Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 121
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Capítulo 121

Decisiones épicas

BAJÉ DEL JET FLETADO al aire templado de Santa Bárbara a las ocho de la mañana del martes.

Llegaba un día completo tarde.

Había perdido la fianza.

No podía explicar mi tardanza. Ni a Casey.

Ni a la fiscal adjunta Kilpatrick. Ni a la jueza Hallows.

Hacía mucho que había jurado guardar los secretos de mi nación, por muy inconveniente que resultara.

Supongo que podría haberle pedido un favor al presidente Silver.

Pero habría sido como ponerle precio a lo que había hecho.

Además, no necesitaba el dinero, no ahora que ya no tenía que pagar honorarios de abogados.

Cuando salí del juzgado esa mañana, hombre libre en los amplios escalones de mármol con una mujer hermosa a mi lado, oí una voz familiar.

—Le debo una disculpa.

Katya y yo nos volvimos y vimos una figura menuda e impecable que se acercaba desde unos pasos atrás.

—Detective Flurry. Qué agradable verla donde luce el sol.

—Tragué el anzuelo —dijo ella—. Entero, con sedal y todo. Creía que era mejor que eso.

—Ninguno de los dos tenía ni idea de a qué nos enfrentábamos.

—Pero usted lo descubrió.

—No hasta pasados seis meses. Y aun así, tuve que recurrir a medidas extremas.

Flurry esbozó una media sonrisa y fue al grano.

—Sé cómo lo hicieron. Pero no sé por qué. ¿Le importaría ponerme al corriente?

—¿Curiosidad profesional?

—Podría llamarse así.

—Tenían un gran secreto que guardar.

Me di la vuelta, le pasé el brazo por la cintura a Katya y seguí bajando aquellos amplios escalones de mármol.

—¿Qué hay de Rita? —preguntó Katya—. ¿Irá a la cárcel?

—No. Eso requeriría un juicio, y no podemos permitirlo. Ella misma es víctima de Brillyanc. Vivirá aterrada el resto de su vida. Es castigo suficiente para alguien que no sabía lo que realmente estaba haciendo.

—Solo dices eso porque es guapa.

Quizás tenía razón. Quizás simplemente estaba harto de tanta negatividad.

—¿Adónde? —preguntó Katya mientras cerrábamos las puertas de su Ford.

Solo dos palabras, pero una pregunta enorme.

Ella lo sabía. Yo lo sabía. Llevaba en el aire desde el día en que entró en la sala de visitas de la cárcel del condado de Santa Bárbara.

Ahora que aquellos barrotes habían quedado para siempre atrás, por fin tocaba tomar una decisión.

—Cuando dejé el servicio gubernamental hace un año y un mes, fue porque estaba desilusionado con el proceso burocrático inherente al sistema.

Quería que el bien y el mal guiaran mi vida, no los políticos.

La pregunta que no podía responder era qué hacer después.

Así funciona el mundo, al fin y al cabo.

Ya sea en el gobierno o en el sector privado, si tienes un jefe, va a buscar su propio beneficio.

Negué con la cabeza al recordar a mi último jefe y nuestro enfrentamiento final en su despacho de Langley.

—Pasé un año escalando paredes de roca y vagando por los rincones de Europa, buscando una respuesta. Luego pasé seis meses en la cárcel, aprendiendo a valorar lo que tenía.

—Las últimas dos semanas han sido las más duras de mi vida.

También las más productivas. Alteramos la historia, Katya.

Juntos salvamos cientos, si no miles, de vidas.

Libramos al mundo de un azote. Impartimos justicia donde llevaba tiempo siendo necesaria.

Sin jefes. Sin reglas. Solo tú y yo y una determinación sin límites.

Eso es lo que quiero hacer. El resto de mi vida.

Katya cruzó los brazos.

—Como tu tocayo, el Achilles original. Has tomado la decisión épica.

No dije nada.

—Pero ¿cómo? ¿Cómo... ni siquiera sé cómo expresarlo... identificas el trabajo sucio que hay que hacer? Los Barsukov y los Vondreesen se ocultan entre velos y sombras. Son pocos... y muy difíciles de encontrar.

Le tomé las manos.

—No estoy tan seguro de lo de pocos . Pero me temo que tienes razón en lo de difíciles de encontrar .

—Pero yo trabajo en una universidad. No puedo andar vagando por ahí en busca de aventuras.

—Lo sé. Y me está consumiendo.