Capítulo 93
Destino
RECORRÍ CON LA MIRADA el estudio de Vondreesen, cruzando miradas con todos.
Algunas eran fulminantes, otras estaban al borde del llanto.
Todos rozaban la histeria. El jurado seguía sin decidirse.
Probablemente en mi contra. Todos deseaban desesperadamente creer a Vondreesen.
Sus propias vidas dependían de que yo estuviera equivocado.
Vondreesen aprovechó su ventaja. Abrió los brazos de par en par: un hombre sin nada que ocultar.
—Si lo que dices fuera cierto, yo también sería una víctima. Llevo tomando Brillyanc más tiempo que nadie. Pero no es cierto.
Se alzó un murmullo de aprobación.
Todavía me quedaba una carta por jugar, o más bien, una corazonada. Respiré hondo e intenté hablar con convicción.
—Dime, Vaughn, si no es cierto, ¿por qué dejaste de tomar Brillyanc?
A Vondreesen se le desencajó la mandíbula, pero se recompuso enseguida y respondió con aplomo.
—No he dejado de tomarlo.
—Claro que sí. Se te nota en los ojos. Han perdido el brillo. Al principio pensé que era por la jubilación, pero al ver los ojos relucientes de todos los usuarios en esta sala, me he dado cuenta de la verdad.
—¿Ahora pretendes saber qué medicamento tomo? Esto es ridículo.
—Es fácil de comprobar, Vaughn. ¿De verdad quieres llegar a eso?
Vondreesen no respondió.
—A ver, todos: ¿cuál es el valor de Pi al cuadrado, con diez cifras significativas? Levantad la mano cuando lo tengáis.
La mano de Neblett se alzó a los cuarenta segundos. Las demás empezaron a levantarse diez segundos después. En menos de un minuto, las nueve estaban en alto, incluida la de Casey.
—Te toca hablar, Vaughn.
Vondreesen guardó silencio. Se quedó allí, sin hacer más que parpadear.
La voz de Collins sonaba ahora tensa y débil.
—Es verdad. Todos vamos camino del largo adiós. ¿Cómo pudiste, Vaughn?
Una sala llena de ojos indignados se clavó en el anfitrión, que parecía encogerse, como si fueran láseres.
—Yo... pero... había... Tienen que entender, yo...
Vondreesen se volvió hacia mí.
—Da igual. ¿Y qué si es verdad? No habría cambiado la opinión de nadie. Precisamente tú deberías entenderlo, Achilles.
Se acercó y me clavó los dedos índice y anular en el pecho, con fuerza suficiente para hacerme daño.
—¿Por qué yo? ¿Entender qué?
—Tu tocayo. Aquiles. Aparte de su talón, ¿por qué más es famoso?
—Por su elección —dijo Collins.
—Exacto —dijo Vondreesen, y giró en redondo—.
Aquiles eligió vivir una vida corta pero gloriosa en lugar de una larga en la oscuridad.
Su personalidad es el arquetipo de todos los presentes.
Nadie aquí habría elegido de otra manera de haber conocido la verdad.
Es una apuesta segura. Una vida gloriosa frente a una remota posibilidad de contraer alguna enfermedad.
No hay color. Diablos, fijaos en los cigarrillos.
No tienen nada de glorioso, y la advertencia está clarísima.
Fúmalos y te dará cáncer. Y aun así, la gente paga impuestos enormes y se esconde en las esquinas para fumar a millones. ¡Os convertí en genios!
Tex fulminó a su anfitrión con la mirada.
—No nos diste a elegir.
Vondreesen negó con la cabeza.
—¿No lo entendéis? Nunca tuvisteis elección. No de verdad. Está en vuestra naturaleza. Es el destino.
Extendió las manos como un predicador.
Casey sacó la mano del bolsillo con un movimiento rápido y fluido. Dejó a la vista la Springfield con silenciador, pillando a los invitados por sorpresa. Apuntó al corazón de Vondreesen.
Boris e Iván reaccionaron al unísono y encañonaron a Casey con sus pistolas.
Casey los ignoró.
—Quiero la verdad. Toda. Y la quiero ahora.
Vi cómo Vondreesen calculaba sus opciones. Luego lo vi empezar a moverse. Si lograba acabar con Casey, Boris e Iván tendrían las únicas armas de la sala.
No es que me muriera de ganas de salvar a Casey. Como mínimo, había sido cómplice de mi situación. Pero era mi abogado y, en ese momento, una de las dos únicas personas en el planeta que sabían que era inocente y podían demostrarlo. En resumen, lo necesitaba vivo.
Disparar con precisión en interiores no tiene ningún misterio. Al aire libre, donde las distancias son mucho mayores y el clima influye, hay que hacer todo tipo de ajustes por el viento, la gravedad y la resistencia del aire. Pero en interiores es pura trigonometría.
Si un cañón bien alineado apunta directamente a un objetivo, acertarás. Lo perfecta que deba ser la puntería y lo estable que deba mantenerse el cañón durante el disparo depende de la distancia al objetivo. Cuanto más corta sea, mayor es el margen de error.
Solo un par de metros separaban a Casey de Vondreesen. A esa distancia, casi sería más difícil fallar que acertar, incluso disparando con un arma diminuta oculta en la manga.
Vondreesen ya estaba levantando las manos desde la posición de palmas arriba que había adoptado al defender su caso. Estaba a un giro de muñeca y un apretón de gatillo de darle a Casey la última sorpresa de su vida.
Y yo no podía detenerlo. No me daba tiempo a llegar hasta Vaughn.
Grité «¡Semper Fi!» para sobresaltar a todos y alertar a Casey a la vez que giraba en sentido antihorario.
Mi brazo derecho agarró la roca lunar de la mesa y empecé un lanzamiento lateral con todo el cuerpo.
Puse todo lo que tenía en el tiro —piernas, espalda, hombros y brazo—, acumulando impulso y transfiriendo potencia como si necesitara poner la roca en órbita.
Giré hasta quedar de cara al infierno y la solté justo cuando los rusos desenfundaban.