CAPÍTULO NUEVE
E N CUANTO se cerró la puerta, Jenny se volvió hacia Tanner.
—¿Qué te ha parecido?
Tanner echó un vistazo a la fachada de la casa para asegurarse de que puertas y ventanas estuvieran cerradas y no pudieran oírlos. Cuando se convenció de que así era, respondió con tono desdeñoso:
—Lo más probable es que esté en casa de unos amigos y no se haya molestado en avisarle.
—¿No te ha parecido raro que apenas haya hecho nada por encontrarla?
—Un poco, supongo —dijo Tanner—, pero al menos llamó a la policía. Conozco a una o dos parejas que seguramente ni eso habrían hecho.
—¡Pero ni siquiera había llamado a sus padres! —exclamó Jenny—. Tampoco había intentado localizar a sus amigos, y para eso no le hacían falta sus números de teléfono. Le bastaba con mandarles un mensaje por Facebook.
—Quizá.
—Y puede que la única razón por la que llamó a la policía —continuó Jenny— fuera que pensó que era lo que debía hacer.
—Ya sé por dónde vas —dijo él—, pero de momento ni siquiera podemos considerarla una desaparecida, al menos hasta que no se haya hablado con sus amigos y su familia. Si te soy sincero, de no ser porque el coche sigue aquí, habría pensado que lo más probable era que se hubiera fugado con otro.
Jenny miró hacia el río.
—Supongo que podría haber caído al Bure, sobre todo si había bebido. Desde luego, no sería la primera.
—Yo estaba pensando algo parecido. Tal vez deberíamos hacer el recorrido, por si hay alguna señal de ella.
No lo creía probable, no si había tropezado y había caído de cabeza al agua; pero, como no tenían gran cosa que hacer aparte de volver a la oficina a mirar la pantalla del ordenador, pensó que tampoco perdían nada, y echó a andar en la dirección que había descrito Richardson, con Jenny pegada a sus talones.
Al llegar a la orilla del río, siguieron el sendero de sirga en dirección al centro de Wroxham. Jenny mantenía la vista clavada obedientemente en el suelo, buscando cualquier indicio de que alguien hubiera tropezado y caído al agua.
Tanner, entretanto, se limitaba a admirar el paisaje.
Al fin y al cabo, los Broads todavía eran algo muy nuevo para él.
Solo de vez en cuando se acordaba de mirar al suelo, sobre todo al llegar a un tramo de hormigón levantado y agrietado por las raíces de los árboles, donde cualquiera podría haber tropezado y caído al río.
Allí se agachó y examinó la zona con más detenimiento, escudriñando desde la orilla hasta la otra margen, donde había una espesa hilera de árboles y arbustos; pero nada indicaba que allí hubiera pasado nada raro.
Unos diez minutos después, llegaron al puente ferroviario que había mencionado Richardson. Se detuvieron a contemplar su estructura victoriana de ladrillo rojo, que se cernía sobre ellos, antes de adentrarse en la penumbra húmeda que debía de reinar permanentemente debajo.
De la nada, el estruendo de un tren les estalló encima y los sobresaltó a los dos.
Mientras el tren traqueteaba sobre ellos, algo llamó la atención de Tanner cerca del borde del muro de ladrillo cubierto de musgo.
Se acercó y se agachó para verlo mejor. Allí, en el sendero de sirga, apenas logró distinguir una mancha circular más oscura que el hormigón de alrededor. Sacó el móvil, encendió la linterna y dirigió la luz hacia ella.
Cuando el último vagón se alejó traqueteando, en el silencio gélido que siguió, Jenny se acercó para ver qué estaba mirando el nuevo inspector.
Cuando ella se agachó a su lado, Tanner señaló lo que había encontrado.
—¿Qué te parece esto?
—¿Sangre? —respondió ella, más como una sugerencia que como una verdadera respuesta.
Tanner estiró un dedo y tanteó el borde de la mancha.
—Podría serlo. Pero, si lo es, está seca, así que lleva ahí un buen rato.
Se quedaron mirándola un momento más, hasta que Tanner se puso de pie.
—Será mejor que llame al inspector jefe Barrington para informarle. Que decida él qué hacemos con esto.
Salió del oscuro túnel del arco, apagó la linterna del móvil y marcó el número de la comisaría de Wroxham, que había guardado la tarde anterior.
Enseguida le pasaron con Barrington y le explicó brevemente la situación: a Jane Richardson la habían visto por última vez el sábado por la noche, pero su marido aún no había preguntado a ningún amigo ni familiar si la habían visto o sabían algo de ella.
Le describió el camino que podría haber tomado al volver del pub y le dijo que quizá habían encontrado una mancha de sangre justo debajo del puente ferroviario.
¿Quería que fuera el equipo de criminalística a examinarla?
Barrington opinaba lo mismo que Tanner: mientras no hubieran hablado con sus amigos y su familia, difícilmente podía considerarse desaparecida; y, con los presupuestos tan ajustados, no había forma de justificar el tiempo y el gasto de meter a criminalística a esas alturas.
Tanner colgó y volvió a la esquina del arco. Allí siguió con la mirada los ladrillos hasta lo alto de la bóveda para calcular si la zona quedaba protegida de las inclemencias del tiempo. Concluyó que probablemente no, y se volvió hacia Jenny.
—No tendrás por casualidad bolsas para pruebas, ¿verdad?
—Debería tener alguna —respondió ella, y se puso a rebuscar en el fondo del bolso.
Sacó un paquete enrollado de bolsas, separó una y se la tendió.
Tanner sacó las llaves. Escogió una, se agachó y raspó un poco de lo que, desde luego, parecía sangre seca y lo echó en la bolsa.
La cerró y se la guardó discretamente en el bolsillo interior de la chaqueta.
Luego dejó esas mismas llaves en el suelo, junto a la posible mancha de sangre, como referencia de tamaño, y tomó un par de fotografías.
Recogió las llaves, se incorporó y dijo:
—Probablemente no sea nada, pero nunca se sabe, y sospecho que, donde está, la próxima lluvia la borrará.
Hecho esto, pasaron unos minutos más examinando la zona bajo el arco con las linternas de los móviles.
Jenny vio algo que brillaba en el otro extremo del arco y se acercó a mirar. Allí encontró una joya pequeña pero inconfundible. Tenía forma de mariposa, con las alas de un azul intenso y un elaborado reborde dorado.
Cuando Tanner se acercó a su lado, Jenny dijo:
—Parece un pendiente.
—Si tú lo dices —repuso Tanner—. Será mejor que le haga una foto —añadió—. A ver si puedes meterlo en una bolsa sin tocarlo.
Mientras Tanner hacía unas cuantas fotografías más, Jenny volvió a hurgar en el bolso para encontrar algo con lo que poder coger una joya tan pequeña.
Al final dio con unas pinzas, que le sirvieron a la perfección, y guardó la pieza, ya metida en la bolsita, en uno de los bolsillos laterales del bolso.
Cuando estuvieron seguros de que no quedaba nada más por encontrar, salieron de debajo del puente del ferrocarril y siguieron camino por la senda de sirga hasta llegar a Wroxham.
Jenny se detuvo un momento para señalarle dónde estaba el pub Bittern y luego emprendieron el camino de vuelta, sin dejar de inspeccionar el suelo de vez en cuando.
De vuelta en el XJS, Jenny lo fue guiando hacia el pueblo, rumbo a la comisaría de Wroxham, con una breve parada de camino en una gasolinera para comprar un sándwich y un café a modo de almuerzo.