Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

E L DESPACHO DEL INSPECTOR JEFE era una estancia de aspecto moderno, bañada por la luz natural que entraba por un gran ventanal con vistas al aparcamiento delantero.

De una de las paredes colgaba un gran mapa de Ordnance Survey de los Norfolk Broads; pero lo más interesante, al menos para Tanner, era el intenso aroma del café recién hecho.

Instintivamente, miró a su alrededor en busca de su procedencia. En un rincón, bajo la mampara de cristal que daba a la oficina diáfana, había una cafetera eléctrica cromada sobre una mesita baja, que borboteaba tranquilamente a lo suyo.

Al darse cuenta de lo que miraba, Barrington cerró la puerta y preguntó:

—¿Le apetece beber algo? ¿Un café, quizá?

—Ah, eh… —empezó Tanner. Normalmente, cuando le hacían esa pregunta, respondía que no de forma automática, pero no porque no le gustara el café.

Todo lo contrario: le encantaba y se reconocía adicto.

Sin embargo, también era todo un entendido, y el café instantáneo que soltían ofrecerle solo lo bebía por pura desesperación, como el que se había visto obligado a comprar para el barco.

Aquella vez, en cambio, estaba dispuesto a romper con la tradición, y dijo—: Me vendría bien, gracias.

Mientras servía el café en dos tazas de porcelana blanca, Barrington preguntó:

—¿Cuándo llegó?

—Ayer por la tarde —respondió Tanner.

—¿Leche y azúcar?

—Solo leche, gracias.

—¿Y dónde se aloja?

—Ah, pues en un barco, la verdad —respondió, un tanto cohibido—. Pero solo hasta que encuentre algo más permanente.

Barrington le pasó una de las tazas.

—¡Un barco! Eso suena muy aventurero.

Con el amago de una sonrisa, Tanner contestó:

—Si con eso quiere decir incómodo, tendré que darle la razón.

Barrington le indicó con un gesto que se sentara y se sentó él también. Dio un sorbo al café y dejó la taza en el platillo a juego.

—Mire, Tanner, voy a ser completamente sincero con usted.

No era mi primera opción para este puesto.

De hecho, tendría que decirle que no fue en absoluto mi elección.

No es nada personal; es que prefiero agentes que conozcan la zona, a ser posible gente criada aquí o que, al menos, lleve unos cuantos años trabajando en Norfolk.

Estoy convencido de que conocer el terreno es la clave para que la labor policial funcione, sobre todo aquí, y, francamente, ¡usted no lo conoce en absoluto!

—Lo sé, pero… —empezó Tanner, pero Barrington lo interrumpió.

—Y a eso hay que añadir los motivos por los que solicitó el traslado.

Tanner notó una oleada de ira recorriéndole el cuerpo, que le empujó la sangre hacia el cuello y la cara.

No esperaba que en aquella conversación se sacara a relucir lo que le había ocurrido a su hija, y mucho menos de una manera tan despectiva, y ya empezaba a sentir rencor hacia el hombre que tenía enfrente por haberlo hecho.

Obligándose a mantener la calma, Tanner dijo:

—Y, como ya le expliqué en su momento, las circunstancias…

—No hace falta que me explique nada, Tanner —lo interrumpió Barrington—.

He leído su expediente. Lo que le pasó a su hija fue simplemente…

Bueno… Yo también tengo hijos. No puedo ni imaginar lo duro que debió de ser para usted.

Pero, dejando eso aparte, no es precisamente un motivo para ofrecerle un trabajo a alguien, ¿no le parece?

—No, pero…

—No necesito aquí a un puñado de inútiles cuyo único interés sea buscarse una alternativa cómoda a la vida en la Met.

Puede que esto no sea Londres, pero los Broads pueden resultar igual de exigentes, sobre todo en plena temporada alta.

No sé si alguien se ha molestado en decírselo, pero cada verano se nos echan encima más de ocho millones de visitantes, lo que supone una presión enorme tanto para el personal como para el presupuesto.

No puedo permitirme tener destinada aquí a gente cuyo único interés sea deambular por ahí compadeciéndose de sí misma.

Por la cara de furia contenida de Tanner, resultaba bastante evidente que, aunque alguien le hubiera dicho que recibían más de ocho millones de visitantes al año, en aquel momento le importaba una mierda.

Al darse cuenta de que quizá había sido poco delicado al sacar a relucir el supuesto motivo por el que su invitado había pedido el traslado, Barrington dijo:

—En fin, ya está aquí y, desde luego, sus referencias eran inmejorables. ¿Quién fue el que se las dio? Ya no me acuerdo. Me parece recordar que era alguien bastante alto en el escalafón.

Mientras Barrington cogía el ratón y echaba un vistazo al monitor, Tanner respondió:

—El comisario Matthew Bardsley.

Quien le había dado las referencias, el hombre que le había ofrecido su yate, era uno de los agentes de policía de mayor rango del Reino Unido.

—Es un amigo íntimo de la familia —añadió con toda la intención. Añadir aquello al final lo volvía prácticamente intocable; al menos impediría que Barrington siguiera haciendo comentarios mordaces sobre él o sobre su hija.

Barrington repitió:

—El comisario Bardsley, eso es. —Tras fingir que releía lo que había sido una referencia inmejorable, añadió—: Bueno, desde luego lo tiene en muy alta estima.

—Él y mi padre eran amigos mucho antes de entrar en la policía. Me conoce de toda la vida.

Antes de que Barrington descubriera que los dos pertenecían al mismo club de golf y jugaban juntos todos los domingos por la tarde, cerró el expediente con un clic y dijo:

—En fin, como ya le he dicho, no es nada personal. Es solo que preferimos contratar a gente de la zona. Y por eso voy a destinarlo a Personas Desaparecidas, al menos de momento.

Barrington lo observó, tratando de calibrar su reacción ante la noticia de que iba a encargarse de algo que normalmente asignaban a un simple agente. Contaba incluso a medias con tener que defender su decisión. Pero Tanner se limitó a sostenerle la mirada.

A Tanner le habría dado igual que lo hubieran destinado a Mascotas Desaparecidas.

No pensaba admitirlo, pero Barrington tenía razón: había estado buscando un puesto menos exigente.

Habría dejado el Cuerpo encantado si hubiera tenido la menor idea de qué hacer en su lugar.

No podía permitirse jubilarse, que habría sido su primera opción.

Aceptar un puesto en la Policía de Norfolk había sido sugerencia del comisario Bardsley.

Bardsley se había criado en los Broads y había oído por ahí que en Wroxham tenían una vacante de inspector.

Cierto era que había habido un tiempo, y no tan lejano, en el que Tanner se habría reído de quien le hubiera dicho que algún día pediría destino en lo que sus compañeros llamaban «la tierra de las vacaciones», como denominaban a cualquier cuerpo policial que quedara fuera de la demarcación de la Policía Metropolitana.

Por aquel entonces se crecía en el corazón palpitante de una de las ciudades más grandes del mundo y se alimentaba de su energía, igual que tantos millones de personas.

Al entrar en el cuerpo llegó incluso a ser lo bastante ingenuo para creer que podía cambiar las cosas, igual que creía que lo había hecho su padre.

Pero todo cambió cuando le tocó asistir de brazos cruzados, impotente, a cómo su única hija era absorbida cada vez más hondo por lo que ahora consideraba el núcleo putrefacto de Londres, hasta acabar medio desnuda en una cuneta, un cadáver más de los que nadie reclama.

Solo entonces entendió que se había estado engañando.

Lo que en realidad había hecho era intentar labrarse un nombre.

Eso fue lo que le empujó a pasar cada vez más tiempo lejos de casa: la búsqueda de su propia satisfacción.

¡Nada más! Sabía que, si se hubiera molestado en estar a su lado, ella no se habría juntado a propósito con chicos que, y bien lo sabía la chica, él nunca habría aprobado, en un intento desesperado de llamar la atención de su padre.

Fueron ellos quienes la metieron en el mundo de las discotecas y después la dejaban siempre volver sola en taxi, colocada con sabe Dios qué.

Solo después de que la asesinaran se enteró de las fiestas de sexo y cocaína a las que había empezado a ir con ese mismo grupo de supuestos «amigos».

Que no le dejaran investigar su asesinato fue la gota que colmó el vaso, aunque sabía que era la norma, y le dejó un rencor sordo hacia la institución para la que trabajaba, incapaz, al parecer, de entender que él tenía que averiguar quién la había matado.

Al fin y al cabo, ¿de qué servía trabajar en la CID si ni siquiera le dejaban ayudar?

Barrington empezó a sentirse algo incómodo.

—En fin, Personas Desaparecidas te ayudará a familiarizarte con la zona y a conocer a algunos lugareños.

También te dará la oportunidad de asentarte y hacerte con el terreno.

Sé que esto está muy por debajo de tu rango y que buscar maridos que se largan de casa, y esposas que hacen lo mismo, resultará un poco soso, pero tendrás que aguantarte, al menos por ahora.

Esta mañana ha entrado uno. La mujer de alguien.

Seguramente tras una bronca doméstica. Así que, si te parece bien, empezarás por ahí.

Como seguía sin obtener respuesta, Barrington se echó hacia atrás y se separó del escritorio.

—¡Muy bien! Será mejor que te presente a todo el mundo.