CAPÍTULO CUATRO
L A LEVE ANSIEDAD que acompaña a cualquiera que empieza un trabajo nuevo no abandonó a Tanner mientras recorría en coche los poco más de diez kilómetros que separaban el puerto deportivo de Ranworth de la comisaría de Wroxham, donde iba a estar destinado.
El trayecto contrastaba radicalmente con el que antes hacía para ir a Londres.
El único tramo que podía considerarse, aunque fuera vagamente, parecido era el del puente bajo sobre el río Bure, donde el tráfico circulaba a lo que él consideraba una velocidad media londinense.
Pero cruzarlo a tirones, parando y arrancando, tampoco suponía una carga; más bien lo contrario, porque le daba la oportunidad de disfrutar de una vista del río digna de una postal.
Con sus tiendas junto al agua, sus restaurantes, sus barcos y sus casas, era un paisaje verdaderamente idílico.
Hasta había un grupo de cisnes blancos que podía observar, turnándose para alargar sus elegantes y largos cuellos hacia una madre y dos niños pequeños, sin duda con la esperanza de sacarles algo de comida.
Llegar a la comisaría de Wroxham unos minutos después fue otra experiencia nueva. Había hecho la entrevista para el puesto en la sede central de la policía de Norfolk, a las afueras de Norwich, y todavía no conocía a su nuevo jefe.
El edificio en sí era distinto de todas las comisarías que había pisado hasta entonces en su carrera; la diferencia más evidente era lo pequeña que era.
Con una sola planta, fachada de ladrillo rojo, tejado de tejas gris oscuro y puertas y marcos de ventana del mismo color, a Tanner le parecía más un hospicio o una residencia de ancianos.
Aparcó entre un coche patrulla y un Vauxhall Astra, se bajó, echó un vistazo al edificio y consultó el reloj. Acababan de dar las nueve menos diez, así que llegaba con ocho minutos de adelanto.
Cerró el coche con llave, se colocó de espaldas al edificio para enderezarse la corbata, se abrochó el botón central de la chaqueta, se metió la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y se volvió para encaminarse a la entrada, procurando parecer lo más seguro y relajado posible.
Al atravesar la pesada puerta principal, se encontró con una típica recepción policial que olía a una mezcla nada sutil de desinfectante de pino y lejía.
Justo a su derecha estaba el mostrador, tras el cual se hallaba sentado un policía de uniforme que Tanner supuso que era el sargento de guardia: un hombre de aspecto cansado, con la cabeza redonda y afeitada y una papada con una ligera sombra de barba canosa.
Tenía los ojos clavados en la pantalla de un ordenador y ni siquiera pareció advertir que alguien acababa de entrar.
Tanner se acercó al mostrador, se aclaró la garganta y dijo con seca formalidad:
—Inspector John Tanner, para ver al inspector jefe Barrington.
El sargento de guardia lo miró sin sonreír.
—Supongo que es usted el nuevo inspector.
—Eso me han dicho.
—De acuerdo, siéntese. Avisaré al jefe de que ha llegado.
Tanner le dedicó media sonrisa a modo de agradecimiento.
El sargento no se la devolvió.
Mientras el sargento de guardia descolgaba el teléfono, Tanner se acercó a una fila de sillas de plástico azul.
Se quedó de pie frente a ellas, con las manos firmemente entrelazadas a la espalda, y se fijó más de cerca en algunos de los carteles colgados en la pared, recorriendo despacio la sala de un extremo a otro.
Casi nunca le gustaba esperar sentado, y menos aún si estaba intranquilo.
Habría preferido caminar de un lado a otro con la vista clavada en el suelo, porque eso le ayudaba a pensar.
Sin embargo, parecía dar una impresión de impaciencia, y no era la imagen que quería ofrecerle a su nuevo jefe, así que fingió interesarse por los avisos comunitarios de la comisaría.
—¿Inspector Tanner?
Tanner se dio la vuelta y vio que quien le hablaba era un hombre rechoncho, de pelo oscuro, ojos pequeños y cara redonda y abotargada, con las mejillas rojas y manchadas.
Tanner sonrió a modo de saludo y el hombre le tendió una mano cordial.
—Bienvenido a Wroxham. Soy el inspector jefe Barrington. Si me acompaña, podemos charlar un poco antes de que empiece.
Le puso una mano en el hombro para guiarlo y lo condujo hasta una oficina diáfana donde se mezclaban agentes de uniforme y de paisano, unos con la vista en las pantallas de los ordenadores y otros hablando en voz baja por teléfono.
Mientras seguía al inspector jefe Barrington entre las mesas, oyó sonar uno de los muchos teléfonos.
Volvió la cabeza hacia el sonido y vio a un agente de paisano, de pelo castaño oscuro y rizado, complexión media y probablemente cerca de los cuarenta, que se estiraba por encima de su mesa para contestar.
Barrington siguió su mirada y dijo:
—Ese es el inspector Burgess, pero ya le presentaré a él y al resto del equipo más tarde. Antes…
El inspector jefe Barrington se detuvo junto a la puerta de un despacho independiente, separado por mamparas de cristal, y le indicó a Tanner que entrara.