Capítulo 79
Regla Tres
MI MENTE ARDÍA con los fuegos artificiales de la revelación, pero la limusina era negra. Asientos negros, alfombra negra, ventanas negras. No podíamos ver al conductor. No podíamos ver el exterior. Viajábamos a ciegas, aunque con comodidad.
Una voz tranquilizadora pero autoritaria, presumiblemente la del conductor, interrumpió el torbellino de pensamientos en mi cabeza.
—Pónganse cómodos. El trayecto durará un par de horas, más o menos.
En algún momento tendrán que cambiarse. Todo lo que han traído, y todo lo que llevan puesto, va dentro de su bolsa.
Todo. Su bolsa se quedará ahí hasta que repitamos el proceso a la vuelta.
Por cierto, los asientos se reclinan del todo, por si quieren dormir un poco.
Me han dicho que va a ser una noche larga.
La música sustituyó a la voz. Jazz instrumental con ese aire ahumado de los clubes oscuros cargados de tensión romántica.
—En un par de horas podríamos llegar al norte, a Sacramento o Santa Rosa, o al sur, a San José o Monterey —dijo Katya. Sabía que había sido Max quien llamó, y podía ver la verdadera pregunta en sus ojos. Quería saber qué había dicho. Me moría por contárselo.
Habíamos acordado no decir ni hacer nada sospechoso en el coche, dando por hecho que nos vigilaban con cámaras y micrófonos. Pero lo que Max había revelado era demasiado importante.
—O podríamos estar dando vueltas por San Francisco, y el viaje ser solo una ilusión para respaldar la Regla Uno —respondí—. En cualquier caso, más vale que nos pongamos cómodos.
Pasé el brazo por los hombros de Katya y la atraje hacia mí. Giré la cabeza y hundí la nariz en su cabello, como si le estuviera besando la oreja.
—Max dice que Brillyanc es completamente sintético —susurré—. Lo que significa que la historia de las especies en peligro de Vondreesen era pura mierda.
Katya volvió el rostro hacia el mío, como si fuera a besarme. A pesar de las circunstancias, sentí un escalofrío que me recordó a mis años de adolescente.
Podría haberla besado, supuestamente para la cámara. Pero ella habría sabido que iba en serio. No soy ningún experto en mujeres, pero sé que suelen ser muy sensibles con esas cosas. Así que le acerqué el oído.
—Seguro que eso cambia las cosas, pero no sé cómo —susurró.
Exactamente lo que yo pensaba. Iba a necesitar las dos horas de viaje para asimilar todos estos giros. Katya seguro que también estaba deseando analizar las implicaciones. Dios, qué bien olía su pelo.
Aparté el brazo de su hombro.
—Tenemos dos horas. Veamos qué hay en las bolsas y luego hagamos caso al conductor y echemos una siesta.
Le pasé la 205 a Katya y me puse la 204 en el regazo. La cremallera con tirador de cuero se abrió revelando un forro de seda roja y prendas de seda negra. Encima de las mías había un pantalón de pijama. En la de Katya, un camisón.
—¿Te parece de tu talla?
Katya pasó la mano por la tela.
—Parece hecho a medida.
A continuación sacamos unas batas largas con forro rojo y capucha. Después, zapatillas y máscaras que se ataban por detrás.
—Tal como nos dijeron —dije.
—Rita también dijo que nos darían las reglas.
—Son tres —dijo el conductor. Por lo visto, los que mandaban querían que fuéramos conscientes de la vigilancia. No muy diferente de la CIA .
—Regla Uno —continuó el conductor—: Secreto absoluto. Nunca deben mencionar, insinuar, sugerir ni indicar de ningún modo la existencia de Brillyanc a nadie, en ningún lugar, jamás.
Hizo una pausa para que calara, y luego continuó.
—Regla Dos: Anonimato completo. No deben dar ni pedir información que pueda llevar a identificarlos a ustedes o a otros.
Esto incluye dónde viven o han vivido. Dónde han estudiado, trabajado o crecido.
Referencias a clubes, sociedades o afiliaciones políticas.
Y, por supuesto, referencias a familiares, linaje y nacionalidad.
—Por último, la Regla Tres: Sin salida. Hasta que bajen de la limusina, pueden echarse atrás.
La Regla Uno sigue vigente, por supuesto, pero pueden irse y hacer como si todo esto hubiera sido un sueño.
Sin embargo, en cuanto crucen la puerta de nuestro destino, la Regla Dos queda comprometida.
El anonimato tiene sus límites, incluso con disfraces y máscaras esterilizadas.
Solo trabajamos con la élite, lo que implica cierto grado de fama.
Así que cruzar el umbral sube la apuesta.
No tendrán obligación de seguir pagando las cuotas ni usando el producto, pero a partir de ese momento, deben contar con cierta vigilancia.
La suficiente para asegurarnos de que no incumplen las dos primeras reglas.
Piénsenlo bien antes de bajar. Les haremos la pregunta cuando lleguemos.
—¿Y cuál es el castigo? —pregunté—. Por incumplir una regla.
La música volvió a sonar. Por lo visto, aquello iba a ser una conversación de una sola dirección. Y el silencio era la respuesta de la gente educada.