Capítulo 115
Detector de humo
MIRÉ MÁS ALLÁ de mi cautivo hacia la oscura inmensidad y las luces de Moscú allá abajo. Era una noche preciosa. Aire fresco, cielos despejados, brisa cálida. Una buena noche para la venganza.
Para alcanzar semejante altura, para escalar hasta la cima de una de las empresas más poderosas del mundo y el vértice de una nación formidable, un director ejecutivo tenía que poseer habilidades de negociación superiores.
Tenía que saber farolear con los mejores.
Pero esta no era una negociación cualquiera.
No habría oportunidad de echarse atrás. Si soltaba los tobillos de Grigori, se acabó.
Sin vuelta atrás. Sin segunda oportunidad.
Todo se reducía a «llama al cura y prepara el funeral».
«Puedes soltarme ahora». Dejé que sus palabras flotaran en el aire un momento, como una bola lenta de sóftbol. Luego hice lo que pedía. Aflojé las manos.
Su cuerpo rígido basculó sobre el borde como un balancín.
Vi la sorpresa reflejarse en su rostro una vez más, pero la emoción que vino después no fue miedo.
Sus palabras no habían sido un farol.
El que había estado faroleando era yo.
Me lancé y le agarré los tobillos como un jardinero estirándose para atrapar una pelota.
Los empujé contra el borde y me deslicé hacia delante sobre los codos hasta que mi cabeza quedó entre sus pies.
Mientras miraba hacia abajo, más allá de su entrepierna, hacia su cabeza vuelta del revés, una gota de sudor me cayó de la frente.
Grigori esbozó una sonrisa de suficiencia cuando le cayó en la nariz torcida.
Ignoré su pulla y repetí la pregunta.
—¿Cuál es el plan para matar al presidente Silver?
No sollozó ni tartamudeó ni escupió respuesta alguna. No hizo nada.
Entonces lo entendí.
Había cosas peores que la muerte.
Para Grigori Barsukov, una de ellas eran las consecuencias de traicionar a su viejo amigo, el presidente de Rusia.
Estaba bastante seguro de conocer otra.
Pero primero decidí cambiar de táctica, pillarlo desprevenido.
—Sé que aquí en Moscú tenéis McDonald's. ¿También tenéis Burger King?
Grigori parpadeó.
—¿De qué me hablas?
—Voy a dejarte que lo hagas a tu manera, Grigori.
Me agaché, y luego me incorporé de golpe tirando hacia atrás como si estuviera haciendo un arranque olímpico.
En cuanto la cabeza de Grigori quedó libre del borde, di un par de pasos alejándome y lo dejé caer al suelo con un golpe sordo.
Mientras gemía, lo hice rodar boca abajo y repetí el arrastre cavernícola.
Esta vez boca abajo. De vuelta junto a sus protectores caídos, atravesando el dormitorio y hasta la cocina.
Con otro movimiento de halterofilia, lo icé sobre la isla. Mientras él observaba con los ojos desorbitados, seleccioné un cuchillo mondador afilado como una cuchilla del taco de cuchillos. Lo dejé a un lado, agarré a Grigori por el cuello de la camisa y lo arrastré hasta la cocina Viking.
—¿Qué estás haciendo? Te dije que me soltaras.
—No estoy aquí para hacer lo que me digas, Grigori. Estoy aquí para conseguir la respuesta a una pregunta.
Con bridas, le até el cuello a la pesada rejilla de hierro fundido de la Viking. Luego le aseguré las piernas de la misma forma. Al intuir lo que se avecinaba, intentó revolverse, pero poco puedes hacer cuando estás atado boca abajo por el cuello y las piernas.
Corté la brida que le sujetaba las muñecas a la espalda.
Tirando con fuerza de su brazo derecho por encima del borde de la isla, se lo até al tirador de un cajón.
La muñeca izquierda recibió el mismo tratamiento.
El resultado no era exactamente una cruz, pero él tampoco era ningún santo.
La posición, sin embargo, bastaría de sobra.
Mi reloj marcaba la 1:15 de la madrugada.
Me quedaban cien minutos.
Rodeé la isla hasta el otro extremo y me agaché para mirarle a esos ojillos de rata. Me alegró ver que empezaba a sudar.
—¿Hay detectores de humo aquí?
Cerró los ojos, pero no contestó.
Tampoco esperaba que lo hiciera. Miré hacia arriba y no vi ninguno, aunque aquel techo no era precisamente convencional. Usé el cuchillo mondador para cortarle el pijama de seda negra, por si acaso.
Me fijé en un interruptor en la pared. Lo accioné y una gran rejilla de ventilación cobró vida con un estruendo sobre nuestras cabezas.
Grigori empezó a temblar de aprensión, haciendo traquetear las pesadas parrillas de la cocina.
A mí me habían torturado una vez, durante días.
Aquello fue más por diversión que por sacarme información.
No me gustaba recibirla, y no me gustaba darla.
A pesar de lo que este hombre le había hecho a mi familia, no tenía ninguna prisa por ensañarme con él.
Pero estaba dispuesto a hacer lo que hiciera falta para salvar a mi presidente.
Y el reloj no dejaba margen para otra cosa que medidas extremas.