Capítulo 116
Mordiscos
BAJÉ LA MIRADA hacia el hombre que había matado a mi familia y sentí la sangre hervirme en las venas. Era solo un hombre. Uno solo. Pero había causado tanto daño, y ardía en deseos de causar más.
Volví a la cabecera de la isla y le sostuve la mirada.
—Empezaré por tu bíceps izquierdo, Grigori. Calculo que tardará menos de cinco minutos en cocinarse del todo. Entonces podré arrancarte el brazo como un muslo de pollo. Avísame si decides responder a mi pregunta antes.
Le metí un trapo de cocina en la boca. Calculé que a estas alturas nueve de cada diez hombres se habrían derrumbado. Habrían escupido el trapo y empezado a balbucear. Como Grigori no respondió de inmediato, le di otro empujón.
—Esta Viking es mi tipo de arte. Funcionalidad y belleza en uno. ¿Cuántos quemadores tiene, una docena? Apuesto a que todos pueden pasar de fuego lento a máximo.
Los ojos de Grigori seguían aterrados, pero resueltos. No movió la mandíbula.
El quemador de gas se encendió de inmediato y lo bajé al mínimo. Una hermosa llama azul, a dos centímetros de su carne. Aguantó más de lo que esperaba. Unos buenos seis segundos. Escupió el trapo y gimió:
—De acuerdo —con un esfuerzo evidente por sonar estoico.
—Eso no es una respuesta.
—Bichos. Están usando bichos.
—¿Qué significa eso? Sé claro, Grigori.
Jadeaba y ponía los ojos en blanco.
—Van a matar a Silver con un arma biológica personalizada transmitida por pulgas.
1:18 a.m.
En la CIA se había hablado de armas biológicas personalizadas. Cuando me fui, aún eran teóricas, aunque estaban a punto de hacerse realidad. Pero llevaba más de un año fuera del juego, y en alta tecnología eso equivalía a una eternidad.
Las armas biológicas personalizadas eran básicamente bombas inteligentes diseñadas para atacar una secuencia de ADN.
Podían diseñarse con tal especificidad que solo afectaran a una persona en todo el planeta.
En teoría, si conseguías unirla a un vector que se propagara como la gripe, daría la vuelta al mundo sin dañar a nadie hasta infectar al destinatario previsto.
Pero en la práctica, la mayoría de los agentes biológicos se agotaban en uno o dos saltos.
Si querías tener posibilidades reales de éxito, lo mejor era lanzarla con un solo grado de separación.
—¿Qué quieres decir con eso de transmitida por pulgas?
El olor ya me estaba afectando. Mucho peor que el del sillón del dentista.
—Descubrieron cómo transferir el patógeno mediante picaduras de pulga. Basta con una. ¡Ahora sácame de aquí!
—Una pregunta más. ¿Quién lo entregará?
—¿Tú qué crees? ¡Apágalo!
«No puede ser, ¿verdad?»
—¡Di el nombre!
—Korovin. Korovin va a soltar las pulgas en persona.
Apagué el quemador bajo su bíceps, pero encendí el de junto a su cabeza. Este no lo exponía directamente a la llama, pero estaba lo bastante cerca para chamuscarle el pelo, y con el tiempo acabaría asándose. Quería que siguiera sintiendo el calor.
La Dirección de Operaciones de la CIA es, en esencia, el brazo militar del Departamento de Estado.
Durante mis cinco años en su Grupo de Operaciones Especiales, había aprendido a ver los asuntos militares con ojos de diplomático.
Apliqué esa perspectiva ahora. Diplomáticamente, la situación era como un puercoespín haciendo equilibrios en la cuerda floja dentro de una fábrica de globos.
El Servicio Secreto no podía registrar a fondo a un jefe de Estado extranjero.
Ni siquiera cachearlo. Tampoco podían enfrentarse a él verbalmente.
Y aunque encontraran un pretexto, eso no solucionaba nada.
No puedes pillar al líder de una potencia nuclear con las manos en la masa cometiendo el acto de guerra definitivo y esperar evitar una crisis geopolítica de proporciones mayúsculas.
Ni siquiera podías insinuar tus sospechas.
Cuanto más lo pensaba, peor me sentía. Si la prensa se enteraba, los bustos parlantes de las noticias veinticuatro horas tendrían a los ciudadanos de las dos naciones más armadas del planeta clamando por una respuesta militar.
No podía permitir que eso ocurriera bajo ningún concepto.
Evitarlo sería todo un reto. Con un chisme tan jugoso, no habría manera de ocultárselo a la prensa. Hasta San Pedro estaría tentado de irse de la lengua. Tendría que esforzarme por contener la noticia con el mismo ahínco que por impedir el atentado.
Suponiendo que todo lo que Grigori me había contado fuera cierto.
Hora de verificarlo.
Puse la mano en el control del quemador, a pocos centímetros de la nariz de Grigori.
—¿Cómo conseguisteis el ADN de Silver?
Sabía que hacía falta una muestra de ADN para crear un arma biológica personalizada, y que el Servicio Secreto protegía el de Silver con celo, limpiando tras él allá donde fuera como una madre primeriza obsesionada con la higiene.
—Lo consiguieron pronto. Antes incluso de que anunciara su candidatura.
Tenía sentido. Sospechaba que mis antiguos colegas hacían lo mismo con la mayoría de los mandatarios del mundo, como medida de precaución.
—¿Quién creó el arma? —pregunté.
—Investigadores en biotecnología de Kazán. Dirigidos por el Dr. Mikhail Galkin.
—¿Dónde encuentro a Galkin?
—Estaba en la facultad de medicina, pero creo que ya no está. Sus datos de contacto están en mi tableta.
Volví corriendo al dormitorio y cogí el iPad de la mesita de noche de Grigori.
Se lo acerqué al dedo índice derecho hasta que se desbloqueó.
Lo primero que hice fue desactivar la protección por contraseña.
Después busqué a Galkin en los contactos.
Universidad Médica Estatal de Kazán. Una de las mejores de Europa del Este. Parecía legítimo.
—¿Cuándo piensa Korovin exponer a Silver a las pulgas?
—En una cacería.
—Sé más específico.
Grigori consiguió esbozar una sonrisa entre lágrimas.
—Al amanecer de esta mañana.