CAPÍTULO SIETE
E N CUANTO JENNY acabó de citarse con el marido de la mujer desaparecida, se levantó de la mesa y le hizo una señal a Tanner para indicarle que estaba lista. Se puso un abrigo de cuero marrón que le llegaba a la cadera y abrió la marcha hacia la recepción y, más allá, hacia el aparcamiento.
Hacía un día frío y encapotado, más propio de enero que de abril. Tanner se dirigió a paso ligero hacia su coche y lo abrió con el mando.
Cuando lo alcanzó, a Jenny le sorprendió ver aquel Jaguar bastante anticuado al que le hacía falta un buen lavado con urgencia.
—¿Es suyo?
A Tanner le pareció que aún era demasiado pronto en su relación para soltarle un comentario sarcástico del tipo: «Pues no. Lo he robado de camino», así que se limitó a contestar:
—Lo es.
—¿Y lo compró a propósito o fue el segundo premio de una tómbola?
Al llegar a la puerta del conductor, Tanner se detuvo. Para ser tan joven, desde luego parecía bastante segura de sí misma; quizá demasiado. Pero al menos tenía sentido del humor.
—En realidad, fue el primer premio —dijo, y metió la mano bajo la manilla de cromo sin pulir para abrir la puerta.
Jenny miró el coche de arriba abajo, como se mira a un amigo que ha elegido fatal la ropa, y arrugó la nariz, pequeña y afilada.
—¿No le parece un poco… ochentero ?
Tanner, que ya iba a subirse, se quedó mirándola por encima del techo bajo del coche.
Estaba acostumbrado a que sus compañeros comentaran algo sobre su coche, pero normalmente eran comentarios más elogiosos.
Hasta desconocidos se le habían acercado para hablarle de él, y también en términos positivos, a menudo para contarle que ellos habían tenido uno o que conocían a alguien que lo había tenido.
Unos años antes, incluso se lo había toqueteado a conciencia un grupo de bomberos.
Se lo encontró rodeado de ellos después de haberlo dejado aparcado en una calle de Londres.
Al principio pensó lo peor, que de algún modo se había incendiado, pero no era eso.
Acababan de atender una falsa alarma cerca de allí y, antes de volver, habían decidido mirarlo más de cerca.
Por supuesto, en aquella época lo tenía impecable, y aunque ahora ya no fuera el caso, esa era la reacción a la que estaba acostumbrado.
Al fin y al cabo, el XJS era un coche cada vez más escaso, y más aún en el estado en el que estaba el suyo; o en el que estaría si lograra reúnir la motivación suficiente para limpiarlo.
Pillado por sorpresa, al descubrir que el comentario le había molestado y con el ego ligeramente abollado, Tanner dijo:
—No es su estilo, por lo que veo.
—Perdone —respondió Jenny, que se sintió estúpida y culpable a la vez.
¡Lo último que pretendía era insultarle el coche!
Pero estaba nerviosa y tenía la peligrosa costumbre de decir lo que no debía cuando se ponía así.
Hacer comentarios despectivos no era precisamente lo más sensato, y menos cuando el hombre en cuestión era un oficial de alto rango al que intentaba ganarse—.
No lo decía con mala intención. Es que es, bueno, poco corriente, supongo; y la franja deportiva del costado sí que tiene algo muy ochentero.
Al darse cuenta de que probablemente había vuelto a meter la pata, intentó tapar el segundo agujero que acababa de cavarse:
—Pero es muy bonito.
Tanner se tomó un momento para recorrer con la vista la fina franja roja y gris que atravesaba en horizontal los dos costados del coche.
Nunca le habían gustado demasiado. Tampoco le gustaban los llamados «arbotantes», un elemento de diseño exclusivo del XJS formado por dos superficies cóncavas de acero que bajaban desde el techo, a cada lado de la luneta trasera, hasta desaparecer en los pilotos traseros.
Nunca se había parado a pensarlo, pero la chica tenía razón: aunque el coche se había diseñado a principios de los setenta, tenía un aire claramente ochentero, y no en el buen sentido.
Sin embargo, su ego no le permitió darle la razón, así que dijo:
—Debo admitir que tiene mejor aspecto cuando está limpio.
—¿Quiere decir… menos ochentero? —preguntó Jenny, medio frunciendo el ceño, medio sonriendo.
El comentario no pudo menos que hacerle gracia, así que Tanner le devolvió la sonrisa.
—Unos diez años menos, sí.
Abrió la puerta para subir y Jenny subió con él.
Mientras maniobraba para salir de la plaza, dijo:
—Tendrá que indicarme el camino.
—No hay problema —respondió Jenny mientras se abrochaba el cinturón.
Para entonces ya había llegado a la conclusión de que sería mejor dejar de intentar ligar con el hombre que, aunque fuera solo de forma temporal, era su superior directo.
Ligar nunca había sido uno de sus puntos fuertes.
Cada vez que lo intentaba, acababa diciendo cosas que en su cabeza sonaban graciosas, pero que, dichas en voz alta, a menudo resultaban simplemente ofensivas.
Mientras el nuevo inspector mirada por encima del hombro para salir marcha atrás, ella aprovechó para observarle la cara de cerca.
A pesar de que debía de tener unos quince años más que ella, quizá más cerca de veinte, y de que difícilmente podía considerarse un hombre de éxito, dado que seguía siendo un simple inspector y encima se había mudado de Londres a los Norfolk Broads en vez de al contrario —algo que ella esperaba hacer en un futuro no muy lejano—, y a pesar también de que conducía un coche sacado directamente de alguna triste miniserie televisiva de los ochenta, no pudo evitar encontrarlo atractivo.
Ni siquiera era especialmente guapo; si hubiera sido modelo de pasarela, lo habría tenido crudo.
Al menos estaba delgado, pensó. Bueno, más o menos delgado.
Había conseguido conservar casi todo el pelo, aunque había claros indicios de que empezaba a retrocederle y se le estaba poniendo bastante canoso.
Pero había algo en él que la atraía. Los ojos castaños y hundidos le daban un aire a la vez inteligente y vulnerable, y las comisuras de los labios se le curvaban solas hacia arriba cada vez que hablaba con ella, lo que le daba la impresión de caerle bien.
Además, parecía compartir su peculiar sentido del humor.
Cuando él volvió a mirar al frente, ella le echó un vistazo al perfil.
«Tiene la nariz demasiado grande» , decidió, aunque estaba siendo quisquillosa.
Para ser un hombre de mediana edad, era bastante guapo.
«No lleva alianza» , se fijó cuando giró el volante; pero entonces vio un atisbo de blanco donde quizá la hubiera llevado.
«Vale, lo último que necesito es un divorciado de mediana edad con tres adolescentes rondando por casa», pensó, y atribuyó su interés por él a que era de Londres, donde ella quería vivir algún día; eso y que en aquel momento no tenía pareja.
—¿Por dónde? —preguntó Tanner al llegar al final del aparcamiento, y, al volverse, la pilló mirándole fijamente la mano izquierda. O eso, o estaba mirando el velocímetro, lo cual parecía poco probable, dado que acababan de detenerse.
Con la sensación de que la habían pillado calculando mentalmente si él tenía madera de novio —que, en honor a la verdad, era justo lo que estaba haciendo—, volvió de golpe al modo trabajo:
—Ah, a la derecha, y luego otra vez a la derecha en la rotonda.