Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

E N CUANTO SALIERON del despacho, el inspector jefe Barrington levantó la voz:

—¿Me prestáis todos atención, por favor?

Recorrió con la mirada la zona diáfana y esperó con paciencia a que quienes no estaban al teléfono se volvieran hacia él y a que los que sí lo estaban colgaran o, al menos, bajaran la voz.

Hacía muchísimo tiempo que no presentaban a Tanner de aquella manera: no lo hacían desde sus primeros días en la comisaría de Colindale. No le había gustado entonces y, desde luego, tampoco le gustaba ahora.

Cuando estuvo seguro de que prácticamente todos los de la oficina miraban hacia él, Barrington continuó:

—Quiero presentaros al inspector John Tanner. Viene a sustituir a Tommy, que, como todos sabéis, disfruta ya de una jubilación más que merecida.

Le siguió un murmullo de aprobación.

Hasta su jubilación, unas semanas atrás, Tom —o Tommy, como lo llamaban cariñosamente— había estado destinado en la comisaría de Wroxham desde que entró en el cuerpo, allá por los primeros años setenta.

—Tras más de veinte años en la Policía Metropolitana, el inspector Tanner aporta una enorme experiencia que, estoy seguro, nos resultará inestimable a todos.

La noticia de que el inspector venía de Londres levantó un reguero de comentarios susurrados por toda la sala.

No era habitual que un inspector se trasladara de Londres a Norfolk, y menos uno que aún parecía relativamente joven, y la sospecha general sería que detrás tenía que haber algún motivo, más allá de un simple ascenso.

—Viene muy bien recomendado —añadió Barrington—.

Está claro que no conoce la zona como vosotros, así que cuento con que le deis el apoyo y la orientación que vaya a necesitar.

Para acelerar el proceso, lo he asignado temporalmente a Personas Desaparecidas.

Creo que será la forma más rápida de que se ponga al día.

Barrington se detuvo un instante para pasear una mirada severa por la sala y dejar así claro el mensaje de fondo: que, aunque probablemente ninguno de ellos quisiera a Tanner allí, y él menos que nadie, cuanto antes aceptaran que estaba, antes podría todo volver a ser como antes de que Tommy entrara arrastrando los pies en su despacho para anunciar que se jubilaba.

—Bien. Vamos allá. Creo que esta mañana nos ha entrado un aviso de que la mujer de alguien no está donde debería. ¿Quién lo lleva?

Cerca de la puerta que daba a recepción, una chica con vaqueros azules y una camiseta oscura levantó la mano. Era delgada y atractiva, de pelo negro hasta los hombros, piel pálida y unos ojos azules brillantes.

—Agente Evans, ponle al inspector Tanner al día de cómo va el asunto. Y, como conoces los Broads tan bien como cualquiera de los que estamos aquí, sería útil que trabajarais juntos en Personas Desaparecidas una temporada.

—¡Pero, señor! —protestó una voz al otro lado de la sala, junto a la pizarra.

Tanner vio que era el mismo hombre al que había visto contestar al teléfono al llegar.

—Sí, Burgess, ¿qué pasa? —preguntó Barrington, con un claro deje de irritación en la voz.

—Bueno, señor, es que la agente Evans lleva meses trabajando con nosotros en los robos en las embarcaciones.

—Todavía tienes a Cooper y a Gilbert, ¿no?

—Sí, señor, pero…

—Y, como tú mismo acabas de decir, ¡lleváis meses !

Por el énfasis quedaba claro que Barrington lo decía como una reprimenda, aunque velada, y bastó para zanjar la discusión. Para asegurarse de que el tema quedaba cerrado, remató la breve presentación:

—Bien. Eso es todo por ahora. Seguid con lo vuestro.

Mientras todos volvían a lo que estaban haciendo, Barrington llevó a Tanner hasta la joven agente que había levantado la mano.

Estaba sentada en un grupo de mesas junto a dos agentes de uniforme, un hombre y una mujer, los dos de veintipocos años, que ahora miraban sus monitores con especial intensidad mientras los mandos se acercaban.

—Buenos días, Jenny. ¿Qué tal el fin de semana?

Sin sonreír, se puso en pie.

—Muy bien, gracias, señor —dijo, y aprovechó para echarle una mirada rápida al nuevo inspector.

—Inspector John Tanner, esta es la agente Jenny Evans. A ver, ¿qué hay de esa desaparición? Me dicen que la mujer de alguien se ha esfumado.

—La persona en cuestión es Jane Richardson, señor —dijo Jenny—. Su marido es Simon Richardson. Viven justo al otro lado del puente del ferrocarril. Dio el aviso esta mañana. Había estado fuera el fin de semana y, cuando volvió anoche, ella no estaba.

—Y se suponía que debía estar, ¿no?

—Él parecía pensar que sí.

—¿Crees que pinta mal?

—Yo diría que no, señor. Al menos, todavía no. Cuando lo interrogué, dijo que no era la primera vez que ella se iba unos días a casa de unos amigos sin avisarle. Así que, por ahora, lo tenemos clasificado como de baja prioridad.

—Pues suena razonable, pero no está de más que vayas a hablar con él en persona. Así le puedes dar al inspector Tanner una vuelta por el pueblo.

—Sí, señor —respondió Jenny, y miró un instante a Tanner.

—Antes de eso, enséñale dónde estaba la mesa de Tommy; creo que acordamos instalarlo ahí. Y, si el hueco de al lado sigue libre, puédete mudar tú también cuando tengas un rato.

—Sí, señor —repitió ella, esta vez con un leve atisbo de sonrisa.

—Por cierto, ¿cuándo tienes el examen de sargento?

—Hasta octubre, no, señor.

Barrington se volvió hacia Tanner.

—Jenny acaba de salir de uno de los nuevos cursos de detective en prácticas y ya le está echando el ojo al galón de sargento. En fin, os dejo.

Volvió a su despacho y dejó a Tanner y a Jenny solos, sin que ninguno de los dos supiera cuál de ellos iba a hablar primero.

Jenny terminó diciendo, con una sonrisa coqueta:

—Supongo que será mejor que le enseñe dónde está su nuevo escritorio, ¿no?

Lo llevó hasta el siguiente grupo de mesas, se detuvo detrás de una silla y apoyó las manos en el respaldo.

—Aquí se sentaba Tommy.

Tanner se detuvo junto a ella y miró su nuevo escritorio, que parecía recién despejado para la ocasión: no tenía polvo y encima solo había lo imprescindible.

—Supongo que ya le han configurado el acceso a la intranet, ¿no? —dijo Jenny.

Tanner volvió a bajar la vista hacia el escritorio, pero esta vez con una tensa sensación de expectación nerviosa.

—Me han enviado un nombre de usuario y una contraseña —respondió.

No le quedaba otra que ver aquello como un nuevo comienzo, aunque no fuera uno que deseara especialmente. Sabía que, si no lo hacía, su vida estaría acabada. Irguió los hombros, se volvió hacia Jenny y, tras tomar aire con fuerza, dijo:

—Perdone, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

Con una sonrisa en la que había poca diversión, Jenny respondió:

—Soy la agente Evans, pero aquí todo el mundo me llama Jenny.

—Bien, agente Evans, a la que todo el mundo llama Jenny. Supongo que será mejor que quedemos para hablar con ese señor... Richards, ¿no era así?

—Richard son —lo corrigió ella—. Déjeme llamarlo para averiguar cuándo está libre.

Tanner la observó regresar a su propia mesa antes de sentarse con cautela en su nueva silla.

Después de girarla un par de veces de un lado a otro, comprobó que el monitor quedara a la altura de los ojos y buscó a tientas la palanca para regular la silla.

Una vez que la tuvo a su gusto, se asomó bajo la mesa y alargó la mano para encender el ordenador que acechaba allí abajo.

Cuando el aparato cobró vida, sacó el móvil para consultar su nombre de usuario y la contraseña.