Capítulo 107
Falta de transparencia
UNA SIMPLE CORREA salía de mi cinturón, pasaba por el asa de cada ventosa y volvía a bajar. Este lazo me daba cierta seguridad durante toda la escalada y me dejaba las manos libres para ir alternando las ventosas.
La primera vez que usé uno de esos arneses simples fue en la Escuela Aerotransportada de Fort Benning.
Durante el ejercicio de práctica final, antes de lanzarnos desde un avión de verdad, los Boinas Negras nos subían por una torre de aproximadamente la misma altura que el complejo GasEx.
Durante el ascenso, nuestros paracaídas se mantenían abiertos sobre nuestras cabezas gracias a un anillo gigante.
Al llegar arriba, había que soltar el arnés de seguridad que conectaba el cinturón con el anillo y luego levantar el pulgar para indicar que estábamos listos para que nos soltaran.
Nunca olvidaré ver a uno de mis compañeros paracaidistas confundirse y hacer la señal de soltar sin haberse desenganchado del arnés.
Acabó colgando de un hilo, todavía enganchado al anillo, mientras su paracaídas inflado caía por debajo de él, pillaba una ráfaga de viento y empezaba a arrastrarlo hacia el suelo.
En mi vida había visto a nadie tan asustado.
Pero el arnés cumplió su función.
Todos salimos de allí con un respeto muy hondo por nuestro equipo de seguridad.
—¿Pasa algo? —le pregunté a Max.
—Todo tranquilo. No sé si eso es bueno o malo, pero me alegro de que estés subiendo. No me atrevía a hablar. Me daba miedo desconcentrarte.
—Buen instinto. Te hablo en unos minutos desde arriba.
Me encaramé al tejado rodando sobre el borde catorce minutos después de despegar del suelo. Me ardían los brazos y los deltoides, pero no era nada comparado con cómo me latía el corazón.
La terraza de la azotea de Grigori tenía unos tres metros de fondo, desde el borde que acababa de trepar hasta la base de la pirámide de cristal.
El reluciente helicóptero negro que había traído a Katya se alzaba detrás de mí, a la derecha.
Rodé alejándome del borde para no recortarme contra el cielo nocturno y busqué un sitio donde esconder las ventosas.
No pensaba usarlas para bajar, pero planificar contingencias era como respirar para mí. A menudo me había salvado la vida.
El tejado no parecía tener el surtido habitual de tubos de escape y unidades de climatización, así que me conformé con esconder mis herramientas contra la pared de la torre de esquina más cercana, que sobresalía unos treinta centímetros por encima del edificio principal.
Escondí también el paracaídas allí y luego me subí el cuello de la chaqueta para intentar parecer un guardia haciendo la ronda perimetral bajo la lluvia torrencial.
—Estoy en el tejado —le dije a Max—. ¿Ves alguna luz desde tu lado?
—Todo oscuro. Todavía no me creo que hayas escalado eso.
Empuñé la Glock y me arrastré hasta la pared de la oficina del Ala Este de Grigori. Me hice visera con las manos y pegué la cara al cristal. No se veía nada. El siguiente relámpago confirmó mi sospecha: el cristal estaba opacado electrónicamente.
La última vez que me había topado con este tipo de cristal fue en el baño unisex de una discoteca belga de moda.
Los clientes podían elegir entre hacer transparente la puerta de su cubículo o dejarla opaca.
Recordaba haber pensado que pocos aprovecharían la oportunidad exhibicionista, pero que todos hablarían de ello.
Lo que me quedó de aquella experiencia fue saber que, a diferencia de la mayoría de los cristales espejados, la opacidad funcionaba en ambos sentidos.
Me puse de pie y revisé los paneles triangulares uno por uno.
Eran enormes. Cada uno medía unos dos metros de alto y debía de pesar unos cuarenta y cinco kilos.
Doce filas de paneles se elevaban hacia la oscuridad, empezando con veintitrés triángulos en la primera fila de abajo y terminando, claro está, con un solo triángulo en la última fila de arriba.
Las dos primeras filas enteras parecían opacas.
Empecé a rodear la pirámide en busca de puertas y señales de vida.
Di la vuelta completa y no encontré ni lo uno ni lo otro.
—No hay puertas normales en este trasto —le dije a Max—.
Solo bisagras en algunos paneles. Supongo que se abren hacia fuera como puertas, pero no tienen tiradores que pueda forzar ni cerraduras que pueda abrir. Solo paneles táctiles.
—¿Puedes entrar?
—Diría que tengo un cincuenta por ciento de posibilidades de que los paneles táctiles respondan a mi palma. O son biométricos o no lo son.
—¿Por qué no iban a serlo?
—Los submarinos y los transbordadores espaciales no tienen cerraduras en las puertas, y esto es igual de inaccesible.
Pero no quiero intentarlo sin saber si hay moros en la costa al otro lado.
Voy a trepar por la pirámide. Tiene el cristal del nivel del suelo opacado electrónicamente, pero quizá haya paneles transparentes más arriba.
Empezaré por la pared sureste e iré rodeándola, así que pronto podrás verme.
—Entendido. Estaré vigilando.
Diez minutos después, informé a Max: —No hay suerte. Ni un solo panel de la pirámide es transparente ahora mismo. —Me senté en el vértice y miré hacia donde estaba Max para que me viera.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. Lleva ahí dentro dos horas.
Mi propia respuesta me asustó: —No lo sé.