Broadland (Norfolk Broads 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

C ON CUIDADO DE NO tropezar con las numerosas amarras que unían las embarcaciones atracadas con el muelle, Tanner siguió el sendero según las indicaciones que le habían dado.

De vez en cuando vislumbraba el yate al que se dirigía, por un claro entre los árboles o por encima del techo de otra embarcación.

No tardó en doblar una curva del sendero y encontrarse cara a cara con el yate que, en principio, iba a ser su nuevo hogar temporal.

Matthew Bardsley se lo había descrito con cariño y todo lujo de detalles.

Según él, Seascape era un tradicional yate de crucero de Norfolk de los años treinta, con aparejo de cangreja.

Estaba construido en caoba oscura y lo habían cubierto a conciencia con una gruesa y lisa capa de barniz que le daba un cálido brillo natural.

El yate medía unos siete metros y medio de eslora, sin contar el bauprés, y lo cubría un gran toldo de lona blanca que se tendía sobre la botavara y la cabina hasta la popa. Allí, un par de altas horquillas de madera sostenían la botavara, cuyo extremo sobresalía de forma desgarbada por detrás.

Desde donde estaba Tanner, el conjunto parecía una gran tienda de campaña blanca y anticuada, de esas que usaría un grupo de boy scouts para pasar un fin de semana de acampada.

Se detuvo a unos tres metros y dedicó unos instantes a recorrerla con la mirada: desde el casco liso y barnizado, que reflejaba el sol mientras este danzaba sobre el agua, hasta lo alto del mástil, donde una pequeña bandera triangular azul y roja ondeaba de vez en cuando con la brisa suave.

Era preciosa, pero apenas distinguía cuál era la proa y cuál la popa.

Desde donde estaba, ni siquiera veía por dónde se suponía que iba a entrar.

Antes de aceptar la oferta de vivir a bordo, el propietario del yate, el comisario Bardsley, de la Policía Metropolitana y viejo amigo de la familia, le había enviado una fotografía por correo electrónico, pero en ella el barco aparecía navegando por un broad con todas las velas desplegadas.

Amarrado allí tenía un aspecto completamente distinto, y resultaba mucho más pequeño.

Al acercarse al yate, apoyó con cautela el pie izquierdo en el costado, justo debajo de donde suponía que estaría la entrada de lona.

Después de comprobar que aguantaría su peso, subió a bordo.

Lo que le había contado a la mujer de la tienda era cierto: nunca había estado en una embarcación, al menos no en una tan pequeña como aquella, y no tenía ni idea de si pisar el costado la haría volcar.

Por suerte, lo único que ocurrió fue que el barco se balanceó muy ligeramente.

Una vez a salvo a bordo, se puso a examinar el toldo de lona para averiguar cómo se abría.

Pronto quedó claro que, en efecto, estaba junto a una especie de puerta rectangular, sujeta a la cubierta con un par de pequeños ganchos elásticos.

Como no quería arriesgarse a perder el equilibrio, bajó de la embarcación, se agachó y soltó los ganchos.

Empezó a enrollar la sección de lona liberada, igual que habría hecho con la entrada con cremallera de una tienda de campaña.

Al llegar arriba, volvió a subir a bordo y descubrió otros dos ganchos elásticos en la cara interior.

Los usó para sujetar la lona enrollada, se inclinó hacia delante y escudriñó la penumbra del interior.

No había mucho que ver: solo una pequeña zona cerrada con dos bancos de caoba muy barnizada, uno a cada lado.

Una varilla metálica, fina y larga, se curvaba desde la popa como el cuello de un elegante cisne negro.

En su extremo había un mango cilíndrico de madera pulida del que colgaba un cabo cuidadosamente enrollado.

Enfrente, a la izquierda, había dos puertas plegables.

No medían más de noventa centímetros de alto, así que no se le ocurría qué utilidad podían tener, al menos para un adulto, pero puertas eran, de modo que debían de llevar a alguna parte.

Solo cuando Tanner pasó la pierna por la abertura de lona y la bajó hasta el banco más cercano vio el sobre, blanco e impecable, que allí descansaba.

Lo recogió, se enderežó y se golpeó la cabeza contra una viga de madera de aspecto macizo que parecía recorrer el yate de proa a popa y sobre la que estaba tendido el toldo de lona.

Aquella era una parte del barco de la que sí sabía algo, aunque no recordaba de dónde lo había sacado.

Era la botavara, lo que había que esquivar agachando la cabeza cuando se viraba de bordo, o se trasluchaba, o algo así.

Alzó la mano y apoyó la palma en la cara inferior, lisa al tacto. Desde luego parecía lo bastante sólida, y entendía perfectamente por qué más valía quitarse de en medio cuando pasaba balanceándose por encima de la cabeza.

Tanner bajó la vista hacia el sobre y vio que iba dirigido a él. El comisario Bardsley le había dicho que le dejaría algún tipo de nota, así que encontrar la carta no fue una gran sorpresa.

Sentado en uno de los bancos, duros y pulidos, Tanner abrió el sobre y sacó una hoja de papel A4 doblada. En una cara había una carta manuscrita y, en la otra, un esquema de la embarcación.

La mujer de la tienda ya le había adelantado buena parte del contenido, pero la carta incluía además algunos datos útiles.

Por ejemplo, decía que había un retrete en la proa, junto con un lavabo y una placa de gas.

Por desgracia, no había frigorífico, ni congelador, ni microondas. Ni siquiera había ducha.

Consultó el esquema del reverso y no tardó en localizar la placa doble de gas, muy parecida a las de camping.

Estaba escondida bajo la parte delantera del banco de enfrente, justo el que no ocupaba él; no era precisamente el primer sitio donde se le habría ocurrido buscar un electrodoméstico de cocina.

La miró y arqueó una ceja. La falta de medios para cocinar no le preocupaba demasiado: tampoco se veía dedicando horas a crear obras maestras culinarias.

Pero se daba cuenta de que la ausencia de ducha iba a ser un problema, y desde luego no le habría venido mal tener un microondas a mano.

Se recordó que solo sería algo temporal y siguió leyendo; le alivió saber que podría usar las duchas del edificio de la marina. Volvió a meter la carta en el sobre, lo dobló por la mitad, se puso en pie y se lo guardó en el bolsillo trasero de los vaqueros azul oscuro.

Se agachó, levantó un pequeño pestillo de latón que mantenía unidas las dos puertas de madera, las abrió y se asomó al interior.

—Pues sí que va a ser acogedor —dijo.

La cabina que se abría ante él era compacta, por decirlo suavemente. Por lo que alcanzaba a ver del interior en penumbra, consistía únicamente en dos bancos corridos, cada uno con un largo cojín rectangular rojo encima.

Se asomó hacia la proa y vio que allí había otra cabina, aún más pequeña que aquella, y con el techo tan bajo que ya sería suerte si conseguía ponerse de rodillas, no digamos de pie.

Bardsley había escrito algo sobre el techo; Tanner sacó la carta, buscó el apartado correspondiente y lo volvió a leer para sí. Después examinó el borde superior de la cubierta de la cabina, que, al parecer, se levantaba de algún modo.

Vio que había pliegues de lona recogidos a lo largo de los bordes interiores, enganchó las palmas en el reborde y empujó con suavidad hacia arriba.

Al hacerlo, dos listones de madera bajaron a ambos lados para mantener el techo en alto, y él encajó el extremo inferior de cada uno en un estrecho saliente donde el barniz se había desgastado.

Luego dejó caer con cuidado la parte superior sobre los listones y se echó hacia atrás.

Había logrado ganar altura. Volvió a consultar la carta, pero esta no hizo más que confirmar lo que ya había deducido: solo se podía levantar uno de los extremos de la cubierta de la cabina. El otro, por lo visto, tendría que quedarse donde estaba.

Se encogió de hombros, entró y trató de ponerse derecho. No pudo. Medía un metro setenta y ocho, y en su punto más alto el techo no pasaría del metro setenta y tres, o del metro setenta y cinco como mucho.

—Al menos es un techo, supongo —dijo—. Y me queda por encima de la cabeza, aunque por poco.

Se dejó caer con cuidado sobre uno de los cojines rojos, procurando no golpearse la cabeza con nada, y echó un vistazo alrededor.

Un momento después volvió a preguntarse en voz alta:

—¿Dónde demonios está el baño?

Otro vistazo rápido al plano lo bajó del banco al suelo. Desde allí empezó a gatear hacia la parte delantera de la embarcación, lo bastante como para asomar la cabeza al camarote de proa.

A su derecha vio otro banco acolchado. Al parecer, era una tercera cama, aunque Tanner no veía cómo iba a caber allí nadie que no fuera un niño pequeño, o quizá un perro.

Según el plano, el baño tenía que estar a la izquierda, pero lo único que había era una recia repisa de madera.

Al ver un par de bisagras al fondo, dijo:

—¡No me digas que está aquí debajo!

La levantó y comprobó que, en efecto, ahí estaba.

—¡Pues solo para emergencias! —dijo, y dejó caer la tapa de golpe.

Como necesitaba aire y sitio, decidió salir y volvió a la bañera del yate, tal y como la llamaban en el dibujo: la zona bajo la lona donde estaba la botavara. Allí se sentó de nuevo donde había estado al principio.

Ya había decidido que allí no podría quedarse a la larga.

A esa conclusión había llegado al ver el baño.

Pero por el momento no tenía elección, así que se puso a pensar en los aspectos prácticos de pasar unos días a bordo.

Se había traído un saco de dormir y la almohada, así que al menos dormiría cómodo.

La comida no iba a ser un problema: podía cenar en el pub y rara vez desayunaba.

Para comer siempre se conformaba con un café y un sándwich, de modo que solo tendría que comprar leche, té, café y algo para picar.

Al parecer, por alguna parte andaba un hervidor con unas cuantas tazas.

Mientras la marina tuviera una ducha que funcionase, sabía que sobreviviría.

Así pues, con un plan en mente, salió del barco como pudo y puso rumbo a la tienda. Allí echaría un vistazo al tablón de anuncios, por si alguien ofrecía un piso en alquiler. Y si no, pediría un ejemplar del periódico local.