellos, Alan disfrutó de un par de horas de tranquilidad sentado en la caseta de gobierno, sin hacer nada más que saborear un par de copas de vino mientras escuchaba los suaves sonidos de los Broads y el crepúsculo daba paso a la oscura paz de la noche.

Al día siguiente pasaron la mañana sin prisas, explorando el pueblo de Thurne y parte de la idílica campiña de los alrededores.

Comieron en el mismo pub donde habían cenado la noche anterior y decidieron ir en barco hasta Horning por la tarde, ya que no estaba demasiado lejos.

A juzgar por las fotografías que habían visto, merecía la pena la visita.

Mientras todos volvían a subir a bordo a duras penas, Alan le preguntó a Kate:

—Si pongo en marcha el motor, ¿crees que podrías ponerles los chalecos salvavidas?

—¡Claro que puedo! —replicó ella con brusquedad—. ¡Tampoco soy tan tonta!

Con una mirada de exasperación, desesperado por evitar otra discusión más, Alan dijo:

—No he dicho que no pudieras, solo te preguntaba si podías. Eso es todo.

—¡Tampoco es que no lo haya hecho antes! —respondió ella, mientras la cabeza le desaparecía escaleras abajo, en la cabina delantera.

— ¡Gracias! —replicó Alan, lo bastante alto como para asegurarse de que lo oyera.