Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

P uso el intermitente para girar a la derecha, tal como le habían indicado, y preguntó:

—¿Hacia dónde vamos?

—No está lejos —respondió Jenny—. Viven en una de las casas de nueva construcción, al otro lado de las vías del tren.

—Y estará en casa, ¿no? Teniendo en cuenta que son las diez de la mañana de un lunes.

—Es jefe de informática. Dice que trabaja desde casa casi siempre.

—¿Y su mujer? ¿A qué se dedica?

—Es la encargada del Bittern. Es un pub que está junto al río, un poco más abajo.

—Supongo que no se habrá presentado allí.

—Dijo que había llamado para comprobarlo, pero que hoy no la esperaban.

—¿Y ayer?

—Tampoco. Libra los domingos y los lunes. La última vez que la vio alguien del personal fue cuando salió del trabajo el sábado por la noche.

—¿Sabemos a qué hora fue?

—Todavía no. Me baso en lo que me dijo por teléfono. Aún tengo que confirmarlo con alguien del pub.

Jenny notó que empezaba a relajarse en los cómodos asientos de piel color crema del XJS.

Resultaba mucho más fácil hablar de temas de trabajo con el nuevo inspector llegado de Londres que de lo que pensaba, o no, de su peculiar elección de coche.

Lo que sí ofrecía era una conducción extraordinariamente suave, desde luego más que el suyo.

También parecía llamar la atención: ya había visto a un hombre mayor volverse a mirarlo mientras pasaban de largo.

No recordaba que nadie se hubiera vuelto nunca a mirar su coche.

La carretera serpenteaba y, más adelante, Jenny vio el puente ferroviario de Wroxham, por el que los trenes entraban en la estación cercana. Se inclinó hacia delante.

—Cuando pase por debajo del puente, tome el primer desvío a la izquierda. River View Lane.

Tanner se metió por un camino sin asfaltar, flanqueado a ambos lados por campos recién arados; el de la izquierda llevaba hacia una pequeña zona boscosa, con las vías del tren justo detrás, mientras que el otro se extendía hasta el horizonte, donde se perdía en un cielo gris y sin rasgos.

Mientras avanzaban por el camino, espantaron a una bandada de cuervos que se alzó de la tierra recién removida y voló hacia la silueta oscura de unos árboles aún sin hojas que se levantaba más adelante.

—Siga hasta el final —indicó Jenny—. Su casa debería estar en la esquina.

Al poco, Tanner vio que detrás de la hilera de árboles había una fila de casas adosadas de un blanco impecable, retiradas de un río ancho y oscuro. Más allá había más árboles, iguales que los demás: de ramas desnudas, pero con los primeros signos del comienzo de la primavera.

—Desde luego, está aislado —comentó Tanner mientras buscaba un sitio donde aparcar.

—Es una de las muchas urbanizaciones de nueva construcción que el ayuntamiento lleva aprobando últimamente —dijo Jenny —. Por aquí no le gustan a nadie, pero parece que no podemos hacer gran cosa.

Tanner optó por aparcar en el arcén de hierba.

Se desabrochó el cinturón, salió del coche y se tomó un momento para observar el entorno.

Entendía el atractivo de vivir allí. El lugar tenía una vista despejada, sin nada que la obstruyera, de lo que parecía un tramo tranquilo del río.

Aparte de las casas no había ni un solo edificio más: ni tiendas, ni garajes, nada.

Quizá fuese demasiado tranquilo para su gusto.

El único ruido era el del río y algún graznido de los cuervos, que llegaba en eco desde los árboles de arriba.

Tanner y Jenny se dirigieron a la primera de las casas, todas idénticas: dos plantas, paredes encaladas, relucientes puertas negras y tejados de pizarra gris.

En la entrada había dos coches, los dos aparcados de frente a la casa. Uno era un Porsche 911 plateado, nuevo y reluciente; el otro, un Audi TT rojo más viejo.

Tras echar un vistazo rápido por las ventanillas de los coches al pasar camino de la puerta principal, Tanner dijo:

—Parece que no les va mal.

—Aunque no tienen hijos —observó Jenny.

—Probablemente no —coincidió Tanner, satisfecho de que ella se hubiera fijado en que ninguno de los coches llevaba sillas infantiles y que el interior de ambos parecía demasiado limpio para usarse a diario como coche familiar.

Llamó al timbre.

Retrocedieron medio paso y esperaron en silencio, escuchando el timbre resonar dentro de la casa.

No tardaron en oír unos pasos que se acercaban, y la puerta la abrió un hombre bien arreglado, de unos veintiocho años, con unos chinos color tostado y un jersey. Era delgado, aunque no alto; tenía la piel ligeramente bronceada, el pelo corto castaño claro y llevaba gafas de montura fina.

—¿El señor Simon Richardson? —preguntó Tanner mientras sacaba la identificación policial oficial del bolsillo interior de la chaqueta.

—Soy yo —respondió el hombre, con un acento seco y un matiz de irritación, como si la llamada a la puerta lo estuviera apartando de algo más importante que tenía dentro.

—Soy el inspector Tanner, de la Policía de Norfolk. Esta es mi compañera…

Al darse cuenta de que no recordaba el apellido de Jenny ni su rango, Tanner se detuvo y la miró.

Ella debía de esperárselo, porque levantó su propia identificación.

—Agente Evans. Hablamos por teléfono, señor Richardson.

—Claro —dijo el hombre, y su actitud pasó de la leve irritación a la preocupación por su mujer desaparecida—. Supongo que no hay novedades.

—Todavía no —respondió Jenny, y miró a Tanner.

Al interpretarlo como una señal para tomar el relevo, Tanner preguntó:

—¿Podemos pasar?

—Por supuesto —dijo el hombre, y se volvió para guiarlos por un pasillo estrecho hacia la parte de atrás de la casa.

Allí la vivienda se abría a una cocina ultramoderna de planta abierta y tamaño medio, con puertas plegables acristaladas que daban al patio, muebles angulosos de color crema, suelo de baldosas blancas y vistas a un pequeño jardín recién vallado.

—¿Les apetece beber algo?

—No, gracias —declinó Tanner con seca formalidad, mientras echaba un vistazo a la cocina.

Sobre la encimera gris oscuro, junto al fregadero, había un solo cuenco blanco con una cuchara dentro. A su izquierda, en una isla de cocina, había una copa manchada de vino junto a un montón desordenado de cartas y revistas.

Aparte de que de todo parecía haber solo una unidad, nada daba la impresión de estar fuera de lugar.

Tanner abrió el interrogatorio.

—Tenemos entendido que cree que su esposa podría estar desaparecida.

—Por eso llamé a la policía —respondió Richardson, no sin cierto sarcasmo.

Al ver que Jenny ya había sacado el cuaderno y tenía el bolígrafo preparado, Tanner continuó:

—¿Cuándo la vio por última vez?

—El viernes por la mañana, cuando se fue a trabajar.

—Pero ¿no denunció su desaparición hasta hoy?

—Bueno, no, pero he estado fuera el fin de semana, jugando al golf. Me marché el viernes por la tarde, antes de que ella volviera del trabajo.

—¿A qué hora?

—Sobre las ocho.

—¿Y a esas horas todavía no había vuelto del trabajo?

—No, pero trabaja en el Bittern. Es la encargada, así que siempre acaba quedándose hasta tarde.

—¿Así que se marchó el viernes por la tarde a su fin de semana de golf y no ha sabido nada de ella desde entonces?

—Me temo que no.

—¿Ni llamadas, ni mensajes de texto, ni correos, ni mensajes de ningún tipo?

—Nada —confirmó Richardson.

—¿Me está diciendo que no tuvo ningún contacto con su mujer durante tres días enteros y que no se le ocurrió llamar a la policía hasta esta mañana?

—Bueno, sí, pero eso no era nada raro.

—Perdone, pero a mí sí me parece un poco raro.

—A usted quizá, pero nunca hemos sido una de esas parejas que pasan juntas cada minuto del día. Siempre hemos tenido cierta independencia, incluso después de casarnos. Ni siquiera compartimos el mismo círculo de amigos; así que, si uno de los dos se va, no necesariamente seguimos en contacto.

—Entendido —dijo Tanner, aunque seguía pareciéndole raro, sobre todo en una pareja que no podía llevar mucho tiempo casada. Tomó nota mental para volver sobre el asunto y preguntó:

—¿Iba en coche al trabajo?

—Prefería ir andando. Está a menos de un kilómetro. Aún más cerca si se toma el atajo de la orilla del río.

—¿Y por dónde solía ir?

—Depende del tiempo y de la época del año. En invierno se suponía que tenía que dar la vuelta por el camino largo. En el camino de sirga no hay farolas, ¿sabe?, y nunca se sentía muy segura yendo por ahí. Aunque, dicho eso, lo más habitual es que acabara volviendo por el río de todas formas.

—¿Y dice que el sábado trabajó?

—Según el pub, sí.

—No sabrán por dónde volvió, ¿verdad?

—Me temo que no se me ocurrió preguntarlo, pero, conociéndola, lo más probable es que fuera por el río.

—¿Cabe la posibilidad de que se quedara luego a tomar algo?

—No era lo habitual, pero tampoco lo pregunté. ¿Por qué?

—Por nada —respondió Tanner. Si había salido bebida y había cogido el camino del río, podría haberse caído al agua sin dificultad. Sabía de casos así, y no pocos, en el Támesis.

Como no quería plantear esa posibilidad todavía, Tanner siguió:

—Doy por hecho que esos coches aparcados en la entrada son suyos.

—Correcto. El Porsche es el de ella. Un regalo de «papá» .

Había un inconfundible tono de resentimiento, algo que Tanner también apuntó mentalmente.

Dejándolo también a un lado, preguntó:

—¿Ha podido hablar con sus amigos?

—No, pero es que no tengo sus números de teléfono. Solo he llamado al pub.

—¿Le dijeron cuándo la habían visto por última vez?

—Dijeron que se marchó sobre las diez y media del sábado por la noche.

—¿Y su familia? ¿Vive alguien cerca?

—Sus padres sí. Aquí al lado, en Horning.

—¿No podría estar quedándose con ellos?

—No creo.

—¿No se lo ha preguntado? —insistió Tanner, sin disimular su incredulidad.

—Bueno, no, pero estoy seguro de que no está allí. Su coche sigue fuera y viven demasiado lejos para ir andando.

—¿No cree que debería haberlos llamado de todos modos, para asegurarse?

—Supongo, pero, la verdad, no quería preocuparlos.

—¿Y prefirió llamar a la policía?

—Ajá.

—¿Y dejar que los llamemos nosotros?

—Bueno... yo...