Broadland (Norfolk Broads 1)
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CAPÍTULO UNO
E l inspector John Tanner salió del coche, cerró la puerta y se detuvo un momento a mirar alrededor.
Ante él se abría un amplio embarcadero rectangular, con un cuadrado de césped bien cuidado en el centro, rodeado de un sendero de grava.
A la izquierda había un puñado de lanchas motoras casi idénticas, de unos seis metros de eslora cada una, amarradas de modo que apuntaban hacia fuera, como los dedos de una mano abierta.
A la derecha, una rampa de botadura vacía, casi oculta por la espesa sombra de un árbol; y, más allá, una gran extensión de agua que centelleaba mansamente bajo el sol de la tarde.
Tanner sabía que tenía delante Malthouse Broad, pero solo porque lo decía el mapa del coche. En realidad, nunca había estado allí.
Se tomó un momento para inspirar despacio por la nariz y la boca, saboreando la frescura del aire. La escena era tan idílica, tan serena, que, de no ser por lo que sabía, habría jurado que estaba de vacaciones.
Después de consultar el papel que llevaba en la mano, se volvió a mirar hacia la izquierda.
A lo lejos distinguió una gran casa con tejado de paja, rodeada de árboles que ya apuntaban los primeros signos de la primavera.
Más allá, la fría torre de piedra de una iglesia antigua se recortaba contra la luminosidad de un cielo azul sin nubes.
Se detuvo un instante. Sin motivo aparente, se encontró imaginando a su hija, con ese gesto suyo de recogerse el pelo detrás de la oreja cuando leía un libro.
Le vino un recuerdo: ella mirando fijamente la lasaña quemada que él acababa de ponerle delante, el fin de semana que se le ocurrió meterse a cocinar, y cómo había alzado hacia él sus ojos de un azul incandescente para preguntarle: «¿Se supone que tiene que quedar así? »
Sonrió para sí. Le había costado mucho tiempo llegar a un punto en el que pudiera agradecer los muchos recuerdos que guardaba de ella.
Antes de que las imágenes más sombrías le nublaran la mente, bajó de nuevo la vista al papel.
Al volverse hacia el otro lado, vio el edificio de ladrillo de una sola planta en el que se había fijado al entrar con el coche en el aparcamiento.
Era una tiendecita que hacía también de oficina de correos, según indicaba un cartel redondo atornillado a la pared exterior.
Debajo había un viejo buzón rectangular que lucía lo que parecía una capa reciente de pintura rojo cereza.
Con una delicada hilera de banderines tendida bajo el alero y un cartel colgante de los helados Wall’s junto a la puerta abierta, el edificio tenía un aire inconfundiblemente británico.
Tanner cerró el coche con el mando y se dirigió a la entrada de la tienda.
Dentro encontró el surtido habitual de una tienda de barrio, aunque, a diferencia de las londinenses, entre los estantes se intercalaban artículos más propios de una tienda de recuerdos para turistas, entre ellos un expositor giratorio de postales, la mayoría con fotos de barcos de todas las formas, tamaños y colores.
Detrás del mostrador había una mujer regordeta de mediana edad que, con el ceño fruncido, observaba a través de unas gafas grandes de montura gruesa un periódico doblado sobre el mostrador, cuya parte superior golpeteaba con un bolígrafo.
Al ver que tenía un cliente, dejó el bolígrafo, se quitó las gafas, que quedaron colgando de una cadenita dorada, y le sonrió.
—Buenas tardes —dijo Tanner, acercándose—. No sé si podría ayudarme.
—Puedo intentarlo, desde luego.
—Estoy buscando un barco.
—¡Ah! Eso es aquí al lado. Si rodea la tienda —dijo, señalando el camino—, encontrará el centro de alquiler de embarcaciones a la izquierda.
—No, perdone, no me refiero a ese tipo de barco. —Volvió a bajar la vista al papel que aún sostenía y explicó—: Se llama Seascape. Al parecer está amarrado por aquí cerca, pero no sé exactamente dónde.
Con una sonrisa mucho más natural, ella respondió:
—¡Claro que conozco el Seascape! Reconozco que no sabía que el señor Bardsley lo hubiera vendido. ¿Es usted el nuevo propietario?
—Eh, no exactamente. Matthew, quiero decir, el señor Bardsley, me ha dicho que puedo quedarme en él una temporada, hasta que encuentre algo un poco más adecuado.
—Ah, ya veo —dijo la mujer, con tono decepcionado; pero la curiosidad la venció y se inclinó hacia delante para preguntar—: ¿Se viene a vivir a la zona?
—Bueno, sí, estoy en ello.
La mujer no dijo nada; se limitó a seguir sonriéndole de forma alentadora.
Tanner no era de dar conversación. En general, prefería contar de sí mismo lo menos posible. Sin embargo, no soportaba los silencios incómodos, así que soltó otro dato personal.
—El lunes empiezo un trabajo nuevo y no he tenido tiempo de buscar un alojamiento más adecuado, así que me sugirieron quedarme en el barco.
—¡Ya veo! Pues entonces será mejor que le enseñe dónde está, ¿no?
Se bajó del taburete alto en el que estaba sentada y rodeó el mostrador arrastrando los pies.
Tanner la siguió hasta la calle y vio que se había detenido junto al cartel de Wall’s y señalaba hacia la torre de la iglesia.
Con un brazo completamente extendido y el otro haciéndose visera contra el sol, dijo:
—Está allí. Apenas se le ve el bauprés.
—¿El bauprés?
Ella se volvió a mirarlo.
—Usted no es de por aquí, ¿verdad?
No tenía ni idea de qué responder, pero no hizo falta: la mujer dio la respuesta por sentada, volvió la mirada hacia la iglesia, señaló de nuevo y dijo:
—¿Ve ese palo de madera oscura que sobresale de la proa de aquel barco?
Lo veía, y así lo dijo.
—Ese es el Seascape. Ese palo es el bauprés. —Se volvió para observarlo—. Supongo que de barcos no sabe mucho, ¿verdad?
—Eh, la verdad es que no.
—No se preocupe. Enseguida aprenderá cómo se llama cada cosa. Para llegar, no tiene más que seguir el sendero.
—Ya veo. ¡Gracias! —Al cabo de un momento añadió—: ¿Le importa que deje el coche aquí?
—Echó un vistazo a su Jaguar XJS, visiblemente mugriento.
Antes era negro, pero hacía tanto que no lo lavaba que costaba saber de qué color era.
Apenas unos meses antes, el coche había sido su mayor orgullo; ahora era solo algo con lo que moverse y que, de paso, le costaba una pequeña fortuna en gasolina.
—Por ahora sí, pero luego podrá aparcarlo como es debido junto a la oficina del puerto deportivo.
Al deducir por su expresión que tampoco tenía ni idea de dónde estaba eso, añadió:
—Si sale de aquí en coche y toma la primera a la derecha, la oficina está un poco más adelante, a la izquierda. Se llama Ranworth Marina. No tiene pérdida. Pregunte por Fred, que le conectará la electricidad y le enseñará dónde coger agua.
Tanner bajó la vista hacia ella con una sonrisa.
—Ha sido usted muy amable. Supongo que aquí puedo comprar leche y pan, ¿no?
—Así es. Y a la vuelta de la esquina está el pub Maltsters. Sirven desayunos, comidas y cenas los siete días de la semana, y se lo recomiendo de verdad.
Antes de dejarlo a lo suyo, le preguntó:
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse a bordo del barco?
—No estoy del todo seguro. Para ser sincero, nunca he puesto un pie en uno, así que supongo que dependerá de cuánto me guste.
—Bueno, en verano no tendrá problema, aunque a partir de Semana Santa esto se llena mucho. Pero no le recomendaría pasar aquí el invierno. No, si nos guiamos por el del año pasado.
Al ver que un par de chicos adolescentes se acercaban a la tienda, se disculpó:
—En fin, será mejor que vuelva, pero quizá le interese no perder de vista el tablón de anuncios.
Se volvió para señalarle un tablón acristalado colgado en la pared exterior de la tienda.
—Mucha gente anuncia ahí sus propiedades. También puede coger un ejemplar del periódico local: al final trae una pequeña sección de alquileres.
Tanner volvió a darle las gracias y la observó mientras ella entraba de nuevo a toda prisa. Luego se giró para mirar lo poco que alcanzaba a ver del barco en el que supuestamente iba a alojarse: nada más que un palo de madera oscura —o un bauprés — que sobresalía horizontalmente de la proa.
Como había hecho todo el camino en coche desde Londres, decidió dejarlo donde estaba por el momento y dar la vuelta a pie para verlo más de cerca.
Mientras lo hacía, esperaba que el barco le sirviera de alojamiento al menos unas noches, aunque preferiblemente una o dos semanas, lo que le daría tiempo para encontrar un piso adecuado por la zona.