Capítulo 1
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THE LIES OF SPIES
Maldita mancha
Washington D.C.
—¿Podrás quitar la sangre? —preguntó Reggie mientras se desabrochaba la camisa oxford y se la entregaba a su casera.
La señora Pettygrove aceptó la camisa manchada con una mano salpicada de manchas de la edad y una mirada inquisitiva.
—El blanco puro es fácil, querido. Hay muchas formas de tratarlo. No te preocupes, la quitaré. Deja también los zapatos. Los tendrás listos por la mañana.
Reggie bajó la mirada hacia sus zapatos oxford negros bajo la tenue luz del vestíbulo de la casa de piedra rojiza de Georgetown.
—Mis zapatos están bien. Los lustraste hace solo dos días.
— Bien no es suficiente —su voz cantarina estaba teñida de emoción—. No para ti, y desde luego no para la Casa Blanca. Quiero que queden impecables.
Reggie se quitó los zapatos, más por ver el destello en aquellos ojos azules ajados que por el servicio en sí.
—Eres demasiado buena conmigo.
—Mejor que otras personas, por lo visto. ¿Te importaría contarme de quién es esa sangre que traes encima?
Reggie le dedicó una sonrisa.
—Digamos que es de un abogado.
—Todo el mundo en Washington es abogado, querido.
Le guiñó un ojo y se volvió hacia las escaleras que subían a su habitación, sabiendo que ella no se ofendería. Entendía que la discreción era su primer deber.
—Buenas noches, señora Pettygrove. Gracias de nuevo.
Reggie ejercía de asistente personal del presidente William Silver, o hombre de confianza , como solían llamarlo.
Era un puesto singular. Por un lado, era un sirviente, un ayuda de cámara.
Por otro, Reggie gozaba de una intimidad prácticamente sin igual tanto con el gran hombre como con el cargo más alto del país.
Solo Brock Sparkman, el nuevo jefe de gabinete del presidente, estaba tan sintonizado con la mente del comandante en jefe.
Reggie acompañaba al presidente a todas partes, mentalmente dos pasos por delante mientras físicamente iba tres pasos por detrás.
Su trabajo consistía en anticipar las necesidades personales de Silver y atenderlas.
Al liberarlo de problemas menores y preocupaciones cotidianas, Reggie permitía que el jefe del ejecutivo estadounidense dedicara su privilegiada mente a los asuntos de la nación.
Oficialmente, Reggie sabía poco de importancia.
Aunque tenía autorización de Alto Secreto, como todos los cercanos al presidente, carecía de autorización SCI.
No tenía acceso a la Información Compartimentada Sensible, lo jugoso.
Aun así, poco ocurría en el Despacho Oval o en el Air Force One sin que Reggie se enterara.
Iba captando unas palabras aquí y otras allá, cuando una puerta quedaba abierta o él salía de una habitación.
El resultado era inevitable para alguien con un intelecto agudo y una mente curiosa.
A veces ni siquiera hacía falta tanto. Ese mismo día en el Cadillac One, por ejemplo, entre la reunión rutinaria del presidente con su jefe de gabinete y una llamada con el gobernador de Wisconsin, el secretario de Defensa había llamado por un asunto administrativo y había acabado informando al presidente sobre una plataforma de defensa espacial que parecía sacada de las películas, solo que, por lo visto, no lo era.
Por supuesto, Reggie jamás insinuaría siquiera lo que había llegado a saber, y mucho menos hablaría de ello.
Su lealtad al presidente era absoluta. Su patriotismo, rotundo y sincero.
Aun así, a altas horas de la noche, cuando el presidente por fin estaba acostado y Reggie podía disfrutar de unos momentos de calma antes de desplomarse sobre la almohada, sentía orgullo de saber tanto sobre las relaciones sociales de Silver como la primera dama, tanto sobre sus relaciones en el Congreso como el líder de la minoría, y tanto sobre sus relaciones exteriores como el director de la CIA.
Nada mal para un joven cuya infancia había sido cualquier cosa menos privilegiada.
Al apartar las sábanas, Reggie se descubrió negando con la cabeza mientras reflexionaba sobre su conversación con la señora Pettygrove.
¿Podrás quitar la sangre? En esta ciudad, esa pregunta tenía doble filo.
La conciencia de Reggie estaba limpia, pero sabía que muchos en el Capitolio tenían almas como la de Lady Macbeth.
Qué afortunado era de trabajar para los buenos.
Mientras se quedaba dormido, Reggie no tenía ni idea de la extraordinaria revelación que escucharía a la mañana siguiente en presencia de esos buenos, ni de la colosal confrontación que se desataría.