Brillantez extrema (Kyle Achilles 1) Capítulo 120
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Capítulo 120

Dos viales

JAMISON Y YO atravesamos la campiña rusa a toda velocidad en su limusina de embajador, con las luces azules parpadeando en el techo, la bandera estadounidense ondeando en el capó y las sirenas apagadas.

Habrían sido innecesarias. El embajador había solicitado escolta policial, y el alcalde de Moscú había accedido.

Con el presidente de Estados Unidos en la ciudad, no era momento para juegos de poder mezquinos.

Estábamos a sesenta y cinco kilómetros del Kremlin cuando la limusina atravesó a toda velocidad unas puertas que los guardias armados cerraron tras nosotros con premura. A sesenta y seis kilómetros cuando nos detuvimos ante la entrada principal de la dacha de caza del presidente Korovin.

Miré al embajador. Parecía nervioso. Habíamos pasado una hora en la embajada debatiendo tácticas, y otra perfeccionando el plan durante el trayecto.

Dos horas no eran mucho, dado el campo minado diplomático que íbamos a atravesar.

Maximizar las probabilidades de que el presidente Silver sobreviviera y minimizar las de provocar una guerra exigía caminar sobre la cuerda floja.

Le di unas últimas palabras de ánimo.

—El noventa y nueve coma ocho por ciento está bastante bien. Nada es nunca el cien por cien.

Asintió, pero su expresión no cambió.

—Al otro lado de esa puerta, dos rivales están desayunando. Ambos tienen maletines nucleares. Rezo por que tengamos razón.

Al bajar de la limusina con el saludo marcial de un enorme oficial del servicio de seguridad presidencial, viví algo inédito. Me estremecí al ver una bandera estadounidense.

—Embajador Jamison, señor Achilles, síganme, por favor.

Sin añadir palabra, el oficial dio media vuelta y nos condujo a través de las puertas dobles que unos soldados silenciosos mantenían abiertas.

Los hombros de nuestro guía eran tan anchos que me pregunté si tendría que girar para pasar limpiamente por una puerta normal.

No sabía hasta qué punto eso lo haría ágil, pero su físico era sin duda intimidante.

En honor a Korovin, nunca había visto mejor escudo humano.

Nos detuvimos en el vestíbulo, en apariencia para que nuestro guía recibiera instrucciones a través de su auricular, pero con toda probabilidad para que nos escanearan.

No se podía cachear a los diplomáticos sin levantar sospechas, pero sí someterlos en secreto a escáneres de ondas milimétricas que producían imágenes 3D detalladas.

La pausa nos dio ocasión de mirar alrededor.

Nunca había estado en la Instalación de Apoyo Naval Thurmont, más conocida como Camp David, pero tenía entendido que el retiro de fin de semana del presidente estadounidense era básicamente un complejo de cabañas y albergues de alta gama.

Por el contrario, el del presidente ruso se parecía más a la residencia de un rey alemán.

Suelos de mármol, techos de yeso abovedados con filigranas doradas y grandes óleos de hombres con mosquetes y animales muertos.

Satisfecho, por una razón u otra, Hombros reanudó la marcha.

Serpenteamos hasta un comedor lo bastante grande para albergar una orquesta y lo bastante ornamentado para acoger una cena de etiqueta.

Un giro a la izquierda a través de un arco en la esquina nos llevó a un comedor privado con un ventanal que dejaba entrever las primeras luces del alba.

Sentados frente a él, vestidos no con esmóquines sino con ropa de caza, estaban dos de los rostros más famosos del mundo.

Nos detuvimos y esperamos a que repararan en nosotros.

El presidente Silver dejó su taza de café y se volvió hacia nosotros.

—Buenos días, embajador.

—Buenos días, señor presidente. Presidente Korovin. Disculpen la intrusión a esta hora tan temprana. Teníamos entendido que su plan era estar en el puesto de caza al amanecer, y necesitábamos hablar con ustedes antes.

—Pues entonces, llegan justo a tiempo —dijo Silver.

—El señor Achilles necesita una palabra en privado, si no le importa, señor presidente. Solo será un minuto.

Silver se volvió hacia Korovin.

—Si me disculpa, Vladimir, al parecer necesito un minuto.

Korovin inclinó la cabeza sin cambiar de expresión.

—Por supuesto.

Silver se levantó y Hombros nos condujo hacia el fondo de la sala mientras el embajador Jamison permanecía con el presidente Korovin. El guardia se detuvo junto a una puerta y nos indicó con un gesto que entráramos en el salón que había más allá.

Lo hicimos.

Hombros cerró la puerta tras nosotros.

Habían pasado doscientos días desde que asesinaron a mi familia.

Quince días desde que un abnegado sargento primero me sacó de la cárcel.

Nueve días desde que Katya y yo nos infiltramos en la fiesta de un hombre muerto.

Y cuatro horas desde que maté al hombre que estaba detrás de todo aquello.

Ahora me encontraba a veinte metros del hombre más poderoso del mundo, y a solas con su víctima prevista, el presidente de Estados Unidos.

El presidente Silver parecía mayor que en televisión, pero de algún modo más carismático e inteligente. Su abundante cabellera hacía honor a su apellido, y sus ojos de un azul profundo tenían un magnetismo que sabía que nunca olvidaría.

—Permítame comprobar si eso es un baño —dije, dirigiéndome hacia una puerta a pocos pasos de aquella por la que habíamos entrado.

Lo era.

Encendí la luz.

—Si viene por aquí, señor presidente.

Mientras Silver obedecía, abrí ambos grifos y le hice un gesto para que cerrara la puerta. En su favor, Silver colaboró sin hacer preguntas. Supuse que los asistentes y los protocolos de seguridad eran una de las muchas cosas a las que los presidentes se ven obligados a acostumbrarse.

—Seguro que tiene una historia increíble que contarme, señor Achilles.

Saqué dos viales de repelente de insectos del bolsillo interior.

—Así es. Mientras se la cuento, ¿tendría la amabilidad de quitarse la ropa?