Capítulo 108
Equipaje perdido
ENCARAMADO SObrE el cohete de Barsukov como El pensador de Rodin, sopesé mis opciones.
Consideré romper uno de los paneles y entrar a lo grande, al estilo del Equipo de Rescate de Rehenes.
El problema de ese tipo de asalto era que solo tendría una oportunidad de elegir la ventana correcta, y sería literalmente a ciegas.
Si me equivocaba, Katya y yo acabaríamos muertos, y con toda probabilidad, también el presidente Silver.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Max, rompiendo un largo silencio.
—Que es hora de probar las puertas.
La lluvia había cesado y el cielo se había despejado, pero yo seguía empapado como una bayeta mientras descendía por la pared sureste hasta el panel con bisagras de la esquina.
Un motor eléctrico del tamaño de un cubo naranja de ferretería accionaba el eje de la puerta triangular.
Se parecía al motor del Tesla que había alquilado.
Los motores eléctricos suelen ser silenciosos, pero las bisagras a menudo chirrían. Empuñé la Glock con la derecha y presioné la palma izquierda contra el panel sensorial. Un pequeño LED rojo se iluminó.
—¡Maldita sea!
Cambié de mano, pero de nuevo me encontré con el rojo. Grigori había optado por la biometría.
—Prueba las otras puertas —sugirió Max—. Quizá haya una entrada de servicio.
Repetí el ejercicio tres veces más. Como un toro de lidia, no vi más que rojo.
—Buena idea, pero nada.
Saqué el pico ultrasónico rompecristales de mi riñonera solo para tener algo con qué juguetear mientras reflexionaba.
Me encantaban las herramientas. Podía pasarme horas en una ferretería mirando de todo.
Esta era una preciosidad. Con forma de piolet, emitía vibraciones ultrasónicas como un martillo neumático en miniatura y rompía el cristal igual que su hermano mayor hacía con el hormigón.
A diferencia de un martillo neumático, sin embargo, era silencioso.
Por desgracia, el cristal al romperse era otra historia muy distinta.
Los marcos triangulares probablemente contenían dos paneles de cristal de seis milímetros, separados por gas argón y una película de opacidad electrónica. Atravesarlos llamaría sin duda la atención de todos en las habitaciones contiguas, y probablemente de cualquiera en la pirámide.
La testosterona me rugía por dentro como aquel toro que había visto rojo mientras imaginaba a Katya sufriendo allí dentro, pero gracias a años de entrenamiento, logré mantener el control. El Falstaff de Shakespeare tenía razón: a veces la prudencia es la mejor parte del valor.
—No puedo arriesgarme a entrar a ciegas. Tengo que esperar hasta poder ver qué pasa.
—Eso probablemente no será hasta mañana —dijo Max—. Quiero decir, ¿por qué iba a abrir una ventana ahora?
—Tienes razón. No lo haría. Nos espera una larga noche.
Sopesé las opciones y decidí esperar en el vértice, unos veintiún metros por encima del piso de Grigori. Tendría que hacer malabarismos si el panel sobre el que descansaba se volvía transparente de repente, pero estaba preparado. Sin embargo, al amanecer también sería visible desde fuera.
—Voy a cambiarme al traje de spandex azul cristal.
Mientras me cambiaba, Max habló por el auricular.
—He estado dándole vueltas a tu comentario de antes. Eso de que los submarinos y los transbordadores espaciales no necesitan cerraduras. Me pregunto si también vale para los helicópteros.
Me sentí como el tonto de la clase. Inspeccionar el perímetro era protocolo operativo básico, y se me había pasado por alto.
—Gracias, Max. Incluso sin Brillyanc, eres un genio.
El helicóptero Ansat de Grigori no era el diseño más elegante, pero tampoco lo era el Marine One. El acabado en negro brillante lo convertía en un juguete con estilo, sobre todo a la luz de la luna.
No pensaba esperar dentro, ya que no sabía si Grigori volaría pronto. Pero por precaución convenía reconocer el terreno y despejarlo de armas. Quizá incluso tuviera suerte y encontrara un mando que abriera la pirámide.
—Las puertas del helicóptero tienen cerraduras, pero no están echadas.
Me deslicé en el asiento del piloto y encontré un arma a la primera, enfundada en la parte delantera del asiento.
—He encontrado otra Glock 43. Grigori debe comprarlas por cajas. Nada más de valor aquí delante. Voy a revisar la parte de atrás.
El salón trasero era el típico lujo de avión privado. Sillones de cuero negro con detalles de aluminio cepillado. No había armas allí atrás, pero sí botellas de agua y bolsas de pistachos, bienvenidas ambas. Yo no había metido en la mochila ni comida ni bebida.
Me desplacé a la esquina trasera de la cabina para comprobar los ángulos de visión y tiro. Ahora que tenía dos armas, quería ver si podía cubrir todas las puertas a la vez.
Algo se me clavó en el trasero. Me giré para ver qué era y el corazón me dio un vuelco.
—He encontrado el móvil de Katya. Estaba encajado en su asiento.
—¿A propósito o por accidente? —preguntó Max.
—Imposible saberlo. Quizá tuvo alguna razón para esconderlo. Quizá se le cayó. Quizá le dijeron que lo dejara. En cualquier caso, explica su silencio.
—¿Y ahora qué?
—Buena pregunta.
—Probablemente deberías dejarlo ahí. Por si no fue un accidente.
—Eso mismo pienso. Voy a volver a subir a la pirámide, antes de que amanezca.
—Entendido.
Volví a dejar el móvil donde lo había encontrado y me dispuse a salir, pero me detuve cuando se me ocurrió una idea.
Saqué la Glock del piloto del bolsillo, expulsé el cargador y retiré las seis balas.
Luego accioné la corredera para expulsar la séptima de la recámara y volví a colocar el cargador vacío en su sitio.
Ahora nada dentro del Ansat parecería fuera de lugar, a menos que Grigori llevara la cuenta de los pistachos.
Un pensamiento me asaltó mientras dejaba el helicóptero y volvía a la pirámide. Ni siquiera podía estar seguro de que Katya estuviera dentro.