Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

A LA MAÑANA SIGUIENTE, Tanner se despertó solo. Miró la hora en el móvil por puro instinto y se alegró al ver que aún faltaban diez minutos para que sonara la alarma.

Había dormido sorprendentemente bien, mucho mejor de lo que esperaba.

El suave chapoteo del agua contra el casco, el mismo golpeteo rítmico que oía en ese momento, debía de haberlo dormido casi al instante, porque no recordaba nada.

Tampoco había tenido que pasar la noche abriéndose paso entre una sucesión aparentemente interminable de sueños cada vez más tenebrosos, como le venía ocurriendo desde la muerte de su hija, nueve meses antes.

Últimamente sus sueños se habían vuelto tan inquietantes que a menudo se despertaba sin aire, desesperado por distinguir entre lo que era real y lo que, con suerte, no lo era.

Las ganas de ir al baño lo obligaron a levantarse.

Se armó de valor y logró apañárselas con el retrete de emergencia de la proa de babor.

Después cogió una toalla y una bolsa de plástico con los artículos de aseo y se dirigió a lo que había descubierto la tarde anterior: la modesta ducha alojada en el edificio, aún más modesto, del puerto deportivo.

Al volver, se vistió de pie en la bañera del yate, no sin antes cerrar la lona de la entrada.

La noche anterior, cuando se cambió para acostarse, había descubierto que la bañera era el único lugar razonable para hacerlo.

Intentar desvestirse en el camarote era más parecido a jugar una partida de Twister que a prepararse para dormir.

Una vez puesta la camisa blanca de vestir, algo arrugada, el traje gris oscuro y la corbata azul marino, tardó unas tres veces más de lo normal en prepararse un café instantáneo.

Se sentó con la sensación de haber logrado algo y, taza en mano, pasó unos minutos hojeando el periódico local que había comprado el día anterior con la leche y el café.

En la tercera página encontró un artículo sobre una serie de robos que se venían produciendo y se acomodó para leerlo.

No decía gran cosa: solo que alguien, aún sin identificar, había estado forzando la entrada en barcos amarrados en lugares aislados a lo largo de los ríos Bure, Ant y Thurne.

Terminaba con la habitual indignación vecinal por que la policía no hiciera lo suficiente para encontrar a los responsables y con el obligado comentario del cuerpo, que aseguraba estar haciendo todo lo que estaba en su mano para llevar a los delincuentes ante la justicia.

Al ver que quien había hecho esa declaración era el inspector jefe Barrington, el hombre que iba a ser su nuevo jefe, pasó a la sección de anuncios clasificados del final.

La noche anterior ya había marcado con un círculo tres pisos posibles, y volvió a leer los anuncios.

Ninguno resultaba especialmente atractivo, y leerlos a la luz del día no mejoraba las cosas.

Miró el reloj, se acabó el café, dejó la taza vacía en el banco de enfrente y dobló el periódico para llevárselo. Se puso los zapatos negros de vestir, cogió el móvil, la cartera y las llaves del coche, cerró las pequeñas puertas del camarote y salió a duras penas.

Después de cerrar el toldo y con la cabeza ya puesta en su nuevo empleo, salió hacia su primer día como inspector de la Policía de Norfolk.