Capítulo 109
Plan E
VESTIDA ÚNICAMENTE con un sujetador y unas bragas de encaje, Katya contempló el cuerpo convulso de Grigori, preguntándose si habría hecho algo mal. Creía haberlo ejecutado a la perfección.
En cuanto llegaron a su dormitorio, ardientes de lujuria y achispados por el champán, ella tomó el control usando su alter ego «Violet». Daba órdenes con voz firme pero sensual, mientras se movía seductoramente y se iba quitando la ropa hasta quedarse en lencería.
Una vez que tuvo a Grigori donde lo quería, con la ropa en el suelo y la guardia baja, Katya imitó los movimientos del ángel de Vondreesen.
Lo rodeó pasando el dedo índice alternativamente por su propio labio inferior y por los hombros de él, ronroneando de vez en cuando mientras la respiración de Grigori se hacía audible.
Entonces, ¡ zas ! Le clavó el extremo de la peineta en la nuca.
El inyector oculto liberó algo, evidentemente. Grigori cayó como una piedra. Pero en lugar de sumirse en una inconsciencia plácida, empezó a retorcerse como un pez fuera del agua.
¿Qué había hecho mal?
La respuesta la golpeó como una bofetada. ¡El antídoto! Había estado tan concentrada en noquearlo que se había olvidado de la segunda parte del procedimiento de Max.
Pero primero el cloroformo para mantenerlo inconsciente.
Katya se dejó caer de rodillas y sacó el cloroformo y el antídoto del M99 del sujetador. Temblaba tanto como su víctima, así que cerró los ojos e imaginó una playa con olas ondulantes y palmeras meciéndose hasta que las manos dejaron de temblarle.
Ahora necesitaba algo para absorber el cloroformo.
Su mirada se posó en uno de los calcetines de Grigori.
Conteniendo la respiración, Katya vertió la mitad del contenido del diminuto frasco sobre el algodón negro y se lo colocó a Grigori sobre la nariz.
Quería que inhalara el anestésico mientras ella le administraba el antídoto.
La jeringa de naltrexona tenía una aguja larga y fina. Retiró la tapa protectora, apuntó y la hundió directamente en el músculo del muslo derecho de Grigori, sin pensárselo dos veces ni andarse con ceremonias.
Los espasmos cesaron de inmediato.
De hecho, todo pareció detenerse. Parecía muerto.
Katya no sabía qué esperar. Seguro que Max se lo había explicado, pero no conseguía recordarlo. Dios, esperaba no haber matado al pervertido. Al fin y al cabo, había pasado por toda esta humillación para que Achilles pudiera averiguar cómo planeaba matar al presidente Silver.
Pegó el oído al pecho peludo de Grigori. El corazón le latía demasiado rápido para alguien dormido, más cha-cha-chá que vals, pero el ritmo era constante.
¡Ya basta! Hora de llamar a la ambulancia.
Volvió a ponerse el sujetador, pero dejó el resto de la ropa en el suelo, esparcida entre la de Grigori. La escena sería crucial para engañar a los guardias.
¿Dónde estaba el teléfono? Se suponía que estaba en el bolsillo trasero de sus vaqueros ajustados.
Pasó un minuto frenético revolviendo entre las prendas tiradas y por todo el dormitorio, y otro más rehaciendo mentalmente cada paso que habían dado desde que entraron.
No es que hubiera habido mucho preludio antes del striptease. No a las dos de la madrugada.
El teléfono simplemente no estaba.
No recordaba haberlo visto mientras se desnudaba. Quizás se lo habían robado en el club.
¿Qué más daba? Achilles le había hecho memorizar su número.
Sacó el móvil de Grigori del bolsillo delantero de los pantalones, pero no pudo desbloquearlo. La pantalla no pedía huella dactilar ni patrón de desbloqueo. Solo mostraba un teclado numérico, y ella no tenía el código.
¿Teléfono fijo?
No había ninguno.
Tendría que usar el teléfono de un guardia. Sería complicado, pero como estaba haciéndose pasar por médica, podría conseguirlo. Tendría que quedarse en ropa interior. Eso reforzaría la sensación de urgencia y serviría de distracción. Una indignidad más por la causa.
El ascensor no respondió.
Presionó y luego golpeó la palma contra el lector, pero no obtuvo respuesta.
Ni luz roja. Ni luz verde. Ni zumbido del motor.
Ni timbre. ¿Cómo era posible? Katya se respondió a sí misma.
A esas horas de la noche, era una precaución de seguridad sensata para un hombre que libraba una guerra geopolítica.
¿Y ahora qué?
Podía salir a la terraza e intentar llamar la atención de Achilles. Seguro que él y Max estarían vigilando.
Ninguna de las puertas respondió tampoco. Ni la de la terraza. Ni la del despacho. Todo parecía bloqueado para la noche. Grigori no se andaba con tonterías.
Achilles le había advertido de que las operaciones rara vez salían según lo previsto, pero no había esperado tantas complicaciones. ¿Hora del Plan C? ¿Del Plan D? Había perdido la cuenta. En cualquier caso, tocaba hacer ruido.
Cogió una olla de un litro de la cocina y empezó a golpear con la base de acero contra la puerta de aluminio cepillado del ascensor. El ruido era insoportable para unos nervios ya de punta, pero persistió. Y persistió. Al menos no tendría que fingir histeria por el «ataque al corazón» de Grigori.
Nadie respondió.
Parecía imposible que los guardias no la oyeran, hasta que lo pensó bien. Estaba en el piso treinta de un edificio de piedra y acero, y fuera llovía a cántaros.
¿Y ahora qué? ¿Cuál era el Plan E?
No se le ocurría nada mejor que «Esperar».
Esperar a Achilles.
Probablemente él estaba tan frenético como ella. No, eso no era cierto. Achilles no era de los que se ponen frenéticos. No menos preocupado que ella. En realidad, estaría más preocupado. Ella sabía que estaba a salvo.
Esperar no sería fácil. No era precisamente una situación para matar el tiempo viendo la tele.
A medida que asimilaba su nueva situación, Katya se dio cuenta de que esperar era una locura.
Debería estar preparando planes de contingencia.
Debería estar montando la escena, por si Grigori despertaba antes de que llegara Achilles.
Dios, no quería ni pensar en esa posibilidad.